INTRODUCCIÓN
Este viaje los hemos realizado tres parejas durante las vacaciones de Pascua. Ha tenido ocho días de duración, entre el 3 y el 10 de abril de 2026.
Hemos volado al aeropuerto de Bucarest y permanecido un día en la ciudad, después hemos cogido un coche de alquiler, un Toyota Proace de 9 plazas, para hacer un recorrido por Transilvania de unos 1000Km
El vuelo de regreso ha sido desde el aeropuerto de Cluj-Napoca donde hemos devuelto el coche de alquiler, ahorrando tiempo y kilómetros al no tener que regresar a Bucarest.

EL VIAJE DÍA A DÍA
DÍA 1: VIERNES 3 ABRIL: VUELO A BUCAREST Y TARDE EN LA CIUDAD.
Madrugamos para llegar al aeropuerto alrededor de las 8, hora en la que hemos quedado con nuestros compañeros de viaje. Reunidos los 6, nos dirigimos al control policial que pasamos con agilidad pese a la gran cantidad de gente que hay. A mí me toca al azar una revisión algo más exhaustiva del equipaje, pero no nos quita demasiado tiempo.
Pasado el trámite, nos sentamos en las mesitas de una cafetería a desayunar, acompañando el café con las deliciosas torrijas que nos han hecho Antonio y Lola para no perder la tradición de Semana Santa.
En el avión ocupamos al completo la fila 7 y entre bromas, pasatiempos y lectura pasamos de modo ameno el trayecto hasta Bucarest. Poco antes de aterrizar tomamos unos bocadillos que hemos traído de casa, conscientes de la tardía hora de llegada.
Al aterrizar en el Aeropuerto Internacional Henri Coandă llamamos al conductor cuyo servicio tenemos contratado para el traslado al hotel. El trayecto, en una enorme Mercedes, tampoco está exento de risas e incluso fotos.
Nos dirigimos al hotel Unique Boutique, en la calle Căldărari, un pequeño establecimiento con la recepción más bien sencilla y una pequeña zona de comedor al fondo, junto a un patio interior. La ubicación es estratégica, en pleno corazón de la ciudad. El recepcionista nos pregunta por la posibilidad de anular la reserva en Booking y hacerla con ellos en las mismas condiciones para ahorrarse la comisión. Aceptamos sorprendidos y, mientras hace la gestión, nos invita a unos cafés. La habitación, al igual que el resto del hotel, es correcta sin más. Como regalo de bienvenida nos han dejado unos bombones y una botella de vino, un detalle perfecto para catar los valorados caldos rumanos, que tienen una tradición vinícola de más de 3.000 años, pero personalmente me quedo con los bombones.

Tras una ducha rápida, salimos a la calle y nos encaminamos tranquilamente hacia el punto de encuentro free tour. En el recorrido empezamos a percibir el contraste estético de la ciudad. Bucarest es un auténtico collage de estilos: conviven los elegantes edificios modernistas de inspiración francesa de principios del siglo XX, de cuando era conocida como “La pequeña París”, con las enormes construcciones grises y simétricas de la época soviética, muchas de ellas bastante deterioradas.
También tenemos ocasión de hacer un par de visitas. Primero entramos en Cărturești Verona, una coqueta librería ubicada en una antigua casa-palacete de la familia Sturdza. Es un concepto bellísimo donde los libros están distribuidos por las diferentes estancias de la casa, respetando la arquitectura original.


Más tarde pasamos por la Biserica Boteanu, una pequeña iglesia ortodoxa que llama nuestra atención por lo cuidada y bonita que se ve. Aunque pasa algo desapercibida frente a otros monumentos más grandes de la ciudad, tiene muchísimo encanto.


Pronto llegamos al Ateneo Rumano, un edificio imponente de estilo neoclásico con una enorme cúpula de 41 metros de altura donde actúan las filarmónicas más importantes del mundo. Según nos cuentan, la acústica es excepcional gracias a la forma de la cúpula. Además, es todo un símbolo nacional, ya que se financió a finales del siglo XIX mediante una colecta popular bajo el lema “¡Da un penique para el Ateneo!”. Damos una vuelta por sus jardines y hacemos fotos del bello edificio antes de sentarnos en las escalinatas a esperar a la guía del tour.



La guía nos da una breve lección de historia sobre Rumanía y paseamos hacia la Plaza de la Revolución. Aquí, el 21 de diciembre de 1989, el dictador Nicolae Ceaușescu pronunció su último discurso desde el balcón del Comité Central ante un pueblo que, lejos de aplaudir, se sublevó en su contra en directo por televisión. Aquella imagen, retransmitida a todo el mundo, simbolizó el derrumbe definitivo de uno de los regímenes comunistas más represivos de Europa del Este. Desde la azotea de ese mismo edificio huyó junto a su mujer, Elena, en un helicóptero. Su destino fue Târgoviște, donde ambos fueron detenidos y posteriormente fusilados tras un juicio militar exprés celebrado el día de Navidad.

En la plaza destaca el Memorial del Renacimiento, un monolito acabado en punta de 25 metros de altura que atraviesa una corona de bronce. El diseño genera mucha controversia; la guía nos confirma lo que dicen los rumanos con su característico humor negro: para ellos no es un monumento a la libertad, sino una “patata empalada”. La expresión conecta además con la figura histórica de Vlad Țepeș (Vlad el Empalador), príncipe de Valaquia en el siglo XV e inspiración parcial del mito de Drácula.
Seguimos recorriendo la Calea Victoriei (la Avenida de la Victoria), la arteria más elegante y monumental de la ciudad, llamada así para conmemorar la victoria rumana en la Guerra de Independencia frente al Imperio Otomano en 1877. Durante el periodo de entreguerras, cuando Bucarest era conocida como el “Pequeño París de Oriente”, esta avenida se convirtió en el gran escaparate de la alta sociedad rumana, repleta de cafés refinados, carruajes, boutiques de lujo y edificios inspirados en la arquitectura francesa. A lo largo de la avenida se concentran algunos de los edificios más refinados de Bucarest: antiguos palacios aristocráticos, hoteles históricos y sedes culturales, entre ellos el Palacio del Círculo Militar Nacional y el espectacular Palacio CEC, coronado por su gran cúpula de cristal.


Durante el recorrido nos detenemos en algunos pasajes muy característicos. Uno de ellos es el Pasaje Victoria, famoso en Instagram porque cientos de paraguas de colores cubren el cielo. Otro es el bellísimo Pasaje Macca-Vilacrosse, una galería bifurcada y cubierta de cristales amarillos de finales del siglo XIX, diseñada al estilo de los pasajes de París o Milán. Hoy está llena de bares de ambiente bohemio donde la gente va a tomar unas copas.



Después nos adentramos por la calle Stavropoleos, ocupada por animadas terrazas iluminadas con guirnaldas de bombillas y llenas de personas cenando o tomando algo. En ella se encuentra la famosa cervecería Caru'cu Bere, uno de los restaurantes históricos más emblemáticos de esta ciudad, inaugurado en 1879, famoso por sus interiores neogóticos decorados con madera tallada, vidrieras y frescos. Esta noche nos limitaremos a verla desde el exterior.


Muy cerca descubrimos también el pequeño pero encantador Monasterio Stavropoleos, una antigua iglesia ortodoxa que llama nuestra atención por su delicada arquitectura brâncovenească, mezcla de influencias bizantinas y renacentistas balcánicas. Nos recuerda a los monasterios de Bucovina, y decidimos regresar al día siguiente para poder visitarlo con calma.
Seguimos el tour hacia el bulevar Unirii (Bulevar de la Unión), diseñado a imagen de los Campos Elíseos y presidido por el gigantesco Parlamento Rumano, originalmente llamado Casa del Pueblo, la gran obra de Ceaușescu. Es el segundo edificio civil más grande del mundo, sólo por detrás del Pentágono estadounidense, y el más caro y pesado del planeta. Para construirlo, Ceaușescu demolió una quinta parte del centro histórico de Bucarest, incluyendo iglesias, sinagogas y miles de casas.

Cualquier referencia a la magnitud de esta obra resulta "insultante" para las demás. Tras la revolución de 1989 se barajó la idea de derribarlo por lo que simbolizaba, pero al final resultaba más barato acabar la obra que demoler semejante mole de mármol y acero. Hoy se usa como Parlamento, además de albergar un número infinito de oficinas, salones, auditorios, museos y teatros... y aun así, más del 70% del edificio permanece vacío.
Paseamos por el bulevar hasta la zona donde se ubica la gran plaza con las fuentes concéntricas (hoy en reparación) y subimos hacia la Catedral Patriarcal de Bucarest, sede de la Iglesia Ortodoxa Rumana. Solo podemos verla por fuera porque el horario de visitas es por la mañana, aunque si podemos admirar su estilo Brâncovesc, una mezcla de influencias bizantinas, otomanas, barrocas y renacentistas que refleja perfectamente la posición histórica de Rumanía entre Oriente y Occidente.




Aquí finaliza el tour y, tras abonar la "voluntad" a la guía, nos acercamos hasta el restaurante en el que hemos reservado la cena: el Hanu' lui Manuc (el Mesón de Manuc).
Este lugar es una joya histórica: construido en 1808 por un rico comerciante armenio, es una antigua caravasar (caravanera), el típico alojamiento oriental donde las caravanas de comerciantes de la Ruta de la Seda paraban a descansar y comerciar. Es el hotel-restaurante más antiguo de Bucarest que sigue en funcionamiento.


Intentamos que nos atiendan antes de la hora de la reserva, pero aun tardamos unos minutos en sentarnos en nuestra mesa, justo enfrente del grupo musical tradicional que ameniza el local.
Degustamos algunos platos locales como la pierna de cordero flambeada y deshuesada en la mesa al estilo de la casa, los Sarmale, plato nacional rumano consistente en carne picada con arroz envuelta en hojas de col fermentada y, como no, un postre que repetiremos varias veces en estos días y que me recomendó mi amiga Lavinia: Papanasi, una especie de bolas de masa frita rellenas de queso dulce, cubiertos de crema agria y mermelada de arándanos.

Todo está buenísimo y disfrutamos de una agradable cena amenizados por los músicos. En un momento determinado nos preguntamos si la música es real o hacen "playback", pues han desaparecido todos menos el pianista y el del xilófono, pero la música y la voz de la cantante siguen sonando... ¡misterios del directo!
Tras la cena nos retiramos al hotel. Habíamos decidido ir andando, pero al salir vemos que está lloviendo y pedimos un Uber para seis. Cuando vemos que llega un Toyota Prius nos preocupamos por el tamaño, pero el taxista, con optimismo, nos asegura que cabemos.
Lola y Antonio acaban en la fila de atrás (la tercera fila oculta del Prius Plus), comprimidos y sin apenas sitio para los pies, pero no está mucho más cómodo Ramón con las rodillas clavadas en el asiento del conductor que está echado completamente hacia atrás. Al llegar y tratar de salir, todavía es peor, agravado por los paraguas, la lluvia y los charcos.
DÍA 2: SÁBADO 4 ABRIL: BUCAREST-SINAIA (127 Km)

A las 8'30h estamos en el pequeño comedor del hotel desayunando, el bufet no es demasiado grande pero muy correcto. Nos habría gustado salir a las mesas del patio, pero ha llovido y está todo mojado.
Dejando nuestro equipaje en recepción, salimos para seguir recorriendo la ciudad. Hemos cambiado de planes y en vez de ir al Museo Nacional de la Aldea vamos a callejear por el centro para terminar de visitar algunos lugares de nuestro interés que ayer estaban cerrados.
Vamos primero a la catedral en la que están celebrando una especie de "misa" según el rito ortodoxo, desconocido para nosotros. Llama nuestra atención la cantidad de veces que se santiguan. La celebración está amenizada por cantos litúrgicos a capela en las voces de los sacerdotes y algunos fieles que, con el brillo de los reflejos del altar dorado y el humo del incienso, crean una atmósfera mágica que invita a unirse a ellos.




Después caminamos hacia la calle Lipscani, con intención de visitar la librería Cărturești Carusel, pero lo hacemos dando un rodeo para ir visitando diferentes lugares de interés. La primera parada la hacemos para visitar la pequeña iglesia ortodoxa Sfântul Anton, cerca del restaurante donde cenamos ayer y aprovechamos para ver mejor el edificio ya que ayer era de noche y estaba lloviendo. Una breve visita y seguimos callejeando por las animadas calles del centro llenas de pequeños restaurantes con terrazas en la calle.



Pronto volvemos a detenernos, esta vez para visitar el monasterio Stavropoleos que ayer llamó tanto nuestra atención. Es una joya del siglo XVIII con columnas esculpidas en piedra y bonitos frescos que lucen más a la luz del día. Para entrar debemos hacer una pequeña cola y no permanecemos mucho tiempo en su interior porque hay demasiada gente en un espacio tan reducido. Pero si nos detenemos haciendo fotos en el claustro, justo al lado, dentro del mismo recinto de la iglesia, un tranquilo lugar ahora mismo algo “sobrepoblado” pero bastante menos que la iglesia. Aquí conseguimos una de las pocas fotos de los seis que nos haremos en este viaje.





Nos acercamos después al Caru' cu bere, justo en la misma calle, para esta vez, admirar su interior. Son las 12'15 y nos dan la posibilidad de comer siempre que dejemos la mesa libre a las 14h, pero no nos decidimos al parecernos algo temprano y perdemos la oportunidad. Nos da un poco de pena porque este local es una institución en la ciudad desde 1897; su decoración interior con maderas talladas y vidrieras art nouveau, es impresionante.


Finalmente llegamos a la librería Cărturești Carusel, un edificio de seis plantas que en su día perteneció a una familia de banqueros griegos, confiscado por los comunistas y recuperado hace unos años. Sus pasarelas blancas y sinuosas están repletas de libros de todas las materias, además de discos, recuerdos, juguetes... en la última planta hay una cafetería que nos sirve para relajarnos unos instantes saboreando un buen café antes de continuar.

Como hemos perdido la oportunidad de comer en el Caru' cu bere, aprovechamos el descanso para intentar reservar en algún otro restaurante, comenzando por uno que nos recomendó ayer la guía del Free tour, pero está también completo. Finalmente, Javier encuentra uno del que no tenemos referencias, pero con buenas valoraciones en Google y nos ponemos en camino sin prisa alguna aprovechando para seguir conociendo la ciudad.
Así llegamos a la Biserica Sfântul Gheorghe Nou, un rincón muy bello que puede pasar desapercibido al encontrarse al límite del centro histórico, un poco separado de las calles más turísticas. En su patio exterior se encuentra el monumento de la Rosa de los Vientos, el punto exacto desde donde se miden todas las distancias en Rumanía.


Al acercarnos oímos sonar una campana que está colgada en el patio, justo ante la puerta principal. La han accionado unos turistas que están haciéndose fotos y no tarda en salir alguien de la iglesia a llamarles la atención.
Es un magnífico ejemplo del arte brâncovenesc, famoso por sus impresionantes frescos bizantinos y su iconostasio dorado.



Terminada la visita continuamos hacia el restaurante, pero comenzamos a tener dudar viendo el aspecto del barrio al que nos dirigimos. Encontramos muchas casas derruidas o abandonadas. La fachada del establecimiento tampoco nos da mucha confianza, pero necesitamos comer y entramos. Nos sentamos en un patio interior que nos ofrece el dueño y realmente resulta muy agradable.
Pedimos unos cuantos platos tradicionales a compartir, con unas ensaladas y un pan recién hecho que está muy bueno. El postre será de nuevo un Papanasi y hoy nos gusta todavía más que el de anoche. Este postre nos resulta adictivo.

Regresamos al hotel en metro. Una vez allí pedimos un UBER XL para que nos lleve al aeropuerto donde tenemos que recoger el coche de alquiler que usaremos para recorrer Transilvania en los próximos días. No resulta tan fácil. Aunque aparece en la sección XL, de nuevo, como anoche, llega un coche demasiado pequeño para seis personas y seis maletas. Decidimos pedir otro y repartirnos.
Cuando llega el primer vehículo contratado, a pesar de ser un XL y sólo 4 pasajeros, nos toca discutir con el conductor porque quiere que paguemos un extra por las maletas. Sabemos que eso no se puede hacer, pero decidimos aceptar pagarle una propina al llegar por ponernos en marcha cuanto antes. Aun con eso, regatea también la cantidad y al llegar al aeropuerto no acepta parar en la terminal de llegadas sino en la de salidas. Por el contrario, Javier y yo viajamos en el segundo vehículo sin ningún problema.
Reunidos de nuevo vamos a la oficina de SIXT a recoger nuestro coche, un Toyota Proace de 9 plazas y nos ponemos en camino hacia Sinaia.
El trayecto transcurre tranquilo, dejando atrás poco a poco la llanura de Valaquia para adentrarnos en las imponentes montañas de los Cárpatos, que aparecen nevadas en sus cimas. Según avanzamos el paisaje va cambiando por completo, volviéndose boscoso y alpino.
En el hotel nos recibe Violeta, que habla un poco de español. Con las prisas de acomodarnos en las habitaciones, cogemos las llaves y Violeta se marcha sin que lleguemos a preguntarle por el masaje gratuito que nos aparecía en la reserva de Booking. Tenemos tres habitaciones dobles en la planta superior con unas vistas increíbles sobre la ciudad con las montañas al fondo.

Ya instalados, decidimos ir a cenar al restaurante que nos recomienda la casa en el que nos hacen un 10% de descuento. Está a unos diez minutos caminando ladera arriba. Es un típico restaurante de montaña con mucha madera y calefacción con quemadores de diseño cuyas llamas crean un ambiente muy agradable. En época de nieve debe estar a tope por los esquiadores, pero ahora apenas hay gente. Nos sentamos en la planta superior e intentamos pedir pescado para variar, pero debemos pronunciarlo mal y terminamos comiendo de nuevo carne con guarnición de polenta, algo que viene siendo muy habitual. Pedimos además dos “focaccias” con queso que están muy buenas.
Tras la tranquila cena regresamos caminando al hotel casi en fila india por la oscura calle de montaña, evitando la posible llegada de algún vehículo. Ha comenzado a hacer algo de fresco.
Al llegar al hotel, Pilar, Javier y yo decidimos seguir el paseo hacia el centro de la ciudad, pero no llegamos abajo del todo porque las últimas y empinadas escaleras nos hacen desistir imaginando como será después la subida. Hemos dado un buen paseo y decidimos regresar.
En el trayecto llama nuestra atención la presencia de perros por la calle sin dueño, algo que rara vez se puede ver aquí en España.
DÍA 3: DOMINGO 5 ABRIL: SINAIA-BRAȘOV (47 Km)
-2.webp)
A las 8:30 h nos reunimos en recepción y nos trasladamos al hotel “Opus Villa”, donde tenemos el desayuno. Son apenas unos minutos de trayecto, pero suficientes para disfrutar de un entorno precioso, rodeados de árboles y con el suelo tapizado por un espeso musgo que nos hace conscientes de estar transitando un bosque de los Cárpatos.
El desayuno es correcto, aunque echamos en falta los “croissants”. A cambio descubrimos unos pequeños pastelitos locales que nos sorprenden gratamente. Entre los camareros aparece Violeta, que nos saluda efusivamente, como si ya fuéramos clientes habituales.
Dejamos el hotel y, con todo el equipaje en el maletero, bajamos hacia Sinaia. Aparcamos junto a la estación de tren y pasamos hasta los andenes por echar un vistazo. Hemos leído que esta estación se inauguró en 1913 para adaptarse al creciente turismo de montaña y para el uso de la familia real rumana que acudía al castillo de Peleș. Sinaia fue durante finales del siglo XIX y principios del XX uno de los destinos favoritos de la monarquía rumana y de la alta sociedad de Bucarest, motivo por el que llegó a ser conocida como “la Perla de los Cárpatos”.


Luego subimos caminando hacia los jardines del Casino, construido entre 1912 y 1913 por iniciativa del rey Carol I, cuando Sinaia era el gran destino de verano de la aristocracia rumana. Está situado dentro del parque Dimitrie Ghica por el que damos un paseo aprovechando que hace un día espléndido, haciendo fotos entre avenidas arboladas y elegantes edificios que recuerdan el pasado aristocrático de la ciudad. Llama especialmente nuestra atención el gran Hotel Palace, enclavado en los jardines, diseñado por el mismo arquitecto del casino. Leemos en los carteles informativos que originalmente formaba parte de un complejo balneario aristocrático. Realmente toda esta zona forma un completo conjunto de lujo de la Belle Époque.



Justo al lado del edificio, todavía en los jardines, vemos una coqueta pastelería, Cofetaria Palace, con mesitas en el exterior y decidimos parar a tomar unos estupendos “espresso macchiato” que vienen acompañados por unas bonitas tabletitas de chocolate negro del 54 %.

Nos llama la atención la enorme cantidad de osos de peluche que decoran cafeterías y tiendas. Quizá sea porque el oso pardo es uno de los grandes símbolos de Rumanía. Esta cafetería, además, tiene parte de las mesas exteriores dentro de una gran burbuja de plástico transparente protegiendo así a los clientes del clima frío de esta zona de montaña. Hoy no es necesario y elegimos una mesa descubierta, aunque no nos resistimos a hacernos alguna foto en la burbuja.

Volvemos al coche y con él nos trasladamos al Monasterio de Sinaia, auténtico origen de la ciudad. El monasterio fue fundado a finales del siglo XVII por Mihail Cantacuzino, noble rumano que, tras peregrinar al monte Sinaí en Egipto, decidió levantar aquí un monasterio al que dio el nombre de Sinaia. Alrededor de aquel conjunto religioso comenzó a crecer poco a poco la localidad.

Tenemos suerte y llegamos en el momento en que un coche abandona su plaza, en la misma puerta. Sin embargo, justo cuando vamos a entrar se nos cuela una conductora que venía por detrás. Protestamos todos a una y, afortunadamente, la chica comprende la situación y retrocede.
Vemos a numerosas personas salir con ramas verdes y flores en las manos, ofrecidas por vendedores ambulantes. Imaginamos que se trata del Domingo de Ramos, que la Iglesia Ortodoxa celebra según su propio calendario litúrgico.

El monasterio, rodeado por antiguas murallas defensivas, funcionaba originalmente como fortaleza, como tantas otras iglesias fortificadas del país, ya que era un paso estratégico entre Valaquia y Transilvania. El complejo tiene dos patios y dos iglesias y visitaremos ambas.
Al traspasar la puerta del recinto aparece primero ante nosotros la iglesia más grande y monumental vinculada a la época moderna y real de la ciudad. Está muy concurrida en este domingo y apenas entramos. Por desgracia para nosotros el exterior está en obras y casi totalmente cubierto por un andamio.


Una pequeña puerta en un muro blanco nos permite entrar al segundo recinto en el que encontramos la iglesia vieja, más pequeña, íntima y recogida. Aunque sus paredes son simplemente blancas, su pérgola de entrada y el interior están bellamente decorados con frescos del estilo brâncovenesc que venimos encontrando en todas partes. A nosotros esta pequeña iglesia nos gusta mucho más que la principal.




Paseamos después por las dependencias monásticas, imaginando cómo sería la vida de los monjes siglos atrás, aislados entre montañas y bosques, y recorremos una preciosa arcada tras la iglesia principal que ofrece bellas vistas hacia la ciudad y su entorno montañoso.


Continuamos después en coche hasta el Castillo de Peleș, segunda residencia del rey Carol I de Rumanía. El castillo toma su nombre del río Peleș, que desciende por el valle cercano. Construido entre 1873 y 1914, está considerado uno de los castillos más bellos de Europa y uno de los máximos exponentes del historicismo alemán. Carol I, primer rey de Rumanía y de origen alemán, quiso convertirlo en una residencia moderna y sofisticada que reflejara el prestigio de la nueva monarquía rumana. Dicen que fue el primero en tener luz eléctrica y un techo retráctil.
Nos cuesta encontrar aparcamiento y, aunque tenemos la entrada reservada con franja horaria, hay muchísima gente y debemos hacer algo de cola.





El castillo resulta inmenso, con una sucesión interminable de estancias: salas de recepción, comedores, bibliotecas, dormitorios y salones ceremoniales. Predomina la madera tallada con extraordinaria delicadeza por artesanos alemanes y austríacos. Impresionan especialmente las dos bibliotecas: la privada del rey, distribuida en dos alturas con una elegante escalera de caracol realizada en maderas nobles, y la biblioteca de invitados, abierta hacia la gran sala de recepción coronada por una espectacular vidriera. Todo el conjunto transmite lujo, refinamiento y la voluntad de la monarquía rumana de situarse culturalmente al nivel de las grandes cortes europeas.
Comemos en un restaurante junto al castillo. Por fin aprendemos a pedir correctamente el “ciolan”, el tradicional codillo rumano, y pedimos dos, acompañados de ensaladas y unas enormes cervezas. La comida está muy buena, aunque tardan tanto en servirnos que, para compensar la espera, nos traen un par de pretzels. A la hora de pagar decidimos dejar únicamente un 5 % de propina, algo que claramente molesta a la camarera, pero hemos esperado casi una hora para poder comer.

Antes de marcharnos damos una última vuelta por los alrededores. Durante este agradable paseo, rodeados de naturaleza, aparece un zorro que pasea tranquilamente por el bosque cercano como si fuera un perro doméstico. Nos acercamos hasta el castillo de Pelișor, más bien un palacio real, cuyo interior decidimos dejar para otra ocasión. Fue la residencia real del príncipe heredero y es algo más pequeño que el cercano Peleș, con aspecto más de mansión alemana con la fachada decorada con entramado de madera. Hacemos unas cuantas fotos más de los jardines y los exteriores de ambos castillos y emprendemos el regreso al coche, continuando luego hacia Brașov, siguiendo el curso del río Peleș.




Antes de entrar en la ciudad paramos en un Carrefour para comprar algunos víveres y un abridor de botellas de vino; esta noche, por fin, podremos disfrutar de la botella que nos regalaron en el hotel de Bucarest.
Brașov está rodeada de montañas, estratégicamente situada en pleno corazón de Transilvania. Fundada por colonos sajones en el siglo XIII, la ciudad conserva todavía una fuerte influencia germánica visible en su urbanismo, en sus murallas medievales y en muchos de sus edificios históricos. La parte moderna se extiende hoy por la llanura, mucho más amplia que el casco antiguo medieval.
Tenemos suerte y aparcamos cerca del alojamiento. Nada más bajar del coche nos encontramos casualmente a la hija de unos grandes amigos nuestros con su familia y no nos resistimos a hacernos una foto con ella para enviársela a sus padres. Nos resulta una muy grata sorpresa y no acaba aquí porque más tarde descubrimos que estamos alojados en el mismo sitio. El mundo es realmente pequeño.
Tras instalarnos decidimos pasear por el centro histórico de Brașov. Las bonitas fachadas que forman la Piața Sfatului ofrecen una bella imagen iluminadas ya por la luz suave del atardecer. Las terrazas están repletas de gente y hay un ambiente increíble en todo el centro.

Al regresar al alojamiento decidimos cenar juntos en la terraza con las provisiones adquiridas hoy y el vino del hotel de Bucarest.
DÍA 4: LUNES 6 ABRIL: BRAȘOV- BRAN-RÂSNOV- BRAȘOV (60 Km)
-2.webp)
Esta mañana hemos salido en busca de un lugar donde desayunar. Tras recorrer varios establecimientos, por fin hemos encontrado una agradable croissanterie. Hemos desayunado cruasanes recién hechos y un café con leche que, aunque buenísimos, se han quedado algo escasos después de los abundantes bufés de los hoteles en los que nos hemos alojado hasta ahora. Después, tras una breve parada en el alojamiento, hemos salido a recorrer la ciudad.
Nuestro primer objetivo era visitar la famosa Basílica Negra, conocida en rumano como Biserica Neagră. Su nombre procede del aspecto ennegrecido que adquirieron sus muros tras el gran incendio que asoló Brașov en 1689. Es el monumento gótico más importante de Rumanía, pero la hemos encontrado cerrada todavía.



Hemos continuado pues nuestro recorrido hasta la Piața Sfatului, corazón de la ciudad medieval dónde se haya ubicado el ayuntamiento. Las terrazas que la rodean no están tan rebosantes como anoche, pero sigue habiendo un magnífico ambiente. Aprovechamos la poca afluencia de gente y la luz diurna para hacernos algunas fotos antes de continuar la visita a la ciudad.
En la misma plaza, entramos en una iglesia ortodoxa algo difícil de encontrar porque se accede a través de una vivienda. Se está celebrando una ceremonia religiosa. No nos queda claro si se trata de un bautismo o de algún rito de presentación de un niño en el templo. El sacerdote, vestido con ricos ornamentos litúrgicos, cubre con parte de su atuendo a la madre que permanece arrodillada rezando. Después toma al niño en brazos y lo presenta ante un icono de la Virgen. Finalmente, el padre entrega al sacerdote un libro como obsequio. La ceremonia nos permite contemplar de cerca la profunda tradición religiosa ortodoxa muy presente en la sociedad rumana.


Continuamos nuestro paseo saliendo del recinto de las antiguas murallas de Brașov. La ciudad fue fundada y desarrollada por los sajones de Transilvania y sus fortificaciones constituyeron durante siglos una importante línea defensiva frente a las incursiones otomanas. Caminamos junto a un antiguo canal artificial que, convertido hoy en un pequeño riachuelo, servía antiguamente para abastecer de agua a la población y alimentar diversos molinos y talleres.




A continuación, ascendemos por una empinada escalera hasta la Torre Blanca (Turnul Alb), una fortificación construida en el siglo XV como parte del sistema defensivo de la ciudad. Desde allí se disfruta de una magnífica panorámica de Brașov, con sus tejados rojizos, la Basílica Negra y las montañas de los Cárpatos como telón de fondo. El descenso lo realizamos por el sendero en rampa, mucho más cómodo que la subida.

Después de recoger todo lo necesario en el alojamiento, emprendemos camino hacia el Castillo de Bran, conocido mundialmente como el «castillo de Drácula». Sin embargo, la asociación con el célebre vampiro es más legendaria que histórica. Vlad III Țepeș, príncipe de Valaquia y personaje que inspiró parcialmente al conde Drácula de la novela de Bram Stoker, probablemente pasó por la zona, pero no existen pruebas de que residiera en el castillo.
Aparcamos en el pueblo de Bran, junto al parque. Un funcionario del aparcamiento se acerca para indicarnos amablemente cómo realizar el pago en la máquina expendedora.
El recorrido caminando hasta la entrada del castillo está repleto de puestos de recuerdos y artículos relacionados con la figura de Drácula, una muestra de cómo la leyenda ha terminado convirtiéndose en uno de los principales atractivos turísticos de la región.

Al llegar a las taquillas encontramos una enorme multitud haciendo cola. Por suerte, al disponer de entradas online podemos acceder por una fila rápida, pero una vez en el patio del castillo todavía hay que hacer cola para acceder a él, casi durante una hora. Llama nuestra atención el cartel que señaliza los aseos, muy acorde al entorno.



La visita recorre diferentes estancias y dependencias del castillo. Gran parte de la decoración actual corresponde a las reformas impulsadas por la reina María de Rumanía a comienzos del siglo XX, cuando el castillo fue transformado en residencia real de verano. Por ello, el aspecto de muchas de las habitaciones poco tiene que ver con la época medieval de Vlad Țepeș. El recorrido transcurre por estrechas escaleras, pasadizos y espacios reducidos que, debido al elevado número de visitantes, resultan en ocasiones incómodos y agobiantes.






Salimos con una cierta sensación de decepción, pues la experiencia no termina de responder a las expectativas generadas por la fama del lugar, especialmente por la masificación.
Al salir, comemos en un restaurante del pueblo, el Burger Bran. Probamos salmón o trucha y los más atrevidos una tradicional ciorbă de alubias servida dentro de un pan redondo vaciado. Es una de las sopas más características de la gastronomía rumana y constituye uno de los platos más populares del país.
Más tarde caminamos hasta una explanada próxima a la parte de atrás del castillo desde donde se obtiene una bella vista. Habíamos leído la existencia de un museo etnográfico, pero solo encontramos una pequeña iglesia de madera cerrada. Allí mismo podemos volar el dron, que en pocos segundos alcanza la altura del castillo y capta unas imágenes espectaculares.



Después, de camino a casa, hacemos una parada en la fortaleza de Râșnov. Por desgracia, gran parte del recinto permanece cerrado debido a los trabajos de restauración. Esta impresionante fortaleza campesina fue construida por los habitantes sajones de la región para refugiarse durante las frecuentes invasiones que asolaron Transilvania durante la Edad Media.

Para llegar hasta ella es necesario dejar el coche en una zona llana junto al río habilitada como aparcamiento y subir caminando una colina. Hay unos pequeños trenes turísticos remolcados por tractores que trasladan a los visitantes hasta el cercano parque temático Dino Park, pero preferimos continuar a pie dando un paseo.
Al llegar a la cima tenemos la sensación de que el acceso está completamente cerrado, pero descubrimos una entrada en la primera muralla que permite visitar la parte exterior de la fortaleza. Desde allí podemos hacer excelentes fotografías con las montañas, todavía nevadas, al fondo.





Al darnos cuenta que el resto de fortalezas de la zona ya han cerrado a estas horas, decidimos regresar a Brașov e intentar llegar a tiempo de visitar a la Basílica Negra. No lo conseguimos porque desde media hora antes del cierre no aceptan visitantes. Nos acercamos entonces a la Poarta Ecaterina que todavía no habíamos podido ver de cerca y le hacemos algunas fotos bañadas por la luz del atardecer, después, damos un agradable paseo por el centro histórico mientras disfrutamos de unos sabrosos helados.





Poco después, tras un día repleto de historia, paisajes y contrastes entre la realidad y la leyenda, Javier y yo optamos por retirarnos a descansar mientras nuestros acompañantes salen a cenar.
DÍA 5: MARTES 7 ABRIL: BRAȘOV- VISCRI- SIGHIȘOARA-SIBIU (213 Km)
-2.webp)
Hoy hemos desayunado, como ayer, en la Croissanterie. Hemos conocido a una pareja de Zaragoza residente en Girona, con los que hemos conversado un rato, y nos han hecho una fotografía de grupo.
Tras este encuentro y una breve parada en el alojamiento para recoger el equipaje, hemos emprendido camino hacia Sighișoara. Una vez fuera de Brașov, el paisaje se despliega como un inmenso tapiz verde, una tierra marcada por la herencia sajona donde los colonos alemanes, invitados hace siglos por los reyes húngaros, levantaron un sistema de aldeas fortificadas único en el mundo. Algunas de ellas salen a nuestro paso en el camino y nos detenemos a hacerles una foto.

Al llegar a Viscri, decidimos desviarnos para visitarla, aparcando en una zona habilitada para ello fuera del pueblo. Este lugar, Patrimonio de la Humanidad, parece congelado en el siglo XIII; es fascinante observar cómo estas comunidades adaptaron su vida cotidiana al miedo a las invasiones, creando recintos que eran a la vez refugio y almacén de grano. Bajo los árboles cargados de muérdago, sentimos que el tiempo aquí tiene otro pulso.



La aldea, como otras muchas de la zona es apenas una hilera de casas todas iguales compuestas de la casa propiamente dicha y un muro con una gran puerta tipo entrada de carruajes, que alberga un patio lateral. Son todas iguales, pero de diferentes colores, creando un conjunto muy armónico.
Al final de la calle está el recinto amurallado de la iglesia hacia el que nos encaminamos. Tras unas fotos desde el exterior y previo pago, entramos para recorrer sus rincones-refugio para los habitantes de la pequeña localidad, así como la iglesia. Pequeña y rústica, con un púlpito de madera y sencillos bancos de acolchado rojo. En las estancias adosadas al muro hay alguna exposición de objetos y prendas de ropa tradicionales.






De regreso a la aldea entramos en una de las casas cuyo portón abierto indica venta de pan casero, pero no nos animamos a comprar uno porque son demasiado grandes. Antonio charla un rato con la señora y su hija, que atienden el “negocio” y finalmente nos animamos a probar un langos hecho en el momento por ellas mismas. Es una especia de torta de masa frita con azúcar cuya tradición viene de la influencia austrohúngara de la región. Javier y yo ya los habíamos probado en Budapest en otra ocasión. Este lo degustamos entre todos allí mismo al salir, al aire libre, junto a un tractor amarillo.




Después emprendemos el camino de regreso pasando junto a granjas con corrales. Alcanzamos a ver ocas, ovejas y gallinas de Guinea.
Continuamos hacia Sighișoara, una de las pocas ciudades medievales habitadas de Europa, donde llegamos pasadas las 13 h. Aparcamos extramuros y caminamos hacia la torre del reloj, edificio emblemático de la ciudad que se divisa desde todas partes.
Traspasado el arco de la torre pareces entrar en otro tiempo pasado que rompen solo los carritos de golosinas y las tiendas de recuerdos.






En una esquina destacando entre otras casas, de color amarillo, aparece la casa donde nació Vlad Tepes (Drácula), hoy convertida en restaurante y museo. No comemos allí porque no tiene buena puntuación en Google, lo hacemos en la calle de al lado en "la Croitorie" donde Antonio se atreve a pedir Ciorba de burta (sopa de callos). Pasamos un rato muy agradable comiendo en el jardín.



Nos dirigimos después a la escalera cubierta, otro de los lugares destacados en la historia de la ciudad, conocida como la “escalera escolar” porque lleva al colegio que está en la parte más alta de la ciudad, protegiendo al alumnado de las inclemencias del clima.
Subimos los 174 peldaños y desde arriba, disfrutamos de las vistas sobre la ciudad y damos una vuelta por la zona, en la que, aparte del colegio hay una iglesia y un cementerio.


Luego hacemos una ruta de torres defensivas, desde la Torre de los Sastres, Zapateros, Herreros y Estañadores, que actualmente es propiedad privada, y la fotografío desde la puerta de entrada.







A media tarde y tras tomar unos cafés, damos por terminada la visita y seguimos camino hacia Sibiu. El paisaje es muy rural y tendremos ocasión de ver aldeas similares a Viscri, siempre alineadas en torno a la carretera, un paso a nivel sin barrera, una granja de avestruces y algún que otro carro tirado por caballos circulando por la misma carretera.
Al pasar por los alrededores de Mediaș atravesamos un curioso escenario de contrastes que ninguna cámara podría capturar en toda su magnitud. No nos detenemos, no hacemos fotos, pero observamos fascinados. A veces, las mejores fotos son las que nos quedamos grabadas en la memoria.
Es difícil explicar con palabras la estampa: casas que parecen castillos de metal, con torres de acero brillante que refulgen bajo la luz de la tarde, desafiando cualquier lógica arquitectónica tradicional. Son monumentos al estatus y a la identidad, construcciones tan exageradas como fascinantes que parecen contar su propia versión de la historia reciente de Rumanía.
Y a pie de carretera pequeñas paradas donde familias locales exponen su trabajo. Cientos de piezas de cobre —calderos, jarras y herramientas— muestra de una artesanía centenaria que es el alma verdadera de estas comunidades. Me habría encantado parar a cotillear en los puestos y quizá adquirir algún recuerdo, pero nos coge por sorpresa y no volvemos a ver algo igual durante el resto de viaje.
Ya en Sibiu, tras instalarnos, vamos al centro a dar un paseo y nos encontramos un gran mercadillo de Pascua en la Piața Mare, la plaza más grande de la ciudad. Allí mismo tomamos unas pizzas en una de sus terrazas cubiertas y, de camino al alojamiento paramos en un supermercado 24h para llevarnos lo necesario para desayunar en la pequeña cocina de nuestros apartamentos.


A la mañana siguiente Antonio y Lola descubrirán con sorpresa que han comprado yogur en vez de leche. Que son los únicos que no tienen tostadora y que el café de la "Melita" no vale nada. Menos mal que las galletas de chocolate están muy buenas.
DÍA 6: MIÉRCOLES 8 ABRIL: SIBIU-HUNEDOARA-ALBA IULIA-SIBIU (287 Km)
-2.webp)
Dejamos atrás la pequeña decepción del desayuno y ponemos rumbo a Hunedoara para visitar una de las joyas de la arquitectura gótica en Europa del Este: el Castillo de Corvinus (también conocido como Castelul Corvinilor o Castillo de Hunyad).
El trayecto es una postal del campo transilvano en primavera. El paisaje nos regala un verde intenso jalonado por pequeños lagos, vacas pastando tranquilas y arboladas repletas de flores blancas.
Al llegar, dejamos el coche en el aparcamiento habilitado justo frente a la entrada. Como en muchos lugares turísticos de la zona, el acceso a los aseos requiere el pago en efectivo de 3 lei, algo de lo que nos advierte amablemente el encargado.

Antes de dirigirnos al castillo, decidimos buscar un buen café. Le preguntamos a un vecino que pasa por allí y la sorpresa es que Nico, que así se llama, ha vivido nada menos que 17 años en España, concretamente en Vicálvaro. Tras una charla entrañable sobre sus recuerdos, nos orienta hacia una cafetería al otro lado del río Cerna donde nos sirven unos cafés espectaculares.
Al acercarnos a la fortaleza llega un pequeño jarro de agua fría. El castillo se encuentra en pleno proceso de restauración, con grandes lonas de plástico cubriendo tramos de la fachada y, como descubriremos después, andamios en el patio interior.

Aun así, la silueta de la fortaleza fundada en el siglo XV por Juan Hunyadi (Iancu de Hunedoara) impresiona; no en vano es uno de los bastiones clave en la historia defensiva de la región frente al Imperio Otomano y un lugar envuelto en las leyendas de Vlad el Empalador.
El puente de acceso es una larguísima pasarela de madera elevada sobre altos pilares de piedra que cruza el profundo foso por donde fluye el pequeño río Zlaști. Cruzar la pasarela y pasar la puerta que da acceso al patio del castillo es impresionante.


Comenzamos el recorrido siguiendo el orden marcado para la visita. Recorremos torres, amplios comedores y las salas de arcos apuntados. La humedad y el frío se hacían notar dentro de los muros de piedra, tanto que los vigilantes en las salas no quitan ojo a las puertas para evitar que queden abiertas y se escape el calor de sus pequeñas estufas eléctricas.







Mientras realizamos la visita y, especialmente recorriendo una de las galerías altas, entre dos torreones podemos ver a varios operarios trabajando en el tejado, colocando tejas de cerámica sin grandes medidas de seguridad visible. Entablamos conversación con uno de ellos, Mateo, que resulta haber vivido también dos años en España. Un poco más adelante, en uno de los balcones, casi terminamos salpicados de brea por los pintores que acondicionaban las maderas. La realidad se entremezcla con la historia.


Antes de dar por finalizada la visita, en la última de las salas que visitamos, preguntamos a uno de los guardias del recinto, llamado Florian, por un lugar donde comer y, con mucha amabilidad, nos lo indica desde una ventana con vistas panorámicas sobre la ciudad.
Siguiendo sus indicaciones y apoyándonos en Internet, damos con Curtea Veche, un restaurante moderno con una agradable terraza sobre el río y vistas directas a la cafetería de la mañana. Allí probamos la carne de cerdo Mangalica, una raza autóctona muy apreciada en la gastronomía centroeuropea, junto con una fresca ensalada de jamón y melocotón.

Tras la comida, Javier aprovecha para volar el dron por la parte trasera de la fortaleza y capturar una perspectiva completa de los fosos y torreones. Con esas imágenes en la retina, nos ponemos en marcha hacia Alba Iulia.


Alba Iulia es el verdadero corazón histórico de la nación rumana. Su gran atractivo es la ciudadela de Alba Carolina, una impresionante fortificación abaluartada del siglo XVIII con forma de estrella de siete puntas.




Dentro del recinto destacan dos edificios religiosos que resumen las complejidades históricas de Transilvania: La Catedral Católica de San Miguel, un majestuoso templo con orígenes románicos y góticos donde reposan los restos del propio Juan Hunyadi y la Catedral de la Reunificación , templo ortodoxo erigido para la coronación de los reyes Fernando e Isabel en 1922, tras la histórica Gran Unión del 1 de diciembre de 1918, fecha en la que se decretó la unión de Transilvania con Rumanía (acontecimiento histórico que da nombre a la célebre palabra Unirii presente en tantas plazas y avenidas del país).






Al entrar en la catedral ortodoxa tenemos la suerte de presenciar un oficio religioso. Las voces de un coro de jóvenes cantores entonando cánticos de tradición bizantina crean una atmósfera mística y envolvente bajo las cúpulas doradas.


Terminamos por un paseo por el interior de la ciudadela, antes de regresar a Sibiu donde llegamos ya caída la noche.
DÍA 7: JUEVES 9 ABRIL: SIBIU-CÂRȚIȘOARA-SIBIU (100 Km)
-2.webp)
Como el tiempo amenaza lluvia, decidimos dedicar la mañana a descubrir a fondo Sibiu, una de las siete ciudades fortificadas fundadas por los sajones en la Transilvania medieval.
Iniciamos la caminata dando un rodeo hacia la Iglesia Catedral Luterana de San María, un imponente templo gótico del siglo XIV cuyo estilizado campanario de 73 metros domina la silueta de la ciudad.







A continuación, nos dirigimos la Plaza Pequeña (Piața Mică) cruzando el célebre Puente de las Mentiras. Construido en 1859, este fue el primer puente de hierro fundido de Rumanía y cuenta la leyenda popular que el puente cruje si alguien pronuncia una falsedad al cruzarlo (aunque en realidad su nombre deriva de un juego de palabras en alemán entre Lügenbrücke -puente de las mentiras- y Liegenbrücke -puente colgante-).




Allí fotografiamos las pintorescas fachadas de colores y los icónicos "ojos de Sibiu": esas características buhardillas barrocas en forma de párpado que salpican los tejados de teja roja. Diseñadas originalmente en el siglo XV para ventilar los desvanes donde se almacenaba el grano, transmiten la inquietante sensación de que la propia arquitectura te está observando.


Para resguardarnos del frío entramos en la Iglesia Parroquial Católica de la Santísima Trinidad, ubicada en la Plaza Mayor. Construida por los jesuitas entre 1726 y 1733, es un magnífico ejemplo del barroco austriaco que dominó Transilvania tras la anexión al Imperio de los Habsburgo. Lo más sobrecogedor de su interior es su retablo mayor: a diferencia de los altares esculpidos habitualmente, aquí se trata de un impresionante fresco pintado directamente sobre la pared que abarca desde el suelo hasta el techo, creando una ilusión de profundidad fascinante.


Tras conseguir un mapa en la Oficina de Turismo, paseamos por la arteria peatonal Nicolae Bălcescu, donde compramos unos dulces tradicionales que disfrutamos junto a un café. Allí nos atiende en español Diana, quien ha vivido unos meses en Garrucha (Almería), recordándonos de nuevo la estrecha conexión entre Rumanía y España.




Continuamos la ruta hacia la Catedral Ortodoxa de la Santa Trinidad. Edificada a principios del siglo XX inspirándose en la arquitectura de Santa Sofía de Constantinopla y el neobizantino, por fuera destaca por sus bandas de ladrillo rojo y amarillo. Sin embargo, su interior es un estallido de luz y color: paredes enteras cubiertas de frescos de la Pasión de Cristo y, coronando la majestuosa cúpula central, un monumental Pantocrátor que bendice con mirada austera a quien alza la vista.




Para completar la lección de historia defensiva, recorremos el tramo conservado de las antiguas murallas medievales del siglo XIV en la calle Cetății. Admiramos las tres torres de ladrillo rojo que han resistido el paso del tiempo, erigidas y custodiadas por los antiguos gremios artesanales: la Torre de los Alfareros, la de los Arcabuceros y la de los Carpinteros.


Buscando café de especialidad para regalar a Javi, damos con una cafetería de tostado propio donde entablamos conversación con un rumano residente en Barcelona. Nos recomienda encarecidamente visitar el mercado local y comer en el restaurante Gran Place. Guiados por su consejo, nos dirigimos allí y pedimos dos generosas tablas de carne mixta al estilo rumano. Cuando llega el momento de pedir el postre pensamos en cambiar, pero Claudio, nuestro camarero, que ha vivido en Logroño, nos convence para probar el postre estrella que no es otro que los conocidos papanași que llevamos degustando desde que hemos llegado a Rumanía. Está buenísimo, pero, a estas alturas del viaje, tenemos la sensación de estar abusando de él. Además, las raciones son tan grandes que no podemos terminarlas.


Para rebajar la comida caminamos hasta el Mercado Cibin, un animado mercado al aire libre donde la población local compra frutas, verduras y quesos tradicionales. Nos llama la atención comprobar que los precios de los productos frescos están muy a la par con los de España.
Tras un breve descanso en el apartamento, cogemos el coche en dirección a Cârțișoara, localidad situada al pie de la legendaria carretera Transfăgărășan (la ruta de montaña DN7C). Construida en la década de 1970 bajo el régimen de Nicolae Ceaușescu como vía militar estratégica a través de los Alpes Transilvanos y famosa por sus drásticos giros en horquilla. Aunque el paso de alta montaña permanece cerrado en esta época por la nieve, queremos subir hasta donde la barrera nos lo permita.
A pesar de que el cielo no augura nada bueno, el tiempo se calma al acercarnos y, pasado el pueblo, paramos en un recodo donde el paisaje está cubierto por un manto de nieve, junto a un riachuelo cristalino formado por el deshielo. Entusiasmados con la estampa, nos ponemos a hacer fotos y Javier aprovecha para volar el dron. En medio de la sesión empieza a caer la nieve y, por un instante, nos transporta a un cuento navideño hasta el punto de ponernos a cantar un villancico en pleno mes de abril.



El viaje de vuelta a Sibiu transcurre bajo la lluvia que nos de tregua al llegar a la ciudad. Salimos pues a pasear por el mercadillo de Pascua en la Piața Mare, entre puestos de artesanos donde compramos algún pequeño recuerdo y terminamos resguardándonos del frío (unos gélidos 4 °C) en una acogedora librería de la plaza, donde le compramos un “mandala” a la abuela.


Recuperados un poco, damos un paseo por la calle principal pero pronto lo damos por terminado porque el cansancio de la jornada va haciendo mella. Lola y Antonio regresan al hotel y nosotros nos quedamos a cenar en un restaurante de la plaza con Pilar y Ramón. Será nuestra última cena aquí.
DÍA 8: VIERNES 10 ABRIL: SIBIU-CLUJ-NAPOCA-VUELO A ALICANTE (183 Km)

Hoy ha llegado el momento de decir adiós a Transilvania y regresar a España. Hemos preparado nuestro último desayuno por todo lo alto en el apartamento, aprovechando al máximo las provisiones: tostadas, zumo de naranja y un buen café con leche.
Poco después de las 9:30 h nos hemos puesto en marcha hacia Cluj-Napoca, la capital histórica y cultural de Transilvania, desde cuyo aeropuerto tomaremos el vuelo de vuelta a Alicante.
Al llegar a Cluj hemos aparcado directamente en la Plaza de la Unificación (Piața Unirii), el corazón palpitante de la ciudad. La plaza está dominada por la imponente Iglesia de San Miguel (Biserica Sfântul Mihail), una de las joyas más deslumbrantes del gótico en Rumanía, construida entre los siglos XIV y XV. Su estilizada torre campanario de 80 metros -añadida en el siglo XIX en estilo neogótico- es la más alta de Transilvania y un auténtico hito visual.

Frente al templo se erige el grandioso Monumento a Matías Corvino, inaugurado en 1902. Esta estatua ecuestre rinde homenaje a uno de los reyes más memorables de Hungría (quien reinó en el siglo XV), recordado por su mecenazgo del Renacimiento y por ser hijo del gran héroe local Juan Hunyadi.
En la misma plaza nos hemos sentado en una terraza a disfrutar de unos expresos macchiato buenísimos acompañados de tres deliciosos pasteles rumanos. El ambiente no puede ser más acogedor: la plaza alberga un animado mercadillo de Pascua repleto de puestos de artesanía de madera, cerámica y textiles tradicionales, donde no he podido resistirme a comprar una bonita muñeca artesanal.


A pocos pasos de la plaza hemos visitado el exterior de la Casa Natal de Matías Corvino. Este edificio del siglo XV es uno de los más antiguos que se conservan en Cluj; originariamente una posada gótica, fue aquí donde nació el célebre monarca en 1443.
Después hemos paseado por el animado Bulevar de los Héroes, una elegante avenida custodiada por edificios neoclásicos y barrocos. Nuestro paseo nos ha llevado hasta la plaza donde se alza el majestuoso Teatro Nacional, un deslumbrante edificio de principios del siglo XX diseñado en estilo neobarroco con detalles Art Nouveau, frente a él, la Catedral Metropolitana de Nuestra Señora de la Asunción.


De regreso al coche hemos parado a comprar unas focaccias para comer.
Ya en el aeropuerto de Cluj-Napoca, bastante pequeño, hemos hecho la entrega del coche de alquiler sin ningún contratiempo. Sin embargo, en el control de seguridad los agentes han decidido registrar minuciosamente la mochila de Antonio y le han incautado el sacacorchos que compró con tanto cariño en Brașov.

Una vez superado el control, hemos tenido la suerte de encontrar asientos libres, algo providencial, ya que media hora más tarde la sala esta abarrotada y mucha gente ha tenido que quedarse de pie.
Mientras esperamos el embarque nos hemos comido tranquilamente las focaccias que con mucho acierto hemos comprado en la ciudad ya que aquí es casi imposible conseguir algo por las largas colas.
Pronto estamos en el avión y el vuelo, sin contratiempo alguno nos lleva a casa en el tiempo previsto.






Comentarios
Deja el primero
Todavía no hay comentarios en este viaje. Anímate a ser el primero.