Inglaterra y Gales

INTRODUCCIÓN

Este viaje lo hemos realizado con nuestros hijos de 24 y 21 años y sus jóvenes acompañantes, en agosto de 2019. Hemos volado Málaga-Liverpool y desde allí nos hemos dirigido a Londres para iniciar nuestra ruta turística con la visita a esta ciudad, realizando después un recorrido que nos llevará a dar una vuelta completa, recorriendo la costa galesa, terminando de nuevo en Liverpool.

El trayecto por carretera a través de Inglaterra y Gales lo hemos hecho con un Hyundai i800 de alquiler, de 9 plazas cuyo gran tamaño nos ha facilitado mucho la comodidad en los desplazamientos y el traslado del equipaje.

El trayecto total allí ha sido de aproximadamente 2.000 Km.  A lo que hay que sumar el trayecto de ida y vuelta hasta el Aeropuerto de Málaga con nuestro monovolumen.

 

AGRADECIMIENTOS

Una vez más nuestro agradecimiento a todas las personas que comparten sus experiencias a través de Internet. Para nosotros son de valor incalculable ya que su información nos resulta mucho más útil que cualquier guía de viajes. Su ejemplo nos invita a compartir también las nuestras.

Especialmente, en esta ocasión, tenemos que agradecer el relato de EvaV del foro de AC Pasión y Viajar en Autocaravana. Fue nuestro punto de partida, aunque, debido al tiempo que ha pasado desde su viaje, lo complementamos con otras muchas experiencias y aportaciones de diferentes blogs que iban surgiendo al azar buscando en Internet.

Agradecemos también a nuestro amigo Ginés que compartiera con nosotros su tiempo, acompañándonos durante nuestra estancia en Londres.

PROYECTANDO EL VIAJE

Este viaje comenzó a fraguarse porque nos daba la posibilidad de llegar al destino en nuestro coche, a través del Eurotúnel. Este año volvíamos a ser 6 y eso hacía complicado alquilar un vehículo ya que, normalmente, la diferencia de precio entre un coche de 5 plazas y uno de 6 es desproporcionada, e incluso puede llegar a ser el doble. Poder viajar con nuestro monovolumen era una ventaja y fue por ello que comenzamos a estudiarlo.

Teníamos claro que iríamos a Londres, ya que nuestros hijos no lo conocían, y a partir de ahí veríamos. Algunos nombres venían a nuestra cabeza por ser muy conocidos, como Bath, Stonehenge..  quizá a la vuelta podríamos parar en París o Disney, un destino que siempre nos agrada.

Pero los planes cambiaron al descubrir que el alquiler de coches “grandes” en el aeropuerto de Londres era posible y los precios razonables, lo mismo en algunas otras grandes ciudades de Inglaterra. Comenzamos a comparar gastos y descubrimos que un vuelo Low-cost, más alquiler de coche, era incluso algo más barato que subir en coche, al tener que incluir mínimo dos noches de hotel en ruta y el precio del Eurotúnel que se sumarían a la gasolina y peajes de cruzar Francia. Además, ganaríamos casi 4 días que podíamos disfrutar allí.

El disponer de más días de estancia en Gran Bretaña nos daba la posibilidad de ampliar nuestro recorrido y lugares a visitar y, temerosos de salir hartos de tanta ciudad histórica como ofrece Inglaterra, así como algo nostálgicos de los paisajes naturales que pudimos disfrutar el verano pasado en Irlanda, comenzamos a leer e informarnos de otras posibilidades. Así es como decidimos centrar gran parte de nuestro viaje en recorrer Gales. Cuanto más nos informábamos, más nos apetecía conocer esta zona del país.

Ahora que hemos regresado puedo decir que las expectativas se han cumplido sobradamente y que bien podríamos haber pasado los 11 días sólo en tierras galesas sin habernos faltado lugares interesantes que visitar.

 

PREPARATIVOS

Los vuelos los reservamos en la página de Ryanair después de una búsqueda previa en Skyscanner para tantear los más económicos. Buscamos desde todos los aeropuertos cercanos, a cualquier ciudad de la mitad sur de Gran Bretaña. Finalmente elegimos un Málaga-Liverpool que nos permitía una estancia de doce días, con horario razonable de ida y vuelta.

Como siempre, nuestro único extra fue reservar asientos de dos en dos, en tres parejas. Aunque debido a la nueva política de Ryanair cinco de los 6 billetes los compramos preferentes por ser la manera más barata de llevar el equipaje de mano (en este caso en cabina). Para el sexto pasajero no cogimos embarque preferente porque su maleta era la facturada de 20Kg y para nosotros el embarque preferente como tal no es una opción interesante (Más detalles en el blog)

Antes de comprar los vuelos ya habíamos mirado el coche de alquiler para asegurarnos disponibilidad a buen precio.

 

El coche de alquiler lo reservamos a través de la página de la compañía Enterprise, con oficina en el aeropuerto John Lennon de Liverpool

Habíamos reservado un vehículo de 7 plazas tipo Alhambra y al llegar nos dieron uno mayor, de hasta 9 plazas. Esto facilitó mucho el traslado de equipaje, algo que nos preocupaba mucho en el Alhambra si no nos dejaban quitar el asiento sobrante. Al llegar nos informaron del teléfono al que había que llamar para realizar el pago del puente Mersey Gateway Bridge que cruzaríamos dos veces (hoy al salir y el día de nuestro regreso al aeropuerto). Intentaron también añadirnos más seguros y extras, pero no aceptamos la oferta.

 

Los alojamientos, todos apartamentos o viviendas completas, los reservamos a través de Booking y Airbnb, sólo alguno de ellos con flexibilidad de reserva. El criterio predominante: la ubicación y el precio más bajo posible dentro de una puntuación aceptable por parte de los clientes. Además, valoramos positivamente el disponer de wifi, aparcamiento y, en la medida de lo posible, camas para todos, sin necesidad de utilizar sofá-cama que no siempre resulta cómodo. En algunos destinos, como Londres y la costa sur de Gales nos fue más complicado encontrar y tuvimos menos margen de elección. Efectivamente, después fueron los más “flojitos”

Como el vuelo llegaba a las 9 decidimos, tal como hicimos el verano pasado, desplazarnos el primer día a la zona más lejana que pensábamos visitar e ir subiendo en días sucesivos para acabar cerca del aeropuerto. En base a eso, organizamos la reserva de alojamientos.

  • Para las tres primeras noches reservamos con Booking el Adonai Apartament en Dagenham, un barrio situado a algo más de media hora en metro del centro de Londres. En este caso, la elección final entre este y otros dos apartamentos similares, se debió a su proximidad al metro, que además permitía llegar al centro sin transbordos, así como a la presencia en el barrio de varios supermercados. Además, tenía aparcamiento en la puerta. Era un piso de dos dormitorios, pero con un sofá cama moderno y cómodo. Estaba en un segundo piso sin ascensor, pero eso no fue un inconveniente ya que volando en Ryanair el equipaje es el justo. La llegada fue muy sencilla porque las llaves estaban en el lugar que nos indicaron y no vimos al propietario en ningún momento. Eso sí, hablamos varias veces con él porque el extractor no funcionaba y no fue posible solucionarlo por ser fin de semana. Pese a eso y a la ausencia de estantes en los que poder dejar la ropa, nuestra estancia fue aceptable. Realmente pasábamos el día entero en Londres regresando únicamente a dormir.

 

  • La segunda vivienda, en Swindon, fue un apartamento bastante más elegante, de dos plantas, gestionado por Suite Life Serviced Apartments, que encontramos y reservamos a través de Booking.  En él permanecimos tres noches. Tenía aparcamiento y wifi y, para agilizar la llegada, disponía de una caja con clave de acceso en la que estaban las llaves. Era enorme, sobre todo el salón. De nuevo disponíamos de dos habitaciones y un sofá-cama, esta vez algo más incómodo, pero lo solucionamos poniendo el colchón en el suelo, bastante mejor que el tímido somier de muelles.  La cocina, muy moderna, disponía de lavadora con secadora que nos vino muy bien llegando ya a la mitad del viaje. Lástima que solo tuviera un baño.

 

  • La tercera estancia fue la peor. Sabiendo que era un apartamento pequeño, pero enamorados de las fotos en las que se veía muy agradable y decorado con gusto, además de que tenía muy buena ubicación en una zona costera en la que la oferta era muy reducida, alquilamos el llamado “Beautiful Apartment in Pembroke” que Anne ofrecía en Airbnb. Sin entrar en los múltiples detalles de falta de orden y deterioro, baste decir que además de los dos dormitorios dobles, las otras dos plazas que ofrecía consistían en un sillón que se ponía en horizontal y una colchoneta de gomaespuma plegada a modo de “puff” que había que extender en el suelo. Nos lo tomamos con humor, porque cuando vamos de viaje intentamos ser positivos y disfrutar, pero dimos gracias que solo íbamos a permanecer aquí dos noches.

NOTA: Si alguna vez os pasa algo parecido con Airbnb y queréis reclamar, debéis hacerlo estando allí, si no se hace en ese momento, no hay reembolso posible. Únicamente hemos conseguido que rectifiquen la descripción añadiendo que dos de las plazas que ofrecen no son camas ni son aptas para adultos.

 

  • Por último, en el norte de Gales reservamos una casa a través de Booking, la Dinas farm, en las proximidades de Caernarfon. Fue sin duda el mejor de los alojamientos en este viaje y lamentamos disponer de sólo tres noches para disfrutarlo. La vivienda, de dos plantas, adosada a la de los propietarios, era la casa principal de una granja de vacas, con jardín y aparcamiento. Era muy espaciosa, con tres dormitorios dobles, salón, cocina amplia y enormes ventanales por todas partes que permitían ver el mar a lo lejos y preciosos atardeceres. Además, la familia propietaria, fue muy amable en todo momento y hasta nos recibieron con galletas caseras. Tenía todo lo necesario para estar como en casa.

 

Respecto al seguro médico solicitamos la Tarjeta Sanitaria Europea en las oficinas del INSS, antes de partir. Además, contratamos un seguro privado que incluía cancelación (¡ojo! Hay que contratarlo al alquilar el coche, las casas o comprar el vuelo porque después de varios días ya no es posible contratar este servicio). Lo consideramos importante en este viaje porque los vuelos los compramos y pagamos con mucha antelación, así como el coche de alquiler y alguna de las casas que no era cancelable.  Concretamente contratamos el “Totaltravel mini” de Intermundial Seguros

 

En cuanto a la información turística, la mayor fuente de información fueron los relatos leídos. A partir de ellos elaboramos una especie de hoja de ruta, muy informal, en la que anotamos lugares de interés en las proximidades al sitio en el que dormiríamos cada noche o a lo largo del recorrido de desplazamiento de un alojamiento a otro (anotando siempre de más por si fuera necesario). Además, todos ellos estaban marcados con estrellas en el Google Maps que fue nuestro mayor apoyo en el viaje.

Luego, para cada día, teníamos elegido un lugar “imprescindible” en base a los comentarios leídos y a la información que íbamos ampliando de las respectivas páginas web, tomando como punto de partida la página Turismo de Gales, turismo de Gran Bretaña y Turismo de Londres. Consciente de que la información obtenida en cuanto a horarios, precios, etc… se desactualiza pronto, os dejo mejor los enlaces para que la podáis obtener vosotros mismos.

 En Londres:

En otras zonas de Inglaterra:

En Gales:

Como podréis ver en el relato día a día, después hubo que priorizar y no los visitamos todos, pero si los suficientes para que el viaje mereciera la pena. De los que hubo que dejar, personalmente me costó el castillo de Cardif, creo que merece la pena visitarlo si se dispone de tiempo. Y los menos lamentados, aquellos que están más “montados” para el turismo y coinciden además con precios más altos: London Eye, Portmeirion, …

Consultamos la posibilidad de realizar algún Free Tour en las capitales y encontramos empresas que los hacían, pero para Londres era imposible, ya que, por su gran tamaño, el tour duraba todo el día y había que llevar comida. Lo consideramos para Oxford pero al final preferimos ir por nuestra cuenta porque no queríamos dedicarle tanto tiempo y realmente la historia de cada uno de sus Colleges nos parecía una información algo excesiva. Lo descartamos.

Algo parecido nos sucedió con la posibilidad de adquirir algún tipo de pase para la visita a monumentos. Al repartir el viaje entre dos regiones, con tan poco tiempo en cada una de ellas, no visitaríamos suficientes lugares como para que la compra de un pase fuera rentable. Hicimos los cálculos para la membresía Cadw en Gales y el National Trush. No compramos ninguno.

 Lo que si compramos son las tarjetas Oyster card para nuestros desplazamientos por Londres. Después de consultar muchas páginas, blogs y consejos, vimos que era la más interesante para nosotros y nos funcionó a la perfección. Destacamos esta por la descripción tan clara que da de las opciones. Básicamente, consiste en comprar una tarjeta que cuesta 5 libras (que te devuelven al anularla al final de tu estancia) en cualquier máquina expendedora de las estaciones de metro. Al comprarla le añades un saldo inicial que puedes ir recargando si hace falta en cualquier estación. Para usarla solo hay que pasarla por el sensor contactless al entrar y al salir de la estación de metro (¡¡muy importante al salir porque si no te seguirá sumando tiempo y dinero!!) y automáticamente se deduce el costo del viaje y aparece el saldo restante en la pantalla. En las mismas máquinas de las estaciones de metro al acabar nuestra estancia en Londres se puede anular y nos devuelven en efectivo el importe que pagamos por la tarjeta y el saldo que nos queda sin usar, quedando inservible la tarjeta.

En papel llevábamos únicamente LA GUÍA VERDE Michelín de Inglaterra y País de Gales, así como el plano de Londres y de alguna de las ciudades más destacadas a visitar. Por primera vez, no llevamos ningún mapa de carreteras. En los últimos años hemos visto que no lo necesitamos al utilizar sistemáticamente Google Maps como navegador y como marcador de los lugares a visitar. Facilita mucho los viajes el disponer de Internet.

 

GASTOS

Una vez pagados los vuelos, los alojamientos y el coche de alquiler, los dos únicos gastos allí serían el gasoil (un poco más caro que en España) y la comida, comprada en los supermercados (más o menos al mismo precio que aquí).

El único peaje fue el del puente (2 libras por paso) que pagamos vía telefónica.

Otro gasto a tener en cuenta cuando se piensan visitar ciudades son los aparcamientos. Realmente en casi todos los lugares visitados con muy contadas excepciones ha sido necesario pagar para aparcar, pero ninguno de los importes ha sido demasiado alto. Cuando se ha tratado de Oxford, Chester o alguna ciudad un poco mayor, lo que si hemos hecho es buscarlo previamente por Internet para tenerlo localizado, pero en ningún caso se ha podido pagar por adelantado como, por ejemplo, pudimos hacer hace unos años en Amsterdam. 

En cuanto a gastos de visitas, realmente de pago sólo entramos al Christ Church College & Cathedral en Oxford, al complejo de Stonehenge (cuya entrada compramos por adelantado a través de Internet, ahorrándonos mucha cola) y algunos castillos de Gales: Coch, Caefarnon y Conwy. Este último combinado con la entrada a la Plas Mawr. En todos ellos, nuestros jóvenes acompañantes pagaron tarifa reducida presentando el carnet universitario.

El cambio a libras esterlinas lo hicimos en España antes de partir. Llevábamos una pequeña cantidad en efectivo y el resto lo pagamos con tarjeta, cuyo cambio resulta más favorable.

 

EL VIAJE DÍA A DÍA

 

DÍA 1- VIERNES 2 AGOSTO: ALICANTE – MÁLAGA – LIVERPOOL – LONDRES (475 + 372 Km)

El jueves día 1, después de la cena, cargamos el coche y ponemos rumbo al aeropuerto de Málaga donde ya tenemos reservada una plaza en el aparcamiento de larga estancia. Nuestra primera parada será en Murcia para recoger a Bego. El encuentro tiene ese aire festivo que da la ilusión de iniciar un viaje. Después continuamos la ruta que transcurre sin incidencias, con muy poco tráfico, y con nuestros pasajeros durmiendo la mayor parte del trayecto. Hemos traído cojines y mantitas para todos.

A la altura de Baza, hacemos una breve parada para ir al baño y tomar un reparador café, antes de continuar con el mismo buen ritmo que hasta ahora. Llegamos alrededor de las tres de la mañana, con sobrado tiempo para realizar todos los trámites previos al vuelo.

Aparcamos en una plaza bien iluminada, cerca de la entrada, y, mientras sacamos el equipaje y recolocamos las cosas, descubrimos que una botella de gel se ha destapado en la maleta que vamos a facturar, manchando algunas cosas de jabón. La abrimos allí mismo y con toallitas y agua hacemos lo que podemos, asegurándonos de cerrar mejor la botella e introduciéndola en una bolsa atada, por si acaso. El autobús hacia el aeropuerto está a punto de partir y nos damos prisa para no tener que esperar al siguiente.

Ya en la terminal, nos dirigimos directamente a las ventanillas de facturación que todavía no están abiertas, aunque ya hay una pequeña cola. Mientras esperamos, hacemos uso de los aseos, nos vamos desprendiendo de las botellas de agua y nos repartimos las provisiones que hemos traído para desayunar.

Pasamos el control policial sin ningún incidente, y vamos a buscar un lugar en el que acomodarnos y desayunar. Lo hacemos en una cafetería que dispone de sillones y enchufes para cargar los móviles. Nuestro conductor aprovecha para dar una cabezadita ya que es el único que no ha dormido nada. Los demás, además de desayunar, compramos unas botellas de agua para el camino.

Embarcamos sin retrasos en un avión Ryanair algo más nuevo y moderno que los últimos en los que hemos viajado. Nosotros cinco un poco antes que Javier, que no tiene embarque prioritario al llevar la maleta facturada. A las 7 partimos rumbo a Liverpool en un vuelo muy tranquilo en el que intentamos dormir y descansar, especialmente Javier que al llegar tiene que seguir conduciendo.

Recoger la maleta facturada resulta muy rápido y salimos enseguida a buscar la empresa en la que hemos alquilado el coche. Nos cuesta un poco encontrar el lugar, dando una vuelta completa al edificio antes de preguntar y conseguir llegar al sitio indicado. Nos llevamos una grata sorpresa al descubrir el vehículo que han reservado para nosotros: una enorme furgoneta de nueve plazas en la que viajaremos muy cómodamente, con todo el equipaje, en los próximos días. Menos mal que nuestro conductor ya tiene práctica de conducir con el volante al revés incluso en autocaravana.

No son necesarios muchos trámites y, únicamente nos indican el teléfono al que debemos llamar para pagar el peaje del puente que hemos de cruzar ahora para dirigirnos hacia Londres y cruzaremos de nuevo el día de nuestro regreso, el Mersey Gateway Bridge.

La primera parada la hacemos en un área de descanso con gasolinera y restaurantes, incluido un Mc Donald, poco después de Sandbach (53°08’23.0″N 2°20’09.3″W). Son aproximadamente las 11 y la parada es breve. Estirar las piernas, comprar agua e ir al baño.

Al salir de nuevo a la autopista, el navegador no para de avisar de retrasos por mucho tráfico y así será durante el resto del viaje hasta Londres, especialmente al acercarnos. Un trayecto que debía durar unas cuatro horas, más paradas, nos llevará casi todo el día. Suponemos que será habitual en las proximidades de una ciudad tan grande como Londres, en una tarde de viernes de agosto.

A la una y media paramos de nuevo, esta vez para comer, en un área muy similar a la anterior, cerca de Daventry (52°18’28.4″N 1°07’17.7″W). Andamos un poco desganados con la noche que hemos llevado y no hacemos una comida muy formal. Unos compran algo del McDonald, otros comemos a base de fruta comprada en la tienda del área, también nos queda algún bocadillo…. En fin, al gusto de cada cual. Lo que si tomamos es un café antes de ponernos de nuevo en marcha, esta vez con intención de llegar a nuestro alojamiento.

Después de algunos rodeos sugeridos por el GPS al llegar a Londres, para evitar atascos, llegamos a Dagenham casi a las seis de la tarde.

Tardamos un poco en encontrar el edificio que corresponde a nuestra reserva, ya que hay varios bloques similares. Finalmente, con la amable ayuda de un señor, llegamos al lugar indicado y, siguiendo las indicaciones recibidos por el propietario, pronto estamos dentro del piso. En principio, salvo por la ausencia de estantes de ningún tipo en toda la casa, nos resulta muy correcto. Tras colocar el equipaje como podemos (las maletas abiertas en el suelo) y sacar algunas cosas al único armario con barra para colgar, nos refrescamos y salimos a hacer la compra. El barrio se ve muy tranquilo, multicultural y con una vida más parecida a la de un pueblo que a la de una gran ciudad, a pesar de su proximidad a Londres. A través de un callejón peatonal que hemos descubierto (por el que no se me ocurriría transitar sola por la noche) vamos caminando hasta un Lidl muy cercano que hemos localizado en Google Maps. Como siempre que llegamos a un país extranjero, disfrutamos enormemente haciendo la compra, buscando productos diferentes que llamen nuestra atención. Es divertido, pero muy lento, sobre todo porque nos distrae constantemente de lo que hemos venido a buscar y es necesario. En realidad, hoy haremos la compra sólo para tres noches y sin incluir las comidas porque seguramente esas las hagamos en algún lugar del centro de Londres por no ir cargados todo el día. Además, hemos de comprar cenas que se hagan en el horno porque hemos descubierto que en la cocina del apartamento el extractor de humos no funciona y eso que hemos probado a apagar y encender todos los interruptores (que son muchos porque aquí en Reino Unido, como ya vimos en años anteriores, cada enchufe de la casa tiene su propio interruptor).

Lo más entretenido de la compra llega al final. Con un carro “a tope” de productos llegamos a la caja para descubrir que la acaban de cerrar y hay que pasar por una caja rápida, tipo autoservicio. Lo mejor de todo es que cada producto que pasas por el scanner hay que dejarlo al lado en una bandeja y, claro, está pensada para cuatro o cinco productos, no para un carro completo. Es digno de verse como apilamos una cosa sobre otra haciendo malabares, mientras la cajera pasa una y otra vez sin ayudarnos, salvo para decirnos que no quitemos nada. Efectivamente en el momento que tocamos algún producto la caja deja de funcionar. Para colmo, su única aportación es cobrarnos una bolsa, porque ha visto que hemos cogido una y cree que no la hemos pasado por el scanner (lo cual no es cierto). Se lo demostramos en el ticket y su solución es que cojamos otra ya que nos la ha cobrado. Así, terminamos con una bolsa de más y un mosqueo monumental porque justo cuando nos vamos vemos que han vuelto a abrir la caja normal.

En fin, con una anécdota más para contar, regresamos al apartamento portando las bolsas entre todos y nos disponemos a preparar la cena. Desde hoy quedan establecidos los equipos de cocina y los de limpieza, y así permanecerán hasta el final del viaje. Esto facilitará también las duchas, ya que solo tenemos un baño para los 6. En cada momento el equipo que no trabaja es el que hace uso de ellas.

Tras la cena nos vamos pronto a la cama. La noche pasada no hemos dormido más que a ratos en el coche o en el avión y mañana nos espera un intenso día en Londres ¡¡Lo estamos deseando!!

 

DÍA 2- SÁBADO 3 AGOSTO: LONDRES

Amanece soleado, pero con previsiones de temperatura agradable, no excesivamente calurosa. El día promete ser interesante. Tras el desayuno, y equipados con una mochila provista de agua y algún tentempié, nos encaminamos a la estación de metro más próxima a nuestra casa: Dagenham Heathway. Allí adquirimos y recargamos nuestras tarjetas Oyster, haciendo uso de ellas por primera vez. Vamos directos a la parada Tower Hill en la que hemos quedado con Ginés. Llegamos un poco antes que él y en un puesto ambulante, justo frente a la salida del metro, aprovechamos para tomar unos cafés mientras le esperamos. Ya se alcanza a ver el edificio de la Torre de Londres.

Como era de esperar, ver a Ginés es una gran alegría para todos y los besos y abrazos nos entretienen por un rato, antes de pasar a ponernos al día sobre todo lo acontecido desde que no nos vemos. Mientras lo hacemos comenzamos a caminar, rodeando el histórico edificio en el que ya hacen cola los turistas, para dirigirnos al conocido puente de Londres. La primera foto de grupo, ya en el puente, es para enviarla por WhatsApp a los padres de Ginés informándoles de que ya estamos juntos.

Este famoso puente, uno de los emblemas de la ciudad, se abre para permitir el paso de los grandes barcos y proporciona preciosas vistas del perfil de la ciudad y del Támesis.

Ya en el otro lado, buscamos el mejor ángulo para fotografiarlo y fotografiarnos con él de fondo, antes de cruzarlo de vuelta, regresando a la Torre.

La Tower of London, mandada construir por Guillermo el conquistador en el siglo XI como fortaleza defensiva, reformada y ampliada en sucesivas ocasiones, ha tenido diferentes usos a lo largo de la historia, albergando en la actualidad las joyas de la corona y declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. El edificio tiene el aspecto de castillo, rodeado por un enorme foso y murallas.

No nos planteamos entrar, no sólo por las colas o el precio, sino porque no nos motiva lo suficiente para “perder” tiempo allí. Hay mucho que ver y disfrutar callejeando. Nos limitamos a terminar de rodearlo para ver la construcción, los famosos guardas ceremoniales (beefeaters) con su uniforme característico y los cuervos negros que habitan en sus jardines, tan tradicionales como el propio lugar.

Al pasar la entrada principal, justo detrás del Wharfinger Cottage, nos sentamos a descansar y tomar un tentempié. En la enorme explanada verde de lo que sería el foso, han colocado una hilera de sillas y está teniendo lugar un concurso de bandas militares que escuchamos desde el lugar en el que nos hemos acomodado.

El siguiente punto en nuestro recorrido será el Leadenhall Market, unos de los mercados más viejos de la ciudad, situado en una galería cubierta de estilo victoriano de gran belleza, en plena City. Aparece como un recuerdo del pasado, anclado entre altos rascacielos.

Aunque el edificio merece la pena en sí mismo, sin duda, uno de los motivos que más atrae a los turistas a visitarlo es que en él se grabó una de las escenas de las famosas películas de Harry Potter, concretamente en una de sus tiendas, una óptica de fachada color azul intenso, en la que se encontraba la entrada al “Caldero Chorreante”, el pub de los magos. Justo en ese callejón encontramos a un grupo escuchando a un guía que está explicando la historia en Castellano.

La galería en este momento está casi desierta, las tiendas cerradas y los locales de restauración tienen poca vida, pero esto no resta belleza a los edificios. Suponemos que el ambiente aumentará al caer la tarde.

Nos dirigimos ahora a la Catedral, pero al pasar por delante de una tienda de TK Maxx los jóvenes nos piden entrar un momento. Ginés les ha informado que esta cadena suele tener ropa de marca con descuento. Dan un vistazo, pero no tardan en salir con las manos vacías, dispuestos a continuar con el recorrido. Nosotros, desde la puerta, donde les estamos esperando, distinguimos en la misma calle, a lo lejos, la enorme columna «The Monument» que se erigió en recuerdo del gran incendio de Londres de 1666, conmemorando la reconstrucción de la ciudad. Hemos leído que es posible subir hasta arriba, pero las opiniones sobre el interés de las vistas son contradictorias y no nos lo planteamos.

Llegando a la altura del edificio del Banco de Inglaterra algo llama nuestra atención: las calles están vacías de tráfico, únicamente se ven bicicletas. Poco a poco vamos atando cabos. Desde esta mañana, en Google Maps me sale una línea discontinua de color rodeando una zona del centro de la ciudad y no consigo quitarla. Vamos deduciendo que esa línea delimita la zona cerrada hoy al tráfico, únicamente permitida para peatones y bicicletas. No tenemos ni idea si es algo puntual o se hace cada fin de semana, pero es un placer transitar caminando las grandes vías del centro de la ciudad. Se ven pasar grupos de gente de todas las edades con bicicletas de cualquier tipo, decoradas con banderitas, con flores… es una verdadera fiesta de la bici.

Al llegar a la catedral, estamos tentados a comprar comida para llevar, de los mil y un establecimiento de este tipo que ofrece la ciudad, y sentarnos a comer en un banco a la sombra de sus jardines. Finalmente decidimos entrar a un McDonald cercano que Ginés ha localizado, para descansar más cómodamente y disfrutar del aire acondicionado.  Aunque no hace un calor insoportable, se agradece.

Rodeamos pues el edificio de la Catedral de St Paul, casi sin conseguir verla hasta que nos alejamos un poco por la Fleet Street, debido a su enorme tamaño. Llama la atención su gran cúpula. La entrada es de pago, pero nosotros no la visitamos. De las iglesias nos atrae especialmente la visión general de la nave central y del altar mayor, no tanto los museos, sacristías etc… por eso no nos parece interesante pagar la entrada. Además, el hambre comienza a hacer mella y queremos llegar cuanto antes a ese Mc Donald, cuyo característico cartel ya podemos ver desde aquí. La escalinata principal delante de la catedral trae a mi memoria recuerdos de la escena de la Película Mary Poppins en la que una anciana da de comer aquí a las palomas.

Terminada la comida, y algo congelados por la baja temperatura del local (se les ha ido la mano con el aire acondicionado), reemprendemos el paseo por la ciudad. Hacemos diversas fotos a lo largo de la avenida con la Catedral al fondo, ante el edificio de los Reales Tribunales de Justicia, en Hardys Sweet Shop (conocida tienda de chucherías)… Es una gozada poder pararse en medio de la calle a hacer fotos tranquilamente.

Nos encaminamos ahora hacia el British Museum, uno de los museos más importantes y visitados del mundo. Un escaparate a las grandes civilizaciones llevado a la ciudad de Londres, cuya entrada es gratuita. Javier y yo, tuvimos ocasión de visitarlo hace años y nos impresionó mucho, por eso está entre los lugares elegidos para visitar en este viaje, este y el de Historia Natural, al que iremos mañana. Así lo planificamos en casa, antes de venir, uno para cada día en las horas de sobremesa, dando por sentado que en los museos se estará más fresco en las horas de mayor calor. Pero nuestro supuesto resulta ser un error monumental porque en el museo no hay aire acondicionado (o no resulta suficiente) y hace un calor increíble. Más que en la calle. Y todavía será peor mañana en el Museo de Historia Natural.

Traíamos de casa una selección de los objetos a visitar en el museo, conscientes de no poder dedicarle mucho tiempo. Al llegar descubrimos que también en el plano que te proporcionan en la entrada están marcados los objetos destacados. Como vemos que en su mayoría coinciden, decidimos dejarnos aconsejar e ir directamente a estas salas.

Por supuesto, comenzamos por la piedra Rosetta, objeto imprescindible en mi opinión. Siempre me ha resultado muy interesante que esta antigua estela egipcia facilitara la clave para descifrar los jeroglíficos, al contener un mismo texto escrito de tres maneras diferentes: en jeroglíficos egipcios, en escritura demótica y en griego antiguo.

Guardaba muy buenos recuerdos de la sala griega, pero una de las que más me ha impresionado en esta visita ha sido la que contiene los paneles de bajorrelieves de las paredes de las salas de los palacios asirios. Son impresionantes, representando con todo detalle escenas de guerra, de cacerías o de la vida de palacio.

La segunda en interés ha sido la sala dedicada al Gran Santuario budista de Amaravati. 

Muchas otras cosas llaman nuestra atención y pasamos rápidamente de una sala a otra hasta que nos echan porque se acerca la hora del cierre. Realmente, a pesar de la espectacularidad del museo y el interés de los objetos allí expuestos, casi agradecemos salir de nuevo a la calle.

 

Esta vez nos dirigimos directamente al metro para trasladarnos al mercado de Portobello, uno de los más famosos de Londres. Ya es algo tarde y están a punto de cerrar, pero queremos intentarlo. Vamos caminando hasta la estación Tottenham Court Road para trasladarnos, tras un transbordo, a Ladbroke Grove.

En cuanto nos acercamos a la zona del mercado callejero, que se celebra hoy sábado, vemos que ya están recogiendo los puestos. No nos importa en exceso porque realmente queremos ver el barrio en sí y no disponemos de más días. Ya en la calle Portobello comenzamos a recorrerla de norte a sur, disfrutando del ambiente y sacando alguna que otra foto.

Paramos a tomar algo en una coqueta heladería, pequeña, pero con muy buen aspecto y una graciosa decoración a base de cucuruchos de fieltro y pompones de lana. Después continuamos con el recorrido. Ginés y Javi encuentran un balón perdido y no dudan en dar unos toques antes de seguir avanzando entre risas y bromas. En algunas calles que cruzan perpendicularmente esta conocida vía, vemos las tradicionales casas de colores pastel con escaleras de acceso, todas iguales, que siempre asociamos a este barrio de Notting Hill. También paramos en ellas para hacer fotos.

Y así poco a poco vamos llegando al final de la larga calle.  Ya en Pembridge Road vemos unos imanes que nos gustan, en una pequeña tienda de recuerdos, y paramos a comprar alguno. Después nos adentramos en Kensington Gardens, antiguos jardines privados del palacio que actualmente son uno de los grandes parques de la ciudad, unidos a Hyde Park. Vamos caminando hacia el lago y, poco antes de llegar, unas ardillas llaman nuestra atención. Bego se dedica a darles de comer mientras Javi lo graba en vídeo.

Cuando estamos junto al agua, nos damos cuenta de que va siendo necesario regresar porque está a punto de atardecer. Queríamos llegar hasta el otro lado del parque, pero decidimos encaminarnos directamente a la estación de metro más cercana, por ello, pasando junto a la pequeña estatua de Peter Pan y los jardines italianos del parque, nos dirigimos a la estación Lancaster Gate. En algún momento del paseo Carlos nos explica el significado en las estatuas ecuestres de que el caballo tenga una pata en alto, las dos o ninguna. Esto dará pie a que le demos la lata con cada nueva estatua y hemos descubierto que hay unas cuantas en la ciudad.

Ya en la calle, vemos el hotel en el que nos alojamos hace muchos años Javier y yo y nos hace ilusión descubrir que sigue ahí.

Llegamos tarde a casa y todavía nos toca hacer la cena y pasar por el turno de duchas. Hoy somos 7 porque hemos convencido a Ginés para que se quede con nosotros y pase de nuevo mañana el día en Londres en nuestra compañía, en lugar de regresar a su casa en Cambridge. Acercamos la mesa al sofá para tener un asiento más, ya que sólo hay 6 sillas, y nos acomodamos todos con buen humor.  Javi le cede su puesto en el sofá-cama y él se coloca sobre varios nórdicos (que no usamos) en el suelo, sobre una mullida alfombra. El pijama se improvisa con un pantalón cómodo de deporte y una camiseta que le dejamos (En realidad primero le ofrecí mi pijama con dibujos de “El libro de la Selva”, brillos incluidos, lo que provocó la risa de todos, mientras él, impasible, lo aceptaba como bueno).

Llegando la medianoche Javier recuerda que no hemos llamado para pagar el puente que ayer cruzamos al salir del aeropuerto y el plazo de pago es hasta las 12 de la noche del día siguiente, es decir, ¡ya! Llega tarde ¡¡ El plazo ha terminado hace tan sólo unos minutos!! Se mete en la página web y comienza a informarse para ver qué podemos hacer. La multa por impago es de 40 libras (cuando el importe del peaje es de 2 libras), pero si se paga en el plazo de los 14 días posteriores te cobran la mitad, 20 libras. Nuestro problema es que la notificación de impago, necesaria para efectuar el pago reducido no nos llegará a nosotros sino a la empresa de alquiler y nosotros queremos solucionarlo personalmente al temer el coste que nos puede aplicar la empresa. Hoy ya no son horas, pero mañana llamaremos por teléfono a ver si conseguimos pagarlo ya. 

Pese a la contrariedad que nos ha supuesto descubrir este despiste, pronto estamos todos descansando de la agotadora jornada. El reloj de Javier nos indica que hemos caminado 18 km.

 

DÍA 3- DOMINGO 4 AGOSTO: LONDRES

De nuevo en pie, tras desayunar y preparar las mochilas, salimos a coger el metro, esta vez rumbo a St. James’s Park Station.  El trayecto es un poco más largo que ayer, pero al haber subido tan alejados del centro, vamos cómodamente sentados. Además, el tiempo pasa rápido entre bromas y tonterías de unos y otros.

Al llegar nos dirigimos a los jardines de St. James’s Park, que vamos atravesando para llegar al Palacio de Buckingham. Hoy el cambio de guardia será a las 11 y hemos pensado intentar verlo ya que estamos aquí, porque hace años nos gustó la música de gaitas que acompañaba el desfile y nos resultó curioso. Vamos algo justos de tiempo, por eso pasamos de largo ante un puesto de café cuyo aroma nos atrae como un imán. Vemos mucha gente que camina en sentido contrario y empezamos a dudar si habrá terminado.

La verdad es que acceder a la puerta del palacio es casi imposible porque la calle está vallada en ambas aceras y solo hay un pequeño paso habilitado para peatones en el que la gente se acumula y camina a ritmo de tortuga. Todo el montaje y los carteles parecen indicar que allí está ubicada la meta de algún tipo de carrera. Al principio pensamos que simplemente habían restringido el tráfico para abrirlo a las bicis, como pasó ayer en la City, pero poco a poco, a lo largo de la mañana, descubrimos que lo de hoy es más bien una especie de carrera de bicicletas y que cruzar el recorrido por el que pasa es casi imposible. Esto nos causara bastantes inconvenientes.

De momento conseguimos llegar hasta la decorada verja que rodea la entrada principal del Palacio, en la que hay apostada mucha gente. A través de los barrotes vemos a los guardias, pero ni rastro de movimiento, cambio de guardia o desfile. Hacemos algunas fotos, con dificultad por el gentío, y nos marchamos de allí sin llegar a saber si el cambio de guardia hoy se ha cancelado por la carrera de bicicletas o simplemente ha terminado.

Llegar de nuevo al puesto de café que habíamos pasado de largo es una verdadera peripecia, porque el paso de peatones habilitado es escaso y parece haber más gente que antes. Finalmente conseguimos nuestros cafés e incluso una mesita libre para tomarlo allí mismo, en el parque. Lo que no podemos usar son los aseos, al parecer son sólo para niños. Suponemos que es porque estamos al lado de una zona de columpios, pero nos resulta muy curiosa esta limitación por edad.

Ya con más tranquilidad, tras los cafés, vamos paseando a través de los jardines hacia la abadía de Westminster, cruzando de nuevo, por uno de los pasos habilitados, la trayectoria de la carrera.

Al llegar a la plaza del Santuario nos llama la atención la elegancia de los edificios. No sólo la fachada de la abadía, también la Fiscalía General de la Nación, justo al lado, que tiene aspecto de palacio.

Nos paramos en la esquina para hacer unas fotos y Bego cruza hasta una isleta en el centro de la avenida, buscando un mejor plano. En este momento pasa un coche justo a mí lado que gira hacia esa calle a toda velocidad, derrapando, y dándonos un susto de muerte, por un momento nos vienen a la cabeza todos los atentados por atropello de los últimos años.

La abadía de Westminster es el lugar de coronación de todos los monarcas ingleses desde Guillermo el Conquistador, utilizando un trono de coronación medieval del siglo XI que aún se conserva. Se visita previo pago, pero no está en nuestros planes. Nos limitamos a hacer fotos del exterior y continuamos hace el Big Ben que hoy luce completamente andamiado, con tan sólo un pequeño espacio abierto para dejar ver uno de sus cuatro relojes. Esta torre, emblema de la ciudad, recibe su nombre de una de las grandes campanas que alberga y forma parte del Palacio de Westminster, en el que están las dos cámaras del Parlamento del Reino Unido.

Y aquí surge un problema: hay que cruzar de nuevo el circuito bicis y ahora hay mucha más gente que ha formado una enorme cola para cruzar, ya que la organización únicamente lo permite en grupos pequeños de modo intermitente. Intentando buscar un paso menos transitado seguimos por la calle, en paralelo a la carrera, buscando alguna oportunidad. La encontramos, pero sólo es un poco mejor y nos lleva un buen rato llegar al otro lado. La verdad es que llegados a este punto comenzamos a sentir que hoy el día no está saliendo muy bien.

Para colmo, una vez en el puente Westminster, ya resignados a no hacernos la foto típica con el Big Ben, pero disfrutando de las vistas del Támesis y de la enorme noria del London Eye, comienza a llover complicando las fotos. Aun así, lo cruzamos por un lateral y regresamos por el otro para no perdernos nada.

Pronto para de llover y nuestro recorrido continúa por la Parliament Street hacia Trafalgar Square. Al menos hemos dejado atrás las calles valladas y disfrutamos de esta avenida que hoy es peatonal. Agradecemos alejarnos del gentío y caminar tranquilamente.

Lo primero que llama nuestra atención es el monumento dedicado a las mujeres de la II Guerra Mundial. Nunca habíamos oído hablar de él y nos resulta una grata sorpresa. Se colocó en el año 2005 para homenajear a todas las damas que participaron en la guerra. Sobre el enorme bloque de bronce cuelgan distintos uniformes, recordando las diversas tareas que llevaron a cabo durante la Gran Guerra. A pesar de estar rodeado de los coches de la policía que cortan la calle, conseguimos hacerle alguna foto en condiciones.

Poco después estamos ante la famosa Downing Street en la que se puede apreciar, en el número 10, la entrada a la casa del Primer ministro, que tantas veces ha salido en la tele. Justo después está Horse Guards, un cuartel en cuya puerta hacen guardia, inmóviles, los jinetes de la Casa Real. Pese a los carteles que advierten para no tocar a los caballos, constantemente aparecen turistas que los acarician, los tocan, posan pegados a ellos… Uff ¡Qué cansinos!

Poco a poco nos acercamos a la conocida plaza Trafalgar, presidida por la Nacional Galery, que no forma parte de nuestro itinerario en este viaje. Lo que si comenzamos a buscar es un lugar para comer y, como siempre nos acordamos cuando ya estamos famélicos, en cuanto vemos un cartel del Mc Donald (o para ser más precisos, Ginés lo ve) no nos lo pensamos ni un poco. Hay demasiado hambre para andar buscando otro lugar. Una vez más, pasamos frío dentro y terminamos por desear salir pronto a la calle.

Es la hora de sobremesa y toca museo, hoy el de Historia Natural y, para adelantar decidimos ir directamente en metro. Nos encaminamos a la Embankment Station para desplazarnos a South Kensington, muy cerca de la entrada al museo. Descubrimos que, en estos trayectos cortos, en pleno centro de la ciudad, nos descuentan mayor importe de la tarjeta Oyster que de trasladarnos hasta nuestra casa, que es un tramo mucho más largo. Al menos proporcionalmente. Para el próximo desplazamiento tendremos que recargar.

El edificio en el que se encuentra el museo ya es en sí impresionante, no sólo el exterior sino la primera visión de la galería central con el enorme esqueleto de ballena azul colgando desde el techo. También hoy recorremos las salas elegidas previamente, sin detenernos en cada detalle. El calor en algunas de ellas es insoportable.

Además de la sala de dinosaurios, que resulta muy curiosa, una de las cosas más interesantes que visitamos es la exposición temporal “Museo de la luna” Un modelo de seis metros de la superficie lunar, con imágenes detalladas de la NASA, está prendido del techo en una sala con luz lunar ambiental y suelo enmoquetado en el que la gente se sienta o se tumba para disfrutar de la experiencia (y para descansar fresquitos ya que es la única sala en la que el aire acondicionado se nota). Esta exposición conmemora el cincuentenario del alunizaje del Apolo 11.

Ya en la calle, decidimos ir caminando hasta los almacenes Harrods, que ayer no llegamos a visitar. El trayecto caminando nos ofrece la oportunidad de callejear por este elegante y tranquilo barrio, por rincones poco transitados en los que nos mete el Google Maps. Nuestra intención era visitar la tienda de souvenirs de estos famosos almacenes, pero tardamos un poco en localizarla y recorremos diversas secciones de gran elegancia, en las que desentonamos bastante con las pintas de turistas cansados que llevamos. Cumplido el objetivo: comprar unas carteritas para regalar, nos dirigimos de nuevo al metro.

Es un trayecto corto, pero no nos queda tiempo que perder. Vamos desde Knightsbridge a Piccadilly Circus.

Al salir, los enormes carteles luminosos que dominan esta conocidísima plaza de ambiente cosmopolita, acaparan nuestra atención. Es una imagen muy popular de Londres.

Tras alguna foto para inmortalizar el momento, emprendemos la marcha por la transitada Shaftesbury Avenue, en plena zona de teatros, girando por Wardour Street hacia Chinatown. No nos detenemos en exceso, pero si recorremos las calles y vemos las famosas puertas orientales en el barrio.

En la entrada a Leicester Square, encontramos dos de las tiendas más turísticas de la ciudad, Lego y m&m’s. La primera está cerrada y aparentemente están haciendo reformas en el interior, pero si conseguimos entrar en la segunda. Bueno, excepto Javier, que prefiere quedarse fuera sentado en un banco. Pasamos un rato entretenido en esta colorida tienda, mirando todos los productos, degustando algunos y haciendo divertidas fotos. No podemos comprar porque las cajas tienen largas colas para pagar y además parece que están cerrándolas.

El paseo continúa hasta Covent Garden sin nada destacado que contar y termina en la James Street. No llegamos a entrar al mercado que da nombre al barrio. Estamos muy cansados, quizá porque la larga jornada de ayer comienza a sumarse a la de hoy. Sentados en unos escalones, descansamos disfrutando del animado ambiente de la calle, tomamos un tentempié y compramos algún recuerdo en una pequeña tienda turística. Después cogemos de nuevo el metro hasta King’s Cross, estación de la que parte Ginés para volver a Cambridge y a la que hemos decidido acompañarle. No sólo porque nos encanta su compañía, también porque nos ha contado que en ella se rodó la escena del andén en la película de Harry Potter.

La verdad es que el rodaje se efectuó en la parte antigua de la estación de St Pancras, pero en la zona nueva de King’s Cross está la tienda de Harry Potter y un montaje-estudio, con el carro traspasando el andén, para que la gente se haga fotos. Hay enormes colas y no deja de ser un negocio, ya que hay un fotógrafo e imagino que comprar la foto será obligatorio y no muy barato. Simplemente es curioso. Para hacerse la foto hay preparadas unas bufandas iguales a las que llevan los protagonistas en la película que la gente puede ponerse, y pasamos un rato entretenidos viendo como un auxiliar del fotógrafo se dedica a lanzar la bufanda al aire para que en la foto aparezca «volando».

El edificio nuevo de la estación es impresionante por su tamaño y la espectacularidad de la construcción. Mientras esperamos que llegue la hora de salida del tren, disfrutamos de sus instalaciones, unos cotilleamos en la tienda de Harry Potter y otros nos sentamos a descansar un poco. Ginés aprovecha un momento en el que se aleja a buscar información, para traer snacks variados para todos. Entre ellos unas Reese’s que triunfan entre los jóvenes y volveremos a comprar en días posteriores.

Aunque no lo deseábamos, llega el momento de la despedida y los abrazos. Echaremos de menos a Ginés el resto del viaje, pero agradecemos los dos estupendos días que hemos pasado en su compañía. Hubiéramos querido que continuara la ruta con nosotros, pero en unos días vendrán a visitarlo sus primos y debe recibirlos.

Cuando se marcha, salimos a la estación de metro que está justo al lado, y regresamos a casa, con un trasbordo equivocado incluido.  Cambiamos tres veces de tren y en los tres cambios nos acompaña una chica que anda pidiendo en los vagones. Al final se acerca a nosotros, en la última estación, a ver si andamos perdidos ¡Qué amable! Al llegar a nuestro barrio, como cada noche, aun pasamos por el Tesco a comprar provisiones de última hora.

Llegamos a casa tarde y cansados, pero toca hacer maletas. Menos mal que son pequeñas y no hemos sacado demasiado.

Javier aprovecha para llamar a la empresa que gestiona el pago del puente de Liverpool que todavía debemos y sale a decirnos que no sólo ha pagado ya, por adelantado, el importe del día que volvemos, también ha conseguido que le cobren el pago atrasado sin recargo. Total, que con solo 4 libras ha quedado solucionado el tema del puente para todo el viaje.

Tras la cena, nos ponemos a planear un cambio para la jornada de mañana. Pensábamos ir a Oxford, pero nos ha faltado por ver aquí el mercado de Camden y no queremos marcharnos sin visitarlo. Nos parece muy interesante.

Rehacemos la ruta de los próximos días para poder ver Oxford en otro momento y buscamos un aparcamiento en el propio Camden, para ir hasta allí con el coche cargado de maletas y no tener que retroceder otra vez hasta la casa. El mercado está justo en la dirección hacia la que hemos de encaminarnos para llegar a nuestro siguiente alojamiento en Swindon.

Con todo planeado, damos por terminada la jornada, aunque todavía, como cada noche, descargo las fotos y las comparto con todos. Desde el dormitorio escucho las risas de los jóvenes que están viéndolas en el salón, comentando las caras y poses de unos y otros. A punto estoy de levantarme de nuevo para ir a reírme con ellos.

 

DÍA 4- LUNES 5 AGOSTO: CAMDEN-SWINDON (176Km)

Recoger y trasladarse de una casa a otra con gente joven no es muy complicado, la verdad. En un momento tenemos el piso vacío y el coche cargado; y salimos dispuestos a iniciar el día. Y para dejar el apartamento únicamente hemos de dejar las llaves dentro y cerrar la puerta, según las indicaciones del propietario.

Nos dirigimos a Camden con un poco de incertidumbre por llegar al barrio en coche y tener que aparcar. Según nos vamos acercando, cada vez que veo un hueco, me planteo si merecerá la pena aparcar ya y seguir caminando. Pero realmente tenemos localizado un parking y nos parece más seguro estando el coche lleno de maletas. Seguimos pues con el objetivo marcado inicialmente, el Lomax Carpark. Como curiosidad, comentar que en el trayecto pasamos muy cerca de los estadios del Tottenham y del Arsenal.

Llegando a Camden, las calles van teniendo más aspecto de barrio. Confiamos en que el Google Maps no nos meta de lleno en el mercado con el enorme coche que llevamos. Al final resulta mucho más sencillo de lo esperado y pronto estamos aparcados y caminando hacia este emblemático lugar. Pasamos por la puerta de la estación de metro Camden Town y aprovechamos para anular nuestras tarjetas Oyster, que ya no nos harán falta. Llegamos sin tener muy claro si se podrá hacer aquí, pero descubrimos que es muy sencillo y que se puede realizar en la misma máquina en la que se compran y recargan las tarjetas, en cualquier estación. La única pega es que hay que anularlas de una en una y la máquina te devuelve el saldo en efectivo. Somos seis y la señora que está tras nosotros en la cola, algo impertinente, no para de quejarse en voz alta de que tardamos mucho.

Con la tranquilidad de haber cerrado este capítulo, nos disponemos a continuar. Las tarjetas quedan inservibles y se plantean dos opciones: tirarlas o guardarlas como recuerdo. Cada cual decide.

Avanzando por Camden High Street pronto comenzamos a ver los característicos establecimientos con extravagantes decoraciones en las fachadas, que hacen tan famoso a este barrio. A ambos lados de la calle se amontonan los productos que, a modo de mercadillo, en la planta baja de estos edificios, se ofrecen a los turistas. Nosotros no planeamos comprar nada y pasamos simplemente disfrutando del ambiente y haciendo fotos.

Al llegar al Regent’s canal, vemos cómo los barcos que circulan por él han de pasar por unas exclusas. El proceso despierta mucho interés entre los turistas y visitantes que se agrupan alrededor para verlo. Nosotros continuamos y, justo al pasar el puente, a la izquierda, entramos en el edificio del Camden Lock Market, completamente lleno de tiendas en las que predominan los objetos de artesanía.

Javi, ensimismado en la variedad de colores y productos, va grabando con su cámara algunas secuencias para el vídeo del viaje hasta que una de las propietarias de un puesto se enfada y le grita de todo. Imagino que teme que alguien vea y copie los productos artesanales que vende. A él le pilla desprevenido y se le quitan las ganas de seguir grabando. De ahí la ausencia de imágenes de este mercado.  

El edificio, de dos plantas, con una decorada galería de metal, recuerda a un elegante mercado victoriano. Desde el primer piso se llega a una escalera hasta un pequeño embarcadero, junto al canal, rodeado de terrazas de bares y restaurantes repletas de gente y con un «ambientazo» increíble.

En alguna parte he leído que, antiguamente, esta era una zona industrial en la que abundaban las destilerías, bien comunicada gracias al canal y a la proximidad de la estación de tren King’s Cross. El transporte hasta allí, en carros de caballos, justifica el nombre del siguiente mercado The Stables Market, cuyos edificios no sólo eran establos, sino también un hospital para estos animales.

Pasamos de un mercado al otro muy fácilmente, ya que están prácticamente unidos, y nos encontramos con una sucesión de callejones y pasajes de rústico ladrillo, evocando quizá sus orígenes, completamente llenos de tiendas y restaurantes de todo tipo. Llama la atención, por el contraste, la decoración de la tienda Cyberdog, con una enorme figura metálica en la puerta y un interior lleno de objetos retrofuturistas. El ambiente en todo el mercado es increíble y, tras deambular un rato por los rincones, nos dedicamos a buscar un sitio para comer.

Elegimos un restaurante vegano, que dispone de terraza sombreada para todos, para tomar unas hamburguesas diferentes. Elegimos de dos tipos. Unos acertamos y los otros todavía están bebiendo agua para «apagar el fuego». Lleva una salsa muy picante, pero no se dejan ni un trocito. Así que, el siguiente paso será trasladarse a una cafetería para terminar con un capuchino algo más dulce.

Con este ratito de café y sobremesa tranquila, damos por terminada la visita e iniciamos el regreso, retrocediendo sobre nuestros pasos a ritmo pausado para seguir saboreando el ambiente un poco más.

Una vez en el coche, salimos rodeando Regent’s Park, hasta Baker Street. La casualidad hace que, entrando en la calle, caigamos en la cuenta de que el nombre nos suena por la película de The Sherlock Holmes. Nuestros pasajeros parecen “volver a la vida” al escuchar el nombre y aun acertamos a ver la puerta del edificio del museo de este conocido detective de ficción. Una pequeña cola espera en la acera para poder entrar. Nos resulta gracioso haber pasado por aquí porque ha sido casualidad y era uno de los sitios que se “quedaban en el tintero”.

Pronto estamos saliendo de la ciudad, con ligeras retenciones, y el tramo de autopista hasta Swindon transcurre sin mayor dificultad. Al llegar, descubrimos que nuestra casa está en el centro, cerca de un gran Coop, pero es una población muy tranquila. El bloque de viviendas en el que está ubicada dispone de un patio privado para aparcar con una barrera de acceso cuyo código recibimos ayer por e-mail. También las llaves de nuestro apartamento, en el primer piso, están en una cajita de seguridad con código de apertura.

Al entrar nos encontrarnos un espacioso salón con cocina, luminoso y moderno. Hay un dormitorio en esta planta y otro en un nivel superior al que se accede por una escalera desde el salón. Es bastante más agradable que el de Londres, a excepción del sofá cama que es más incómodo, pero lo solucionamos bajando el colchón al suelo. Hay sitio de sobra.

Nos instalamos, esta vez con armarios y estantes adecuados, y nos vamos en coche a un gran Tesco que hemos localizado con Google Maps en las afueras. Hoy tenemos que hacer la compra para los próximos tres días y está vez lo hacemos a lo grande porque ya tenemos cocina con extractor y buena nevera. El Coop será para el pan de cada mañana y alguna carencia puntual.

Pronto estamos todos en el coche, porque hacer la compra en el Tesco nos encanta, y nos ponemos en marcha. En las afueras de la ciudad, ya llegando al supermercado, descubrimos una de las cosas más raras que hemos visto en las carreteras de este país, una “rotonda mágica” o, como dice el Google Maps, The Magic Roundabout ¡Increíble! No teníamos bastante con circular al revés, que esta rotonda tiene una pequeña subrotonda en cada una de las incorporaciones. La pasamos dos o tres veces durante nuestra estancia aquí y, cada vez que debemos hacerlo, me entra cierto ataque de ansiedad ¡¡si es que nos faltan ojos!! La marca de cada rotonda en el suelo no es más que un círculo pintado que a veces tapan los propios coches y es difícil de localizar. Hay que estar muy atentos.

Después, en casa, nos reiremos escenificando tomar una rotonda en sentido contrario cada vez que rodeamos la alfombra circular del salón para ir a por cualquier cosa a la cocina.

Tras la compra, toca hacer la cena y descansar.

 

DÍA 5- MARTES 6 AGOSTO: OXFORD – STRATFORD-UPON-AVON– MORETON-IN-MARSH (224Km)

Hoy nos toca pasar de nuevo por la Magic Roundabout para dirigirnos a la ciudad de Oxford, nuestro primer destino. Antes de iniciar el viaje, en casa, estuvimos informándonos sobre las opciones para aparcar en esta ciudad y elegimos el parking Westgate, perteneciente al centro comercial con el que comparte nombre y que está muy bien ubicado, desechando los P+R. Introducimos pues la dirección en el navegador y vamos directos.

Pronto estamos aparcados y cruzando el todavía solitario centro comercial para salir a la calle y encaminarnos a la primera visita prevista: El Christ Church College y su catedral. Es el College universitario más antiguo y de los más bellos de la ciudad. Pero nosotros lo hemos elegido especialmente por su comedor, en el que está inspirado el de Hogwarts en las películas de Harry Potter. Por ello hemos de darnos prisa ya que a las 12 lo cierran al público para que puedan comer en él los actuales alumnos.

Una vez en la calle St. Aldate’s, que bordea esta universidad, seguimos las indicaciones hasta la puerta de acceso para visitantes, ubicada en los jardines. Nos adentramos por Broad Walk y pronto estamos ante uno de esos imponentes edificios de piedra dorada que abundan en esta ciudad, rodeado de cuidados jardines. Una pequeña cola de visitantes aguarda frente a la puerta de acceso y no tardamos en unirnos a ella, pero avanza rápido. Como en casi todos los lugares que visitaremos en este viaje, las entradas tienen reducción para los estudiantes.

En cuanto pasamos, vamos siguiendo el pequeño plano que nos han dado en taquilla para encaminarnos directamente al comedor. El acceso hasta este se realiza por la Gran Escalera, una elegante escalera de piedra, que aparece en la película Harry Potter y la Piedra Filosofal. En ella eran recibidos los alumnos de Hogwarts. Hacer fotos aquí nos resulta complicado por la luz, pero mucho más por la gran afluencia de gente y grupos guiados que se detienen en ella.

La primera visión del comedor, el Great Hall, nos traslada totalmente al cine y nos sorprende que todavía puedan comer aquí los estudiantes. Por bonito que sea, nos parece una lúgubre estancia para un joven de hoy en día. Cuando estamos terminando de darle la vuelta a la sala, nos damos cuenta que han cerrado ya el acceso a los turistas y, dos señores puestos de traje, sobrero y guantes, al más puro estilo inglés, están sacando las sillas, preparándolas para que los estudiantes tomen asiento. Nos resulta irreal y rocambolesco. Vamos terminando la visita y, como cada vez hay menos gente, es más fácil hacer alguna foto.

De nuevo por la escalinata nos dirigimos al patio principal, Tom Quad, uno de los patios más espaciosos de Oxford al que se accede por la puerta principal del College, situada bajo la Tom Tower. Es un enorme cuadrado cubierto de césped, con una fuente en el centro, rodeado por los edificios universitarios a modo de claustro. De nuevo elegantes señores con traje y sombrero cuidan de que los visitantes no nos salgamos del camino trazado.

La siguiente parada es la catedral, antigua capilla románica, consagrada en el siglo XVI, que forma parte de los edificios de este College, como capilla universitaria. Llaman nuestra atención el órgano y el coro, en cuya sillería están dispuestos los libros como si de un momento a otro fueran a entrar los estudiantes a realizar alguna celebración.

Terminada la visita salimos al exterior por Merton Street, una calle sin ningún atractivo especial hasta que llegamos a la entrada principal de este College. Ante la verja que da acceso, hay un grupo de turistas escuchando las explicaciones de un guía, en español. Mientras miramos y sacamos alguna foto, acertamos a escuchar algunos comentarios que nos hacen mucha gracia. Unos por peculiares, como el que los estudiantes tengan que llevarse el birrete a los exámenes y tenerlo sobre la mesa sin ponérselo (porque esto está reservado al día de su graduación) y otros más absurdos por su obviedad, como que los exámenes los corrigen dos profesores diferentes y la nota es la media de ambas calificaciones. Entre comentarios y risas continuamos por esta calle para salir a High Street, algo más animada.

Al llegar a esta avenida, en lugar de dirigirnos al centro, nos alejamos un poco más para ver el edificio del Magdalen College. Justo enfrente está la entrada al Jardín Botánico, que pasamos de largo al ver que el acceso es de pago, llegando hasta el canal Cherwell, rodeado de una zona verde preciosa y surcado por tradicionales embarcaciones de recreo, similares a góndolas. Este habría sido un sitio estupendo para comer a la sombra y descansar un rato, pero los bocadillos están en el coche.

Regresamos sobre nuestros pasos, recorriendo High Street en sentido contrario hasta Catte Street y nos dirigirnos a la plaza Radcliffe, en cuyo centro destaca el edificio de la Cámara Radcliffe, inconfundible por su forma circular y la enorme cúpula que lo cubre. Es una antigua biblioteca universitaria convertida hoy en día en sala de lectura.

Unas cuantas fotos después, avanzamos bordeando a la fachada del Hertford College hasta llegar a su emblemático “puente de los suspiros”. Sin duda uno de los rincones más fotografiados de Oxford, también por nosotros.

Llegado a este punto se va acercando la hora de comer y, pasando ante la biblioteca Bodleiana, una de las bibliotecas más antiguas de Europa, y del teatro Sheldonian, sin detenernos, alcanzamos la plaza que dominan las fachadas del Trinity y el Balliol College y desde allí iniciamos el regreso hacia el coche por la animadísima Cornmarket Street, llena de comercios, restaurantes… y vida.

En Bonn Square, una sombreada plazoleta justo en la puerta del centro comercial en el que tenemos aparcado el coche, vemos grupos de gente de todas las edades sentados, charlando o tomando algo de los muchos establecimientos de comida para llevar de la zona. Decidimos ir a por los bocadillos y comer aquí mismo, así podremos tomar el café en alguna de las cercanas cafeterías. Así lo hacemos y, tras un poco de sobremesa, nos vamos encaminando al coche para poner rumbo a Stratford-upon-Avon.

Antes de llegar al coche tenemos ocasión de ver a unos perros comiendo cada uno un cucurucho que su ama les ha comprado en un carrito de helado callejero. Nos llama la atención que den algo tan dulce a los perros, por las muchas contraindicaciones que tiene el azúcar en estas mascotas. Días después veremos en una heladería un cartel que anuncia helado para perros, suponemos que ese si será sin azúcar, pero este, en un pequeño puesto ambulante, lo dudamos un poco, la verdad.

Cuando llegamos a Stratford-upon-Avon, vamos directos al Bridgeway Multi Storey Car Park, pero nos pasamos la entrada y tenemos que dar una vuelta entera a la manzana para regresar de nuevo al parking. Ya es media tarde y hay bastantes plazas disponibles. Antes de dirigirnos al centro de la ciudad, hacemos uso de los aseos, con tan mala suerte que mi teléfono móvil va a parar al inodoro, terminando así su vida útil y dejándome sin él el resto del viaje. Mis acompañantes se lo toman con mucha ironía ya que llevo días diciendo que necesito cambiar de móvil. Insinúan entre bromas que lo he tirado a propósito. Pero en realidad, aunque estaba para cambiar, todavía lo echaré de menos en estos días. No era el mejor momento para quedarme sin él. Tendré que evitar separarme del grupo.

Nuestro recorrido se resume en un paseo por las calles más céntricas, en parte peatonales, hasta la casa natal de William Shakespeare. Esta pequeña ciudad tiene el encanto de los pueblos de Alsacia porque abundan las viviendas con entramado de madera y las decoraciones florales. Yo voy intentando cuadrar lo que veo con los recuerdos que tengo de nuestra primera visita, en un diciembre de hace muchos años. En aquella ocasión visitamos la casa-museo, hoy no. Entre otros motivos, porque está a punto de cerrar. También las tiendas poco a poco van perdiendo vida. Yo ando buscando una tienda que visité en aquella ocasión, justo al lado de la casa natal de Shakespeare, que tenía multitud de objetos medievales, pero ya no está. Visitamos otras y adquirimos algún recuerdo antes de ir deshaciendo el camino hacia el aparcamiento.

Antes de llegar, nos desviamos un poco para acercarnos a un canal del río Avon, junto a Bancroft Gardens, una gran zona verde que llega hasta el Royal Shakespeare Theatre. En esta tarde de verano hay bastante gente paseando y disfrutando al aire libre. A lo lejos podemos ver el perfil de la noria.

Esta ciudad está enteramente dedicada al famoso dramaturgo y, además de su casa natal, se pueden visitar su escuela y la casa en la que vivió de adulto, incluido su jardín. Pero, sobre todo, es una ciudad muy bonita. que sigue teniendo aspecto de aldea medieval. Nos gustó en Navidad con su ambiente y decoración invernal, y nos ha gustado también en verano.

Ya en el coche toca iniciar el regreso a Swindon, a nuestro alojamiento en estos días, pero para hacerlo, cruzaremos una región muy famosa en este país, los Cotswolds, conocida como la Toscana inglesa, por sus aldeas pintorescas y sus verdes campos. Por eso, tenemos prevista una pequeña parada en una de ellas, Moreton-in-Marsh, en el camino de regreso.

Aparcamos en la plaza del pueblo y en un momento lo hemos cruzado de punta a punta. Tiene poca vida a estas horas, suponemos que la gente estará cenando. No es tan destacado como Castle Combe, que visitaremos mañana, pero recoge fielmente el estilo de esta región, con sus homogéneas casitas de una planta, todas de piedra de ese color dorado tan característico.

Pronto estamos de nuevo en casa, terminando el día con la cena, las duchas y los preparativos para la jornada de mañana. Desde anoche tenemos compradas las entradas para visitar Stonehenge. Elegimos el día con mejor pronóstico de tiempo y una hora relativamente temprana para evitar el exceso de turistas. Nos hubiera gustado ver atardecer allí, pero el horario de verano no nos lo permite y, realmente, nos va mejor hacer la ruta comenzando por esta deseada visita. Es uno de los sitios que más ganas tenemos de conocer.

 

DÍA 6- MIÉRCOLES 7 AGOSTO: STONEHENGE – BATH– CASTLE COMBE (172Km)

Hoy dejamos atrás las autopistas y circulamos por carreteras secundarias hacia Stonehenge. Esto, aunque más lento, nos permite disfrutar mejor del paisaje. Además, no hay prisa, hemos salido con tiempo suficiente para no arriesgarnos a llegar tarde. Nuestras entradas delimitan la hora de acceso y hemos de ceñirnos a ella.

Pero, aun no hemos salido de Swindon y ya nos encontramos con una retención, aparentemente por obras. No tardamos en ver como los coches de delante comienzan a dar la vuelta, cambiando de sentido. Y nos parece un detalle de amabilidad, muy de agradecer, que uno de los coches que está regresando, pare a nuestro lado para indicarnos que la carretera va a permanecer cerrada bastante tiempo y debemos ir por otra ruta. ¡Menos mal! Si no nos avisan no sé cuánto tiempo habríamos esperado antes de girar.

Buscamos una ruta alternativa en Google Maps y descubrimos que realmente es muy fácil y no supone ningún retraso tomarla.

En el camino nos llevamos una muy grata sorpresa cuando, al llegar a Avebury, podemos ver a pie de carretera algunas de las piedras de su Círculo megalítico, considerado el mayor de toda Europa. Junto al de Stonehenge, está declarado patrimonio de la humanidad. Hemos leído que está rodeado de un foso profundo y en su interior un círculo de bloques de piedra rodea a otros dos círculos más pequeños. Pero sólo permanecen en pie una pequeña parte de las piedras ya que fueron utilizadas como material de construcción en el siglo XVI. El propio pueblo está construido dentro del círculo mayor.

No nos detenemos, pero me hace ilusión haber podido verlo, aunque sea brevemente. No lo esperaba. Intento avisar a los de atrás para que no se lo pierdan, pero algunos van escuchando música y no se enteran.

Pronto estamos en el aparcamiento de Stonehenge que todavía está casi vacío. Su importe está incluido en el precio de la entrada, así que únicamente tenemos que aparcar y dirigirnos a las taquillas. Eso sí, nos llevamos los impermeables porque el tiempo aquí es poco fiable.

Entramos sin hacer ninguna cola, mostrando en el móvil las entradas adquiridas por Internet, pero nos entregan unos tickets que serán necesarios para acceder al monumento. También un pequeño plano de todas las instalaciones.

El complejo consta de un centro de visitantes con tienda, restaurante, una sala de exposición y otra en la que se puede ver una proyección audiovisual de 360º sobre la historia de Stonehenge. En el exterior hay una reconstrucción de casas neolíticas que nos dan una idea de cómo vivía la gente de aquella época. A partir de ahí, un camino lleva hasta el emblemático Círculo de Piedra, que ni siquiera se puede ver desde aquí porque estamos a una distancia considerable. Se ofrece también la opción de ir en un autobús gratuito que parte del centro de visitantes.

Elegimos ir caminando por la ruta señalizada, entre campos verdes, prados con ovejas y balas de paja que nos ofrecen en la ida y la vuelta muchas imágenes dignas de fotografiar, especialmente por los constantes cambios de luz y del color del cielo. El recorrido está detallado en el plano que nos han entregado, catalogando los lugares por su existencia antes o después de la construcción de Stonehenge. Llaman especialmente la atención, por su tamaño, los túmulos funerarios. El camino permite también llegar hasta Woodhenge, otro monumento neolítico consistente en círculo de postes de madera, que se puede visitar gratuitamente, pero nosotros no pretendemos llegar tan lejos.

Llegando al Círculo de Piedra, el cielo hacia el norte está completamente oscuro, presagiando tormenta y dotando de una luz muy especial al paisaje. Pronto llegamos al lugar en el que paran los autobuses de turistas. Un cercado con puerta impide el acceso a quienes no llevan tickets, que debemos mostrar para poder pasar al recinto.

Alcanzamos a ver el Círculo de Piedras a lo lejos, rodeado por una considerable cantidad de gente. Esto no impide, al acercarnos, hacer montones de fotos mientras le vamos dando una vuelta completa. Vemos que una carretera pasa bastante cerca y que los coche pasan muy despacio, casi en cola. Pensamos que será inevitable pararse a mirar, lo que debe ser un fastidio para los lugareños que tengan prisa.

En algunos puntos del recorrido circular hay menos gente y se puede apreciar y saborear mejor. Es realmente impresionante y no falta un toque de misticismo al lugar. El haberlo visto en miles de fotos antes no es comparable a estar aquí viendo estas imponentes rocas y sabiendo que hace 4.500 años, entre el Neolítico y la Edad de los Metales, otras personas lo vieron y emplearon todos sus recursos para levantarlo, aunque no sepamos muy bien para qué se construyó y que uso se le dio. Esto da «mucho juego» a la imaginación.

Hemos leído que las piedras de Stonehenge están alineadas para marcar la salida y la puesta del sol durante los solsticios de invierno y verano. Según un artículo del National Geographic que leímos antes de venir “La alineación de Stonehenge con el solsticio de verano permite concluir que se debió levantar para acoger una actividad ritual o festivales estacionales relacionados con la observación del Sol y posiblemente de la Luna. Es probable que estas ceremonias representasen ideas sobre la fecundidad, la vida, la muerte y el Más Allá. Sin embargo, puesto que su construcción comprendió más de 1.500 años, su significado pudo cambiar con el paso del tiempo” Además, las 300 cabañas descubiertas en el círculo de Durrington Walls se cree que podían ser casas de peregrinos, ocupadas estacionalmente durante los solsticios, dando a entender que este fuera un lugar de “peregrinaje” en ese momento del año. No deja de ser curioso e intrigante desconocer la realidad. 

Casi hemos terminado la vuelta cuando comienza a llover con bastante intensidad. Nos ponemos los impermeables, pero pronto nos damos cuenta de que con esta lluvia no vamos a tardar ni 5 minutos en estar completamente calados, a pesar de llevarlos. Deberíamos haber cogido también los paraguas, pero el tiempo anunciado no preveía lluvias y solo Bego, por casualidad, lleva su paraguas en la mochila. Terminamos parados tras ella, apiñados, esperando a que el tiempo mejore para regresar. Nos queda un largo trayecto. El problema es que hace bastante viento y nada impide que el agua moje nuestros pantalones.

Viendo que esto no mejora, decidimos iniciar el regreso, haciendo antes una última foto desde debajo del paraguas. Todavía nos mojamos un poco más antes de que la lluvia cese completamente e incluso vaya saliendo poco a poco el sol. La verdad es que nos hemos empapado y el trayecto caminando hasta el centro de visitantes nos da la oportunidad de secarnos completamente. También de seguir disfrutando de los campos, alguna bandada de pájaros que de vez en cuando levantan el vuelo como en estampida y, sobre todo, podemos reírnos viendo como Carlos se comunica con las ovejas, demostrando sus dotes de pastor.

Al llegar, ya secos del todo, podemos visitar tranquilamente el poblado neolítico, la exposición y la proyección. Después, traemos los bocadillos del coche para comer en una de las mesitas, tomamos el café en la cafetería y terminamos la visita comprando un imán de recuerdo antes de regresar al coche y poner rumbo a Bath.

Cuando nos vamos acercando el paisaje va siendo cada vez más montañoso y arbolado, evocando claramente un lugar del que brotan manantiales. No cuesta imaginarla como la ciudad termal que es, ya desde la época romana.  Y, al estar situada en siete colinas sobre el rio Avon, los desniveles del terreno nos permiten apreciarla ya desde la carretera. Las casas, escalonadas en sus laderas, tienen idénticas fachadas de piedra color miel y tejados casi simétricos, ofreciendo una imagen que parece sacada de un cuento.

Aparcamos en Manvers Street Car Park, un gran aparcamiento junto al río, a la entrada de la ciudad y vamos caminando hacia los baños romanos con la intención de visitarlos. Bath ha sido un destino de bienestar desde la época romana y las aguas siguen siendo un gran atractivo, tanto en estos antiguos baños romanos como en el moderno Thermae Bath Spa, por cuya puerta pasamos de camino.

Al llegar a la entrada nos encontramos con una gran cola que nos hace desistir, conscientes de que con la visita se nos iría el resto de la tarde y no podríamos ver nada más hoy. Además, la entrada es algo cara y no todos estamos convencidos de querer entrar. Era más barata adquirida por Internet, pero ayer no nos atrevimos por si no nos daba tiempo a llegar antes del cierre y hoy ya no nos deja. Ha de ser tarifa completa en taquilla.

Por unanimidad, continuamos hacia la imponente abadía cuyo perfil apreciamos desde aquí. En la plazoleta aledaña músicos callejeros entretienen a turistas y paseantes. Realmente toda la ciudad goza de un grato ambiente, con multitud de tiendas y lugares para tomar algo.

Nuestro paseo nos lleva junto al río para dirigirnos al puente Pulteney. Visto desde la ribera del Avon ofrece una bella imagen con sus grandes arcos sobre el agua. Desde donde estamos se ven también en el río unas cuantas cascadas en forma de v en las que los patos se entretienen.  

Sin perder de vista esta imagen nos vamos acercando a él para cruzarlo y pasar al otro lado. Hemos leído que está inspirado en el Ponte Vecchio de Florencia y tiene, como este, tiendas a ambos lados. La primera diferencia al acercarnos es que este no es peatonal como el italiano. La segunda es que a estas horas (media tarde) las tiendas están casi cerradas y con poca vida. En Florencia el ambiente es mucho más multitudinario y turístico.

Ya en el otro lado, un pequeño parque junto al río permite obtener nuevas e interesantes vistas de esta señorial ciudad, de elegantes construcciones, que tuvo su momento de gloria en el siglo XVIII de manos de la alta burguesía que construyó las elegantes calles y edificios que todavía hoy le dan un toque sofisticado.

Entre los edificios muestra de la arquitectura georgiana de color miel que hace famosa a esta ciudad, destacan el Royal Crescent y el majestuoso Circus. Al estar algo más alejados del centro, desistimos de ir a visitarlos y nos limitamos a callejear y disfrutar de las animadas calles del centro. Después vamos regresando al coche.

Nuestra sorpresa es que en la ruta de salida de la ciudad hacia Castle Combe, debemos ascender por una de esas calles de homogéneas casas escalonadas en la pendiente de la colina que tanto llaman nuestra atención, llegando, sin haberlo previsto, a uno de esos edificios que dan fama a la ciudad, el Circus. Llamado así porque las viviendas están construidas formando un enorme círculo como si de un anfiteatro romano se tratase. Una vez más la casualidad nos ofrece en bandeja la posibilidad de ver algo más de la ciudad.

El navegador nos va llevando a la parte más alta de Bath y, sin perder de vista la imagen del centro a nuestra derecha, vamos saliendo hacia nuestro último destino de hoy.

Al llegar a Castle Combe nos encontramos inmersos en una aldea de cuento. Estamos deseando aparcar y salir a verla. Aunque hay un aparcamiento turístico, nos pasamos la entrada sin darnos cuenta y prácticamente el pueblo, ya que es muy pequeño. Vemos que en el margen de la carretera hay muchos coches aparcados y decidimos dejarlo allí mismo evitando dar la vuelta.

La plaza tiene en el centro una estructura techada, llamada Market Cross, posiblemente construida en del siglo XIV, cuando se le concedió a Castel Combe el permiso de celebrar un mercado semanal. Hemos leído que ese tipo de techados son propios de las ciudades de mercado inglesas como lugar donde la gente se reunía a vender sus productos.

Esta plaza, rodeada por las casas tradicionales de piedra de los Cotswolds, es ya encantadora. Pero sin duda lo que marca la diferencia con el resto de aldeas de la zona, como la que visitamos ayer en nuestro regreso desde Stratford-upon-Avon, es el coqueto rincón que ofrece el puente sobre el río, justo en una de las entradas al pueblo. Es una de esas imágenes que aparece en todos los folletos turísticos de la zona, pero eso no la hace menos especial. Hacemos fotos de todos nosotros, juntos, separados, en parejas… alternando con otros turistas que, por suerte, a estas horas son escasos. Después vamos regresando a la plaza, desviándonos para visitar la pequeña iglesia de St Andrew, rodeada por el cementerio.

Encantados con este broche final al día nos vamos encaminando al coche, comentando que lo único que le faltaría a este pueblo para ser de postal sería que no tuviera tráfico ni coches aparcados en las calles. Deberían hacerlo totalmente peatonal. Al fin y al cabo, no es más que una plaza y dos calles cruzadas.

Al llegar a casa nos disponemos a realizar la rutina de cada noche a la que hoy añadimos hacer las maletas. Terminamos nuestra estancia aquí. Es una sensación agridulce porque cada casa que dejamos va quedando menos viaje y, además en esta hemos estado muy cómodos, pero comienza una etapa del viaje que estamos deseando emprender: ¡Nos vamos a Gales! Mañana comenzará la segunda parte del viaje, diferente en ritmo, estilo e incluso clima. Los días de calor quedan definitivamente atrás y estamos encantados por ello.

 

DÍA 7- JUEVES 8 AGOSTO:  SWINDON – CASTELL COCH – ST. FAGANS MUSEUM– PEMBROKE (282Km)

Hoy nos despedimos de nuestro apartamento en Swindon. Una vez más, la salida resulta muy sencilla: cargar el equipaje en el coche y cerrar el apartamento, dejando la llave en la cajita de seguridad en la que la encontramos. Tampoco aquí hemos conocido al propietario.

Dejamos la casa mejor que estaba, porque al llegar el desagüe del lavabo del baño estaba atascado y Javier lo desmontó y lo arregló la primera noche. Desde entonces ha funcionado perfectamente.

No tardamos mucho en cruzar el impresionante puente “Príncipe de Gales” que da entrada a esta región que estamos deseando conocer. 

Nuestra primera visita, después de deliberar anoche y descartar alguna parada intermedia, será en Castell Coch, construido en el siglo XIX sobre las ruinas de un castillo medieval. La información previa que tenemos de él ha despertado en nosotros la curiosidad y las ganas de conocerlo. Su historia nos ha recordado en algo al castillo Neuschwanstein de Baviera, ya que también aquél fue construido en época posterior al estilo en el que está inspirado, como un juguete de ricos, evocando cuentos de hadas. Y, como aquel, permanece, prácticamente sin haber sido usado, ofreciéndonos la posibilidad de ver interiores profusamente decorados que sería imposible encontrar hoy en castillos realmente medievales.

En este caso la construcción se debe a unión de la gran fortuna del 3º Marques de Bute con la imaginación del arquitecto Wiliam Burges. También esta fusión de capital e ingenio es la causa del castillo de Cardiff, que además es mayor que este. Pero lo dejamos para otra ocasión y nos encaminamos a Castell Coch, nuestro elegido.

El acceso al castillo, rodeado de un bosque de hayas, es ya un preludio a la imagen romántica que ofrece la primera visión del edificio. Desde la explanada delantera, parece una construcción de las que hacía de pequeña con el “Exin castillos” (el Lego de mi época), con torreones redondos cubiertos de afilados tejados en forma de cono invertido. Además, hemos llegado bastante pronto y casi no hay coches por lo que la tranquilidad del verde entorno es absoluta.

Hacemos algunas fotos exteriores antes de dirigirnos a la taquilla y acceder al patio interior. Con las entradas hemos adquirido un folleto explicativo de las salas y torres, y vamos recorriendo y fotografiando cada rincón, disfrutando enormemente de la visita. No es una edificación muy grande y se agradece. Algunos objetos llaman especialmente nuestra atención, como un original tocador en el recargado dormitorio de la marquesa.

De nuevo en el aparcamiento, ahora bastante más lleno, cogemos el coche para dirigirnos al Museo rural St Fagans. Un museo etnográfico, al aire libre, que recrea el modo de vida de los habitantes de Gales en los distintos periodos de su historia. Está creado con los edificios originales, trasladados aquí piedra a piedra, con algunos detalles muy cuidados.

Está muy cerca de Cardiff y, para llegar hasta él, hemos de dejar la autopista M4, por la que llevamos circulando desde que salimos de Swindon. Al terminar la visita la retomaremos de nuevo para continuar hacia Pembroke. Siguiendo el Google Maps, vivimos otra de las anécdotas de este viaje ya que hay una rotonda poco clara y le llegamos a dar dos vueltas completas antes de encontrar la salida adecuada, con las consiguientes risas de todos.

Llegando al museo, pasamos el puesto en el que debemos pagar el aparcamiento y vemos que nos desvían a un enorme prado sobre una ladera inclinada, en la que un par de personas se encargan de ir indicando donde aparcar, según vamos llegando los coches. Después vamos caminando a la entrada del museo, cuyo acceso es gratuito. Llevamos con nosotros los bocadillos y lo primero que hacemos es localizar en el plano la zona de pic-nic en la que nos sentamos a comer. Es una zona sombreada y muy agradable, pero la constante presencia de avispas alrededor, no nos permite disfrutar de la tranquilidad que esperamos. Al final dejamos una lata de Coca-cola semi-llena al lado de una papelera cercana para que las avispas desvíen su interés. Ya hemos visto que esta bebida dulce les atrae. Otros prueban a escribir un enorme 58 en la pantalla del móvil, dicen que ese número espanta a las moscas. Nunca llegaremos a tener claro si funciona. Realmente van y vienen.

Después de la comida iniciamos un recorrido por la zona, entrando en las diferentes viviendas, algunas de ellas con alguna recreación de la época en su interior. Echamos de menos la presencia de animales de granja y, únicamente al final de la visita vemos algunas ovejas en un corral. Esperábamos más por la experiencia en otros museos de este tipo.

Cuando damos por terminado el recorrido, nos dirigimos al centro de visitantes para tomar unos cafés antes de marcharnos. Lo hacemos en una mesa en la terraza aprovechando que el clima es muy agradable.

Pronto estamos de nuevo en el coche rumbo a nuestra siguiente vivienda en Pembrokeshire Coast National Park. La propietaria nos ha pedido que le avisemos cuando estemos cerca y así lo hacemos, llamándola por teléfono.

Al llegar nos encontramos con un pueblo mucho más bonito de lo que esperábamos. Un enorme castillo destaca al fondo de la calle principal en la que hemos quedado para que nos muestren la casa. Aparcar en esa calle es complicado, pero nos situamos en una plaza temporal y volvemos a llamar por teléfono. Pronto nos damos cuenta de que estamos justo al lado de la persona con la que habíamos quedado. Nos dice que podemos dejar allí el coche unos minutos y vamos con ella a ver la casa que está aquí mismo. La primera decepción es el acceso al piso. Por un callejón se llega a la puerta y se accede por unas escaleras cuya moqueta debió tener tiempos mejores. Ahora está sucia y maloliente.

Ya en la casa la primera imagen no es mala y como las explicaciones las da en inglés, dejo a los jóvenes que la sigan y atiendan bien para después explicarme a mi (soy la única que no sabe inglés). Por eso, no descubro hasta que la señora se ha marchado, que, además de los dos dormitorios dobles, lo único que hay para dormir no es el sofá cama del comedor, como yo pensaba al reservar, es un sillón «estirable» individual y un puff que contiene una colchoneta de gomaespuma plegada en tres. Además, las sábanas para estas “camas” extras está en un armario del baño. Al abrirlo casi me da algo al ver sábanas enrolladas, amontonadas como bolas, una encima de otra. Lo primero que hago es olerlas y al ver que huelen a limpio decido pasar por alto la falta de plegado.

El problema es que las “camas” extra no son adecuadas para adultos. Nuestros jóvenes se ofrecen a ocuparlas, pero casi no caben. Terminarán durmiendo malamente, uno en el sofá y el otro en la colchoneta con cojines alrededor, sobre la alfombra.

Mientras Javier y Javi se marchan a aparcar bien el coche, según vamos instalándonos vamos encontrando más inconvenientes, como el microondas quemado que no funciona, la puerta del armario de limpieza en la cocina que se abre sola, los cajones abarrotados de cacharros, el patio interior (que en la foto de Airbnb aparecía ordenado y coqueto) está lleno de cachivaches, los armarios de los dormitorios ocupados… En fin. Lo cierto es que, como sólo vamos a estar aquí dos noches, decidimos apañarnos como podamos y ya reclamaremos en regresar. Ni siquiera a la propietaria, al acabar la estancia, le decimos nada, para no perder tiempo en explicaciones en inglés. Eso sí, hacemos fotos de todo (que, si bien no han servido para otra cosa, al menos si para mostrarlas aquí y que podáis ver la situación). Lo único que hemos podido hacer al respecto es explicarlo en las opiniones de la vivienda en la web. Al regresar a casa y llamar a Airbnb, nos dijeron que deberíamos haber reclamado desde allí, en el momento, y nos habrían recolocado o devuelto el dinero. Aún a día de hoy, no sé si estoy de acuerdo con esa política, porque igual que no hicimos nada con el extractor que no iba en Londres o arreglamos nosotros el desagüe atascado en Swindon, nuestra manera de funcionar en un viaje es no perder el tiempo en esas cosas. Creo que uno paga para pasar sus vacaciones tranquilamente disfrutando sin preocupaciones y que estas reclamaciones se deben poder hacer al regreso, ya que los trámites se llevan mucho tiempo y en un viaje el tiempo es oro. Digamos que ahora mismo estoy con una opinión poco clara de Airbnb, pero he decidido darles el beneficio de la duda. Si nos surge otro problema de este tipo en el futuro, por mi parte, pasan a “la retaguardia” de las compañías de alquiler.

Pero como somos de “al mal tiempo buena cara” nada nos impide intentar disfrutar con lo que tenemos. Y lo del mal tiempo hoy tiene doble sentido porque también está lloviendo. Cuando tenemos todo organizado, decidimos no esperar más y dirigirnos al Tesco más cercano a comprar las provisiones necesarias para estos días. Como está cerca y no necesitamos demasiadas cosas, iremos caminando.

La primera fase es traer los paraguas que se han quedado en el coche. Decidimos ir Javier y yo con el único paraguas que tenemos aquí. El coche está aparcado a los pies del castillo junto al foso lleno de agua y patos. Todo se ve precioso con la lluvia. Realmente es un pueblo encantador. Paraguas en mano pasamos a buscar a Javi y Bego que nos van a acompañar a comprar y allá vamos los cuatro. Regresar después cargados con las bolsas y los paraguas es todavía más divertido. Pero, pese a la lluvia, no hace frío y mojarse un poco no es un gran inconveniente.

Entre nuestras adquisiciones de hoy haremos algunas elecciones poco acertadas como las patatas sabor “pato pekinés” o unos anacardos con sabor extraño. 

Terminada la cena y acomodados, unos mejor que otros, para pasar la noche, damos por terminada la jornada no sin antes compartir las fotos. Yo, que sigo sin móvil, haciendo uso de la tablet disponiendo aquí de wifi. Esperamos que la lluvia que todavía cae, no nos estropee mañana el día.

 

DÍA 8- VIERNES 9 AGOSTO:  PEMBROKE-TENBY-PEMBROKE- BARAFUNDLE BAY-LILY PONDS-PEMBROKE (56Km)

Ayer, en una de nuestras idas y venidas por el pueblo, descubrimos un establecimiento, llamado Rowlies Fish & Chips que, según informa Javi, está bastante bien valorado en Google, y hemos pensado venir a comer aquí, ya que nuestro destino hoy no está a mucha distancia.

Con esta idea en mente nos ponemos en marcha. Primero caminado hasta el aparcamiento en el que ayer quedó el coche. En el camino unos carteles llaman nuestra atención haciéndonos parar un momento. Anuncian el Parque Nacional en el que estamos, el Pembrokeshire Coast National Park, pero están hechos con un estilo vintage que los hace muy atractivos.

Al llegar al aparcamiento la bella imagen del castillo y el entorno de nuevo nos detiene, esta vez para hacer algunas fotos aprovechando que en este momento no llueve.

Cuando nos damos por satisfechos con el reportaje nos ponemos en marcha hacia la costa, concretamente a Tenby. Hemos leído que es uno de los pueblos más bonitos de esta zona y estamos deseando verlo. En el camino comienza a llover y vamos temiendo no poder disfrutarlo como se merece, pero hemos de intentarlo porque aquí el tiempo cambia en un momento.

Al llegar vamos directos al parking de la ciudad, el Tenby Coach Park, evitando meternos en algún callejón demasiado estrecho para nuestro enorme vehículo. Está un poco alejado del centro, pero el paseo permite obtener preciosas vistas del puerto, el mayor atractivo turístico local.

Tras aparcar, colocarnos los impermeables, coger los paraguas, etc… nos ponemos en marcha. La primera imagen nos deja boquiabiertos. Es realmente una postal. Es inevitable desear sacar la cámara y plasmar tan bella imagen, pero llueve bastante y es complicado con el paraguas, sobre todo posar. Decidimos avanzar, al fin y al cabo, después debemos regresar aquí a recoger el coche, quizá ya no llueva.

Así cada nuevo mirador, cada nuevo ángulo…las vistas no tienen desperdicio. Menos mal que, según nos vamos acercando, la lluvia va aminorando su caudal hasta llegar a parar. La visión del paisaje sigue siendo poco nítida por las nubes y la cantidad de agua que hay en el aire, pero es igualmente precioso. Entre foto y foto, vamos recreándonos con todo lo que vemos, incluida una pequeña tienda de recuerdos de lo más coqueta y «estilosa» con preciosas ilustraciones de Julia Seaton. 

Al llegar a la bifurcación de High Street con Crackwell Street, decidimos tomar la primera y adentrarnos en la ciudad disfrutando del ambiente galés de sus calles y establecimientos, dejando la otra avenida, que va bordeando la costa, para nuestro regreso.

Tranquilamente, disfrutando de lo que vemos, nos vamos acerando al puerto. Nos planteamos la posibilidad de comer aquí si encontramos algún Fish & Chips que nos guste, evitando regresar, pero lo cierto es que no vemos ningún establecimiento de este tipo, como mucho un chiringuito junto al puerto que tiene bocadillos de cangrejo que no convencen a nadie. Justo aquí, Andrea recibe una llamada ofreciéndole un contrato como profesora, en un centro educativo en el que realizó una entrevista de trabajo antes de venir. Esto es una gran alegría para todos y comentando las posibilidades con entusiasmo, continuamos nuestro paseo, cruzando hasta la Castle Beach. Frente a nosotros se puede ver la isla St. Catherine’s, un promontorio rocoso coronado por las ruinas de alguna construcción defensiva. Desde allí tomamos el paseo circular que rodea la península en la que está el “castillo” que no es más que un torreón, muy bien ubicado en lo alto de las rocas. El paseo nos ofrece la oportunidad de llegar a la estación-varadero del barco guardacostas, abierta al público. En ella se puede visitar la embarcación, así como obtener información sobre su historia y la labor que realiza en la actualidad.

Poco a poco cerramos el círculo regresando al puerto, que ofrece una pintoresca imagen con las fachadas de colores que lo rodean. Realmente es bonito se mire desde donde se mire. Tras unas cuantas fotos más, iniciamos el regreso, sin perder de vista el mar hasta llegar al aparcamiento y poner rumbo de regreso a Pembroke.

Al llegar aparcamos en un sitio diferente al que lo hicimos anoche, aunque también de peaje, justo detrás de nuestra casa. Y, casi sin detenernos, nos dirigimos al Rowlies Fish & Chips para comprar la comida. Hemos decidido, mientras veníamos en el coche, que vamos a comprarlos para llevar, en casa estaremos más cómodos y descansados. Mientras unos van a por ellos, el resto, en una tienda justo enfrente, reponemos fruta, que ya anda escasa.

Pronto estamos ante la mesa puesta, dispuestos a disfrutar esta comida tan típica que nos lleva acompañando los tres últimos veranos. Lástima que hayamos elegido para comer en casa, el día que tenemos el alojamiento más pequeño y menos luminoso del viaje. Pero la compañía es excelente y, como siempre, disfrutamos solo con compartir momentos y risas. Aunque el Fish & Chips tampoco está mal.

Después de los cafés y un poco de reposo, nos ponemos en marcha. Queremos explorar la costa algo más. Sabemos de una posible ruta, caminando, que une los Lily Ponds con Barafundle Bay, pero no encontramos información clara al respecto. Sólo tenemos marcado en Google Maps ambos lugares y alguno más, cercano, como los acantilados de Stackpole. Mapa en mano, decidimos comenzar por Barafundle Bay y a partir de ahí ir viendo.

Por carreteras secundarias, que finalmente acaban siendo un caminito para poco más de un coche, llegamos hasta el lugar más cercano al que se puede acceder en coche, un aparcamiento en una zona arbolada (51°37’30.0″N 4°54’11.5″W) al lado de una cafetería y algunas instalaciones públicas como aseos. Desde allí un sendero permite llegar caminando hasta la playa.

El trayecto es muy bonito. Vamos por lo alto de los acantilados, por verdes laderas con bellas vistas de la costa. El viento es muy fuerte pero no deja de ser un recorrido agradable, hasta llegar a una especie de terraza desde la que se puede acceder a la playa por unas escaleras. Nosotros nos conformamos con disfrutarla desde aquí. Nos quedamos un rato saboreando las vistas y haciendo fotos, antes de regresar al coche.

De nuevo en ruta por esas «carreterillas» que nos tienen todo el tiempo en vilo por si aparece un coche de frente, nos dirigimos ahora a Bosherston Lilly Ponds, uno de los puntos de acceso a estos pantanos. Siguiendo las indicaciones, llegamos a un aparcamiento muy bien acondicionado para realizar la visita (51°36’56.1″N 4°56’17.2″W). Es de pago, pero hemos llegado muy tarde, según horario local, y está desierto. En principio no pagamos, dejamos el coche y vamos a informarnos en los paneles. Realmente no sabemos qué podremos ver con el poco tiempo que nos queda, pero será breve, seguro.

Y así es como descubrimos el primer plano en condiciones de la ruta que andábamos buscando antes de venir. Le hago una foto para poder dejárosla aquí y que os sea de ayuda.

Decidimos llegar al menos al primer mirador y con esa idea en mente nos ponemos en camino sin saber muy bien si una porción tan pequeña de la ruta será suficiente para verlos. Lo cierto es que no tardamos en llegar a un enorme estanque que debemos cruzar por un puente de madera rodeado de nenúfares. Es un paisaje muy curioso, completamente diferente a cualquier otro paisaje costero. Como he leído en algún relato, recuerda a las imágenes que alguna vez hemos visto (en la tele, claro) de los Everglades de Florida. Y las vistas van mejorando según asciende la senda, cada vez que un clareo en la vegetación nos permite ver las verdes aguas, verdes de plantas, pero llenas también de vida animal. Alcanzamos a ver distintas especies de aves, patitos saltando de hoja en hoja, ranas… Es un ecosistema muy especial y estamos encantados de haber podido verlo.

Con este buen “sabor de boca” iniciamos el regreso, deshaciendo la ruta hasta llegar al coche y con él a casa, donde debemos comenzar a recoger. Mañana nos trasladamos de nuevo.

 

DÍA 9- SÁBADO 10 AGOSTO:  PEMBROKE – ST. DAVID’S – ABEREIDDY – PORTHGAIN – DINAS FARM (283Km)

Hoy tenemos por delante un día de traslado con bastantes kilómetros por hacer, vamos a recorrer la costa de Gales de extremo a extremo. Pero eso no nos va a impedir saborear cada uno de los lugares previstos de visita, comenzando aquí mismo, todavía en el Pembrokeshire Coast National Park.

Dejamos la casa y, con todo el equipaje cargado en el coche, incluyendo la comida de hoy, nos ponemos en marcha rumbo a Saint David’s. Tenía anotado como lugar de interés para la jornada de hoy la playa de Newgale, pero, por temor a la falta de tiempo, había decidido dejarla a un lado, limitándonos a lo que se pudiera ver desde la carretera. Lo que no esperaba es la increíble belleza que encontramos en cuanto la carretera comienza a descender hacia esta inmensa playa. El viento, hoy muy fuerte, hace levantar las olas con fiereza y la enorme bahía está inundada de partículas de agua que el viento trae hacia la costa. Realmente parece una playa salvaje y, aunque da la impresión de que vayamos a volarnos, no nos resistimos a detener el coche y sacar al menos unas fotos. He de decir que las fotos no consiguen transmitir la sensación de estar allí ya que elementos como el sonido, los aromas y la humedad que llegan hasta nosotros no son captados por la cámara. Nos quedamos un rato saboreando el momento antes de continuar la ruta. Ha sido un regalo inesperado.

Ya en Saint David’s, cruzamos la localidad hasta llegar al aparcamiento junto a la catedral, en una zona muy verde, ya casi a la salida del pueblo. Después regresamos caminando para iniciar la visita.

La primera imagen de la catedral, desde detrás del muro de piedra, es impresionante, sobre todo por su enorme tamaño. No parece proporcional al tamaño de esta pequeña ciudad. En el siglo XII el Papa Calixto II declaró la catedral lugar de peregrinaje, estableciendo que dos peregrinaciones a St. David’s equivalían a una a Roma, y tres peregrinaciones a St. David’s equivalían a una a Jerusalén, de ahí la importancia que adquirió, justificando su enorme tamaño.

Pronto cruzamos el muro y nos adentramos por la senda que lleva hasta ella, caminando a los pies de una verde colina que es también un cementerio. En el recinto, además de la catedral, se encuentran las ruinas de lo que fue el palacio episcopal.

Después de dar una vuelta por los exteriores, decidimos entrar en el templo donde somos recibidos por un simpático fraile que va preguntando a todo el que llega su nacionalidad, dando la bienvenida efusivamente a cada uno.

Tenemos ocasión de dejar nuestra dedicatoria en el libro de firmas antes de recorrer el interior de la iglesia, dando una vuelta completa.

Después nos despedimos de tan amable anfitrión y nos animamos a subir la escalinata que asciende la colina hasta el pueblo.

Andamos buscando un lugar para tomar el café de media mañana y nos metemos en la primera terraza que vemos, accediendo por la puerta trasera, sin darnos cuenta que justamente hemos entrado en un conocido establecimiento: The Bishops, un local con aspecto de pub-restaurante country, muy bien valorado en Google por los comensales. Es demasiado pronto para comer y seguimos con el plan trazado, pidiendo unos capuchinos y/o cafés, en mi caso acompañado de unos scones que están “para chuparse los dedos”. Reconozco que desde el año pasado en Irlanda les he cogido el gusto a estos bollos, especialmente por la mantequilla y mermelada casera que los acompañan.

Salimos después del establecimiento por la puerta principal, apareciendo en una plaza rodeada de coloridas casas, en cuyo centro, en un pequeño parque, vemos unos bancos muy curiosos dedicados a los caídos en las guerras mundiales. Después descubrimos que el pequeño jardín, entero, está dedicado a estos soldados caídos, nacidos en St. David’s.

Como el pueblo no tiene mucho más, decidimos ir regresando al coche y ponemos rumbo a nuestro siguiente destino, muy cerca de aquí, el Blue Lagoon en Abereiddy. Concretamente a la pequeña playa de esta localidad, donde, después de transitar por una carreterita de esas en la que casi ni cabe el coche, nos encontramos con un aparcamiento en la misma playa con una pequeña garita a la entrada, de la que sale un cobrador a pedirnos el importe correspondiente. 

El mar continúa tan bravo como esta mañana, pero es menos visible en esta pequeña cala. Partiendo de ella tomamos caminando un sendero costero que, bordeando acantilados, nos lleva en un breve recorrido hasta esta “laguna”, un recordatorio del pasado industrial de Pembrokeshire. La Laguna Azul se creó hace poco más de un siglo al romperse el muro exterior de una antigua cantera de pizarra y entrar en ella el agua del mar. El agua dicen que tiene un color azul verdoso característico por la acumulación de minerales, pero a nosotros nos cuesta distinguirlo.

Al estar cerrada a los embates del oleaje y tener gran profundidad, es muy popular entre los grupos de aventuras como piscina natural, empleando las rocas laterales como plataforma de salto, a modo de trampolín.

Permanecemos un rato mirando como se lanzan al agua adultos y niños, algunos desde mayor altura que otros, mientras bromeamos con la idea de lanzarnos nosotros y poniendo como escusa no tener el bañador.

Nos hace mucha gracia un perrito que se dedica a dejar una pelotita a los pies de su dueña, que está haciendo fotos, ajena totalmente a su mascota. El perro insiste, y le da un empujoncito a la pelota, cada vez más cerca y permanece en actitud expectante mientras mueve el rabo con ilusión. Casi da pena y nos planteamos si bajar a lanzársela nosotros mismos.

Poco después regresamos a la playa y al coche, continuando por estas carreteritas costeras hasta alcanzar Porthgain, próspero puerto industrial a principios del siglo XX, dedicado a la exportación de la piedra extraída de los acantilados entre Abereiddi y Porthgain, transportada por una línea de tranvía, que llegaba directamente al puerto.

En la década de los 80, años después del abandono de las instalaciones, se dio la opción a los residentes de comprar sus viviendas, hasta entonces de la empresa propietaria de la explotación minera. Hoy en día siguen en pie grandes tolvas de ladrillo y otras estructuras relacionadas con la extracción de pizarra, incluyendo el horno, el puerto y la casa de los pilotos. Son un monumento, recuerdo de su pasado.

Al llegar nos encontramos con una gran explanada ocupada por un aparcamiento, bordeada por casas de dos plantas al estilo de zona. La plaza se abre al pequeño puerto situado junto a las antiguas instalaciones mineras. Algunas de las casas son ahora establecimientos turísticos de restauración o souvenirs y, la verdad es que hay bastante gente en las terrazas.

Nosotros nos situamos en unas mesas de pic-nic, justo al lado del puerto, para dar buena cuenta de nuestros bocatas, disfrutando de la presencia de un precioso perro, enorme, con cuyo dueño entablamos conversación. Es una raza similar a un mastín. Le hacemos algunas fotos antes de que continúe su paseo. Es de las pocas veces en el viaje en las que nos encontramos a una sola mascota. Llevamos días comentando lo curioso que resulta ver que, en su mayoría, las personas que van con perros llevan casi siempre dos iguales (de la misma raza). Esto nos da mucho juego para imaginar, pensamos que quizá sean madre e hijo y que la gente se vaya quedando un cachorro de la camada como relevo a su madre, pero en realidad no tenemos ni idea.

Después de la comida damos un paseo por el puerto. Junto al edificio de ladrillos de las antiguas instalaciones mineras hay un cartel explicativo de su uso y no dudamos en hacerle una foto. Unas escaleras al final del pequeño muelle ascienden a lo que parece ser una senda costera. Nosotros no la tomamos, terminamos el paseo y regresamos al coche.

El camino hasta nuestro alojamiento de hoy es largo y ya nos hemos entretenido bastante. Nos toca alargar un poco las etapas de coche o no llegaremos. Damos pues por terminada nuestra visita al Pembrokeshire Coast National Park, y continuamos por la costa galesa rumbo al norte, sin abandonar ya la A487.

No disponemos de tiempo para ir haciendo paradas, pero en ocasiones la misma carretera nos ofrece la oportunidad de disfrutar de interesantes vistas, algunas de las cuales quedan registradas en nuestra memoria y anotadas para la próxima. Entre ellas, la imagen del puerto de Fishguard, visto desde el puente que cruza el río Afon Gwaun, casi en su desembocadura, Aberaeron y la zona costera alrededor de Aberarth en la que la carretera va muy próxima la mar.

Al llegar a Machynlleth pensamos parar a descansar y estirar un poco las piernas. Entramos en un pub por tomar algo e ir al baño, pero está lleno de gente viendo un partido de fútbol en una gran pantalla, así que, una vez usados los baños, decidimos marcharnos sin tomar nada. En el coche picoteamos de nuestras provisiones antes de ponernos en marcha de nuevo. Realmente tenemos ganas de llegar.

 A partir de este pueblo la carretera se adentra en el Parque Nacional Snowdonia y el paisaje cambia completamente para volverse mucho más verde y montañoso. En algunos tramos la carretera se adentra por profundos valles desde cuyas laderas hay constantes caídas de agua. El sol ha perdido intensidad y los paisajes resultan todavía más bonitos. Entre las imágenes que quedaron en nuestras retinas destacaré la vista desde la carretera del lago Mwyngil (52°40’44.6″N 3°52’44.4″W). Trae a mis recuerdos las fotos de Glenfinnan en Escocia (aunque este sea un lago mucho más pequeño). Lástima no haber encontrado un rinconcillo en el que parar para hacer una foto.

Así continuamos entretenidos y, casi sin darnos cuenta vamos saliendo del parque y acercándonos a Dinas. Allí, muy cerquita de Caernarfon, está nuestro nuevo alojamiento, Dinas Farm, sin duda el mejor del viaje.

Siguiendo las indicaciones de Google Maps, dejamos la carretera y nos adentramos entre casas al camino de acceso a la granja. En algún momento llegamos a dudar si cruzar o no la puerta de acceso a lo que parecen tierras privadas, pero son los terrenos de la granja, en los que además de vacas, podemos ver tractores y otros aparejos. En seguida vemos la casa, que en realidad son dos viviendas unidas con accesos separados, la de los granjeros y la que alquilan. Tenemos un pequeño jardín con espacio para aparcar y nos han dejado las llaves puestas. No han comunicado que nos acomodemos, que vendrán más tarde.

Así lo hacemos, encantados con lo que vemos. Es una casa llena de grandes ventanales orientados al atardecer. En primer plano tenemos un prado en el que pacen vacas (después descubriremos que estas son las que van a parir o acaban de hacerlo) y al fondo, en la lejanía, llega a verse el mar, iluminado ahora por los últimos rayos del sol. En la cocina han dejado para nosotros un plato de galletas tradicionales galesas caseras, todavía calentitas. Tuvimos ocasión de probarlas en Pembroke, pero aquellas eran compradas en el supermercado y no tenían nada que ver con estas, mucho más apetecibles. Decidimos tomarlas como postre en la cena.

Pero antes debemos deshacer las maletas e instalarnos. Javier, Javi y Bego van al Tesco a hacer la compra y los demás iniciamos las duchas. Todavía regresan a tiempo de ver atardecer y, visitando a las vacas, descubren que hay una a punto de parir. Nos sentamos a cenar preocupados e incluso nos acercamos a la casa de al lado a ver si vemos a alguien para avisarles. En realidad, nuestras preocupaciones son en vano. A mitad de la cena aparece la propietaria para saludar y preguntar si todo está bien y, al comunicarle que la vaca está de parto, le resta importancia. A lo largo de la cena vemos que varias veces pasan con linternas por el ya oscuro prado para ver si todo está bien. Nosotros buscamos en Internet cuánto dura el parto de una vaca y, al ver que son varias horas, terminamos por irnos a dormir.

 

DÍA 10- DOMINGO 11 AGOSTO:  DINAS FARM- CAERNARFON- DINAS FARM-BEDDGELERT- HARLECH- DINAS FARM (97Km)

La sensación de paz de amanecer en un sitio como este es increíble. Por el enorme ventanal, la primera imagen que veo es el prado con las vacas y el mar allá al fondo ¡Que agradecidas son estas grandes cristaleras! Junto a ellas tomamos nuestro desayuno antes de salir a buscar a la vaca parturienta. Estamos ansiosos por saber si ha nacido ya el ternerito. Al principio nos cuesta verlo, ya que la madre no permanece a su lado, pero terminamos por encontrarlo, todavía medio húmedo. Es totalmente negro y cuando se levanta se tambalea. Los jóvenes le han llamado Baby Black y están encantados con la experiencia. No es algo habitual para nosotros el nacimiento de un ternero. Pero en las tres noches que pasamos aquí, este no será el único en nacer y también tendremos ocasión de ver como los marcan con una especie de “pendiente” en la oreja.

Tras la euforia inicial por el nuevo habitante de la granja, preparamos las mochilas y nos ponemos en marcha. Hoy vamos aquí mismo, a visitar el castillo de Caernarfon, y regresaremos a comer en casa.

Hemos señalado en el Google Maps el parking del castillo y en un momentito estamos aparcados. Como es pronto, todavía está medio vacío.

La primera imagen de este enorme castillo, aunque ya lo habíamos visto en fotos, es impresionante. Se dice de él que es uno de los mejores edificios de la Edad Media. Junto a otros castillos de Eduardo I, que iremos viendo en estos días, es Patrimonio de la Humanidad.

Nosotros tenemos planeado disfrutar cada rincón del interior y salir después a fotografiarlo desde todos los ángulos. Es uno de los lugares que más ganas teníamos de visitar y tenemos toda la mañana. Con esta idea en mente nos dirigimos a las taquillas, rodeándolo, pasando justo bajo el balcón en el que saludó a los galeses el príncipe Carlos el día de su nombramiento como Principe de Gales que, según la tradición, se realizó en este castillo.

Una vez más los jóvenes pagan tarifa reducida de estudiantes. Adquirimos un folleto explicativo y pasamos al enorme patio de armas, que se divide en dos espacios abiertos entre sí. En el centro de uno de ellos está la enorme piedra circular de pizarra de la zona, sobre la que los príncipes de Gales hacen su juramento. Desde ahí comenzamos un recorrido de subida y bajada por cada una de las torres, visitando estancias, recorriendo pasillos y asomándonos a cada uno de los muros para contemplar, de un lado, la ciudad amurallada que mantiene su aspecto medieval, del otro, el río Seiont y las verdes montañas del cercano Parque Nacional Snowdonia, y todavía se puede ver en su lado norte el brazo de mar que nos separa de la Isla de los Ingleses. Todas ellas, vistas interesantes.

En una de las salas podemos ver una proyección que nos habla de la historia del castillo, en otra alguna exposición como un ajedrez gigante y un teatrillo que narra la historia de Eduardo I y su esposa Leonor de Castilla. Conocerla hace entender mejor lo que vemos. “En 1282. El Rey Eduardo I de Inglaterra declaró la guerra en Gales. El príncipe galés cayó muerto perdiendo así la esperanza de independencia de Gales. Al año siguiente Eduardo ordenó la construcción de poderosas fortificaciones en la costa: Caernarfon, Conwy y Harlech. A pesar de no estar terminado del todo, el castillo de Caernarfon fue elegido como lugar de nacimiento de su hijo, nombrado Príncipe de Gales. La verdad es que fue el primer príncipe inglés de Gales, y todo el dinero de las tierras galesas de la Corona era ahora suyo. Fue un trago amargo para la nación recién conquistada. Durante los últimos 700 años, el título del Príncipe de Gales ha sido tradicionalmente tomado por el hijo mayor del monarca reinante. Pero no fue sino hasta 1911 que Caernarfon volvió a desempeñar un papel central al albergar la investidura del Príncipe Eduardo y más tarde, en 1969 se repitió con el Príncipe Carlos”.

Entre subidas y bajadas por las torres, despistamos a Javier y, aunque regresamos sobre nuestros pasos, no damos con él. Finalmente le llamamos por teléfono y la escena no deja de ser graciosa. Nosotros sobre la muralla llamándole y él abajo, en el patio, frente a nosotros, contestándonos, hasta que unos y otro nos vemos y nos saludamos.

Terminada la visita, salimos al exterior, rodeando el edificio por su cara norte para cruzar el puente sobre el río Seiont y tener una mejor perspectiva del castillo. De nuevo quedamos impresionados por la imagen.

Hacemos fotos sin nadie, por parejas, por grupos… aunque sin duda las más divertidas son las que intentamos hacer de todos con el disparador automático, sobre todo porque no para de disparar y nosotros no paramos de cambiar de posturas, partiéndonos de risa en el proceso. Luego toca regresar a casa y preparar la comida.

Ha sido una mañana muy productiva y comer en esta maravillosa casa, un privilegio. Después tocará un poquito de sobremesa antes de ponernos de nuevo en marcha. También aprovecharemos para recoger y repartir la ropa que anoche lavamos y, como no, hacer una visita a Baby Black para ver cómo sigue.

Nuestra segunda ruta hoy será para adentrarnos un poco en los paisajes de Snowdonia. Este viaje no nos da para hacer senderismo o grandes rutas, pero al menos, podremos recorrerlo en coche o parar en alguno de sus pueblos para conocerlo.

Hemos elegido Beddgelert, atraídos por lo que hemos leído sobre él, incluida la legendaria historia del Príncipe Llewelyn de Gwynedd y su perro Gelert, cuya tumba supuestamente está aquí. La historia en líneas generales consiste en que un día el príncipe salió de cacería dejando a su bebé durmiendo en la cuna al cuidado de su fiel perro Gelert. En su ausencia un lobo entró en la habitación y el perro se enfrentó a él en una sangrienta lucha, hasta conseguir matarlo. Durante la pelea, el bebé cayó de la cuna y arrullado por el perro se quedó durmiendo en un rincón de la habitación. Cuando el príncipe regresó y el perro salió a su encuentro con el morro manchado de sangre, al mirar a la cuna y no ver al bebé, disparó y mató al animal. El ruido despertó al bebé que se puso a llorar. Así fue como Llewelyn descubrió que el bebé estaba bien y a su lado yacía un lobo muerto. Suponiendo lo que en realidad había pasado se sintió profundamente triste por lo que acababa de hacer y dicen que desde ese día no volvió a sonreír.

Lo cierto es que la historia consigue atraer a muchos visitantes a ver el lugar y visitar la tumba, pero el pueblecito en sí ya resulta muy atractivo. Son tan solo unas cuantas casas de piedra situadas a ambos lados del río, unidas por un bonito puente de piedra. Pero abundan las flores y el entorno entre montañas en pleno parque natural lo convierten en un rincón muy bonito.

Aparcamos y, una vez alcanzado el puente, continuamos hasta la entrada al recinto que comprende iglesia y cementerio, incluida, a los lejos, sobre un enorme prado verde, debajo de un frondoso árbol, la supuesta tumba de Gelert.

Lo curioso es que nosotros mismos, justo en ese lugar, tenemos ocasión de vivir nuestra propia historia con un perro como protagonista. Nada más traspasar la puerta de acceso al sendero, vemos venir a un perrito que da la impresión de querer salir y al ver la puerta cerrada, ni corto ni perezoso se lanza al río. Aparentemente para cruzarlo. Pero el río lleva mucha corriente y el animal no consigue cruzar, es arrastrado por el agua e intenta volver a salir por la ladera a nuestro lado, vemos que lo intenta y vuelve a caer. Vamos corriendo a ayudarle y cuando Javi está a punto de cogerlo llega una señora lo agarra del collar sin contemplaciones y lo saca de un tirón, dándonos después las gracias efusivamente. Nos intenta explicar en inglés y llegamos a la conclusión de que vive justo enfrente, pero no entiende porque el perro, que iba con ella paseando, se ha lanzado así al río, lo llama loco.

Pasado el susto quedamos agradecidos de que se haya salvado el pobre animal. Lo que no entendemos es porque la gente que estaba en ese momento en la puerta, que lo vieron lanzarse al agua y pelear contracorriente, estaban haciéndole fotos con el móvil con cara sonriente. Nos indigna bastante. Pero, en fin, hay gente para todo.

Paseamos hasta la tumba, disfrutando del verde intenso que nos rodea y de la paz del lugar y vamos regresando al coche haciendo alguna foto y entrando a una de las tiendas de recuerdos. Aquí si veremos en una heladería un cartel anunciando helados para perros.

Una vez en el coche, siendo ya media tarde, dudamos entre regresar a casa o hacer una visita más. Finalmente, conscientes de que ya no nos queda mucho tiempo aquí y que lo que no veamos hoy, ya no lo veremos, nos animamos a seguir hasta el castillo de Harlech. El motivo es completar, junto al de Conwy que veremos mañana, el trío de castillos de Eduardo I. Ya no son horas de entrar, pero nos conformaremos con verlo por fuera. Hemos leído de él que está sobre una colina con las montañas del Parque como telón de fondo, dominando la bahía desde la altura. También que en su época de esplendor el mar llegaba hasta él (esto nos llama la atención ya que ahora está a distancia considerable) y unas escaleras que llegaban hasta el agua les permitía resistir los asedios, al recibir provisiones por barco.

El camino hasta allí nos permite disfrutar un poco más de los paisajes del Parque Natural y, ya llegando al castillo, en la carretera que asciende hasta sus puertas, nos encontramos con un grupo de vacas conducidas por un par de ganaderos y un vehículo que las guía desde atrás. Nos hace mucha gracia que corten las carreteras con tanta naturalidad para mover el ganado.

Cuando llegamos a las puertas del castillo, como era de esperar, está desierto y las puertas cerradas. Desde lo alto podemos ver la llanura hasta el mar, al fondo, sobre el que el sol está ya descendiendo. Tanta curiosidad despierta en nosotros el retroceso de la línea del mar a lo largo de los años, que después de unas fotos, decidimos bajar hacia la playa y ver el castillo desde abajo.

Así lo hacemos y terminamos aparcando al lado de un campo de golf (52°51’50.1″N 4°07’09.0″W) y adentrándonos entre dunas a la arena hasta la playa para dar un paseo y disfrutar de la proximidad del atardecer. Nos recuerda mucho a las enormes playas de la costa noroeste de Holanda, o a las de Normandía.

Luego toca regresar, el camino hasta casa todavía es largo. Hoy llegamos casi de noche, pero aun damos un repaso a las vacas antes de irnos a cenar. Javi y Bego entablan amistad con uno de los gatos de la granja y será el primero en venir a visitarnos mañana por la mañana.

 

DÍA 11- LUNES 12 AGOSTO:  DINAS FARM- CONWY- LLANDUDNO- DINAS FARM (101Km)

Comienza el día con un sabroso desayuno junto al ventanal de la cocina, hoy arrullados por el leve maullar del gato, que ha venido a saludar. Poco a poco todos van volviendo a la vida, uniéndose al desayuno, y en breve partimos con la ilusión de una nueva jornada que nos llevará a conocer otro de los castillos galeses. Hemos leído cosas muy interesantes de Conwy y estamos deseando visitarla.

El trayecto no es muy largo y la carretera, que va bordeando la costa norte, ofrece de vez en cuando paisajes muy bonitos. Hoy el mar está muy tranquilo.

Al llegar, vamos directos al aparcamiento Morfa Bach Car Park, situado junto al río, al lado del castillo. Buscamos un sitio sombreado y decidimos tomar un café allí mismo, en un “chiringuito” que tiene terraza con mesitas. El sitio es muy agradable pero el café bastante malo. Todo sea por terminar de despertarnos.

Conwy es un histórico pueblo amurallado declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, surgido a partir del imponente castillo construido a finales del siglo XIII.  Además, mantiene gran parte de su muralla, así como tres de las puertas originales.

Unas escaleras ascienden desde el aparcamiento a la muralla y, es justo subiéndolas cuando, al ir a hacer una foto, descubro que me he traído la cámara sin batería ¡Se ha quedado en casa!!! en el cargador. Primero decidimos seguir y hacer las fotos con el móvil o con la cámara de Javi, pero él va grabando y estaríamos todo el rato teniéndonos que turnar. No he dado ni dos pasos más cuando decido volver a por la batería. Una de las cosas con las que más disfruto al viajar es haciendo fotos de cada rincón, de cada momento y, sin la cámara, me falta algo. Conwy es un lugar muy bonito como para no poder hacer fotos y, realmente, nuestra casa no está demasiado lejos.

Una vez decidido, dejamos allí a los jóvenes con instrucciones de que no nos esperen, que visiten el castillo y la ciudad sin nosotros. Les llamaremos al móvil en regresar. Los bocatas se vienen con nosotros en el coche porque la intención es regresar en una hora, con sobrado tiempo para comer aquí.

Javier y yo ponemos rumbo de nuevo a Dinas. En el trayecto descubrimos que desde la carretera se puede ver otro de los castillos galeses de Eduardo I, el castillo de Beumaris. Al venir no nos hemos dado cuenta. Está en la Isla de los Franceses, pero se distingue perfectamente al otro lado del brazo de mar que nos separa de la Isla. Conocíamos su existencia, pero no entraba en nuestros planes visitarlo. Nos hace ilusión poder ver al menos su perfil a lo lejos. Y no sólo tenemos esta vista imprevista. Por error en un cruce, tomamos el puente Britannia que nos lleva a la Isla de los Franceses y, aunque en cuanto llegamos hacemos un cambio de sentido y regresamos, la pequeña excursión nos permite ver a lo lejos el puente colgante de Menai. Parece una postal verlo suspendido sobre el canal, con los barquitos y la pequeña Church island al fondo.

Y así llegamos a casa, aparcamos y en un momento cogemos la batería y regresamos de nuevo al coche. En cuanto Javier hace un poco marcha atrás, escuchamos el inconfundible sonido de un reventón de rueda. Efectivamente, los escalones de acceso a la casa son de piedra de pizarra con cantos afilados y la rueda los ha rozado, reventando y vaciándose de aire por completo en menos de un minuto.

Como imaginaréis, si ya me sentía mal por haber tenido que regresar a por la batería que yo había dejado, ahora más. Primero llamamos a los chicos para decirles que si tardamos compren comida allí y no estén esperándonos, luego a pensar que hacer, además de no querer perder nuestro último día aquí, mañana hay que devolver el coche a la empresa de alquiler. Javier reacciona antes que yo: hay que cambiar la rueda para llevarla a reparar. Sugiero preguntar a los dueños de la granja para que nos recomienden algún taller. Allá va Javier, que es quien domina el inglés y el chico, muy amable, no sólo nos indica un taller, sino que se queda con nosotros hasta que la rueda de recambio está colocada, haciendo él mismo la mayor parte del trabajo.

Cuando está terminando, le preguntamos si le hemos interrumpido sus tareas y nos dice que estaba comiendo ¡Pobre! Insistimos en que se vaya a comer que ya terminamos nosotros y finalmente lo hace con nuestro más sincero agradecimiento.

Con la rueda de repuesto colocada, nos vamos al cercano taller que nos ha recomendado, justo al lado del Tesco en el que compramos el pan cada día. Nos atienden amablemente diciéndonos que una rueda exactamente igual puede estar aquí mañana a las 9, que no conviene poner otra para poder devolver el coche sin problema. Les decimos que mañana hemos de devolver el coche de alquiler a tiempo de coger el avión, pero nos aseguran que en cambiarla sólo tardarán un rato.

Con esta tranquilidad, llamamos de nuevo a los jóvenes para avisarles de que vamos para allá y que finalmente sí llegamos a comer. Nos envían su ubicación. Nos esperan en un banco del puerto. Dicen que podemos comer allí mismo. Aparcamos en el mismo lugar que esta mañana (parece que ha pasado ya un siglo) y tomando la mochila de la comida salimos a su encuentro. Durante la comida, después que los contemos nuestras «batallitas», nos ponen al día de todo lo que han hecho, que no ha sido mucho. No han querido entrar al castillo sin nosotros y se han limitado a visitar el pueblo y el puerto, a hacer fotos de los exteriores y a cotillear en las tiendas. Nos enseñan las fotos que han hecho con los móviles y nos indican que estamos justo al lado de la casa más pequeña de Gran Bretaña, uno de los reclamos turísticos de la localidad. Efectivamente está justo detrás de nuestros bancos y hay una pequeña cola de gente esperando para entrar.  En realidad, hay una gran animación en todo el paseo y en las terrazas. 

Después de comer, nos planteamos si entrar o no al castillo, Javi no se encuentra demasiado bien y no tiene muchas ganas, así que, en principio pensamos dar un paseo y que nos enseñen un poco lo que ellos ya conocen. Además, quisiera comprar un imán de Gales antes de marcharnos mañana y he pensado que podría ser una de las tradicionales “cucharitas del amor” que vimos ayer. Ellos creen haberlas visto esta mañana, pero no acaban de saber dónde.

Y así, entre tienda y tienda, disfrutando de estas callejuelas de aspecto medieval, llegamos a Plas Mawr, una mansión construida en 1585, muestra de la arquitectura isabelina (estilo desarrollado en Inglaterra durante el reinado de Isabel I en paralelo al Renacimiento italiano). Hemos leído de ella que perteneció a un comerciante galés y que es un reflejo de la prosperidad de ese período. Al parecer la visita a sus estancias merece la pena porque están ambientadas con mobiliario y objetos de la época, muchos de ellos originales de la propia casa, y la decoración de yeserías sigue cubriendo las paredes y techos de algunas salas.

Pensamos que la visita puede estar bien y será diferente a visitar un castillo, cosa que ya hicimos ayer, pero, al ir a sacar las entradas, vemos que por un poco más el ticket incluye también el castillo. Así que, sin haberlo planeado, terminamos por comprar la entrada a ambos. Javi sigue poco convencido, pero le aseguramos que no tenemos intención de subir y bajar a cada torre como ayer, nos bastará con un vistazo.

Lo primero que vemos al entrar en la mansión es una especie de vestidor con ropas y accesorios de época junto a un enorme espejo. Mientras los demás nos preguntamos si están en exposición o si por el contrario se pueden usar, ver o probar, Bego ya se ha colocado un abrigo con sombrero incluido y no tarda en vestir también a Carlos haciéndonos reír a todos.

A partir de ahí, iniciamos un recorrido por todas las estancias que incluyen cocina, dormitorios, salones… todos ellos ambientados con detalle. También salimos al patio y subimos a un pequeño torreón al final de las escaleras. Realmente es una visita interesante.

Al salir de nuevo a la calle, nos encaminamos al castillo ya que no tardará mucho en cerrar. Atravesamos las puertas y accedemos al patio interior, bastante más pequeño que el de ayer, pero también dividido en dos espacios. Subimos al paseo que recorre la muralla para disfrutar de las vistas panorámicas del pueblo y de la bahía.

Una gaviota que intenta robarle el sándwich a Javier es objeto de un reportaje fotográfico exhaustivo y nos mantiene entretenidos un rato. Después decidimos bajar y alejarnos un poco del castillo, por el puente, para intentar hacer una foto en la que aparezca completo. Pero no resulta tarea fácil porque a estas horas de la tarde, el castillo queda a contraluz, además, en cuanto nos alejamos un poco, Javi, que sigue regular, nos pide regresar y descansar un poco.

Lo hacemos en una pequeña cafetería en la que tienen un cartel anunciando precios reducidos para los estudiantes. Como en nuestro grupo son mayoría, nos parece perfecto. Además, tenemos suerte y, tanto los capuchinos como el scone que elijo yo (para variar), están buenísimos. Mientras se recrean en el descanso hago una nueva escapada y, justo dos casas más arriba en la misma calle, encuentro el imán que andaba buscando ¡Misión cumplida!

Con esto damos por finalizada la visita a Conwy, que para los chicos ha sido bastante más larga de lo previsto. Ahora nos dirigiremos a Llanudno, de dónde tenemos también varios lugares anotados para visitar. Se trata de un típico pueblo vacacional del siglo XIX, con bellas casas de estilo victoriano a lo largo del paseo marítimo. En cuanto nos adentramos en él con el coche, su aspecto nos recuerda mucho a algunas elegantes ciudades costeras de Bretaña y Normandía en Francia, como Dinard o Cabourg.

Llegamos con el coche hasta el Happy Valley Car Park, justo al lado del famoso Pier, pero no encontramos sitio y decidimos subir primero a Great Orme´s Head, una colina sobre la ciudad que alberga un parque natural, en una zona en la que se encuentran unas milenarias minas. Se puede subir desde aquí en teleférico, pero nosotros lo haremos en coche. Hay dos posibilidades: la primera es una carretera panorámica que parte desde muy cerca de este parking y asciende bordeando esta península rocosa, pero que es de pago y, la otra, es una calle de Llandudno que sube entre las casas cruzando por el centro de la colina directo al Great Orme Summit Car Park. Nosotros elegimos esta última y hay momentos en los que el ascenso tiene una pendiente vertiginosa. Según vamos dejando atrás las casas el paisaje es más verde y comienzan a aparecer ovejas algunas justo al lado de la carretera. En varios puntos pasamos al lado de las cabinas del teleférico.

Una vez arriba las vistas son espectaculares ya que la colina es en realidad un cabo rodeado por el mar, además el sol ya está bajando y deja una estela brillante en el agua. Las ovejas están por todas partes, pero se van en cuanto intentamos acercarnos a ellas, una vez que hemos aparcado. Subiendo hemos visto unas curiosas cabras de cuernos retorcidos y vamos en su búsqueda para fotografiarlas. Un precioso arco iris surge desde atrás para enmarcar la imagen.

Luego regresamos sobre nuestros pasos hasta el centro de Llandudno y buscamos un aparcamiento, ya que en las calles parece imposible. Desde este vamos paseando hacia la playa, una enorme extensión de arena, enmarcada por dos cabos. Elegantes edificios y cuidados macizos de flores llenan en el paseo marítimo. Todo recuerda el “glamour” de los años 20.

Lo más destacado y representativo de esta localidad es el Pier, una plataforma de madera, característica de los antiguos balnearios ingleses, que se introduce en el mar unos 700 m, sostenida por pilares. Nos adentramos por ella, disfrutando del paseo y del animado ambiente de esta turística ciudad. Al final de la plataforma un edificio que parece un gran kiosco alberga una sala de juegos con máquinas tragaperras. A su alrededor hay bancos que dan la posibilidad de sentarse y contemplar el mar. Como todo en la ciudad, recuerda la “Belle Époque”

Metemos alguna moneda para probar suerte, pero únicamente conseguimos tickets que al parecer se canjean en otros puestos a la entrada del Pier. Se los regalamos a una niña, que ya tiene algunos en la mano, e iniciamos el regreso.

Cuando llegamos a la granja está atardeciendo. Es una hora muy agradable para estar fuera o mirar desde los grandes ventanales. Hoy será más lo segundo porque toca hacer maletas. Después nos reunimos ante el ventanal de la cocina para disfrutar juntos de nuestra última cena en Gales.

 

DÍA 12- MARTES 13 AGOSTO:  DINAS FARM – CHESTER – AEROPUERTO DE LIVERPOOL – AEROPUERTO DE MÁLAGA- ANTEQUERA (153 + 45Km)

Mientras terminamos de recoger y preparar el equipaje, Javier se va al taller a cambiar la rueda al coche. No tarda nada en volver. Realmente han cumplido su palabra y no hemos tenido que retrasar nuestros planes ni siquiera un poco. Pronto tenemos que dejar la granja en la que tan a gusto hemos estado y partimos con todo el equipaje hacia Chester, el lugar elegido para pasar la mañana antes de continuar hacia el aeropuerto. Nuestro vuelo no sale hasta las 18:40.

Al llegar a Chester intentamos buscar un aparcamiento céntrico para dejar el coche cargado. Vemos que hay uno en un Tesco y hacia allí nos dirigimos guiados por el Google Maps. Pero no es al aire libre, como en todos los que hemos visto en esta cadena de supermercados, es un parking cubierto y únicamente está permitido aparcar a los clientes. Además, lo controlan con un sofisticado sistema. Hay que escanear el ticket de la compra para obtener el de salida y, no sólo eso, hay un mínimo de gasto. Como ya nos vamos, no tenemos nada que comprar y no está permitido pagar de otro modo, así que nos marchamos a buscar otro lugar.

Lo encontramos gracias al Google Maps y nos vemos inmersos en uno de los aparcamientos cubiertos más complicados que he visto en mi vida, el Princess Street Car Park, tan estrecho que cada esquina tenemos que maniobrar. Como nuestro coche es muy grande, se convierte en una verdadera odisea y cuando por fin conseguimos aparcar, nuestro conductor recibe un aplauso espontáneo de todos nosotros.

Llegar desde aquí hasta el centro de la ciudad es muy sencillo. Estamos mucho más cerca de lo que pensábamos y en unos cuantos pasos estamos en la plaza del ayuntamiento, en cuyos bajos podemos ver la oficina de Información y turismo. Pensamos en pasar a por un plano de la ciudad, pero finalmente decidimos seguir con el Google Maps y la información que ya traíamos de casa. Hay bastante gente.

Aunque desde la plaza ya se pueden ver algunas de las casas de entramado de madera tan abundantes en esta ciudad, no les dedicamos tiempo ahora porque queremos comenzar con la visita a la catedral.

Forma parte de un antiguo monasterio benedictino y el acceso lo realizamos a través de uno de los claustros, en los que podemos ver de vez en cuando alguna original escultura sobre al tema de la contaminación del mar. En una de las salas hay una exposición temporal de Lego con esta temática, pero el acceso es de pago.

Cuando por fin accedemos a la nave central de la catedral, su tamaño impresiona, hay una gran zona diáfana al final de la nave. Únicamente hay bancos en el tramo central, comprendido entre el Altar Mayor y la impresionante sillería del coro. Esta, junto a la elaborada decoración del techo, es uno de los elementos más destacados de la iglesia.

Llaman nuestra atención unas grandes figuras, de tonalidad oscura, situadas en uno de los pasillos laterales, que representan un nacimiento y a los Reyes Magos. Parecen estar hechas de hojas de palma o de alguna otra planta.

De nuevo en el claustro, en el que confluyen el resto de salas del antiguo monasterio, nos dirigimos a la cafetería, instalada en una de estas salas góticas. No deja de ser curiosa y, desde luego, elegante. Desde allí regresamos al claustro para dirigirnos a la salida, pasando antes por la tienda de recuerdos que nos entretiene un rato.

Ahora sí, ahora toca callejear y simplemente disfrutar del encanto de las calles de esta ciudad que tan bien reflejan su pasado, conservando el estilo de sus fachadas. Recorremos todo el centro, saboreando lo que vemos y el ambiente callejero, con músicos que actúan en la calle, turistas, transeúntes haciendo sus compras, etc… Así hasta que vemos necesario sentarnos a comer para poder salir a una hora prudente hacia el aeropuerto.

Luego toca sacar el coche del estrecho parking y poner rumbo al aeropuerto de Liverpool, pasando de nuevo por el Mersey Gateway Bridge, esta vez con la tranquilidad de saberlo pagado.

Al llegar a la empresa de alquiler, prácticamente nos lo quitan de las manos, tienen prisa, parece ser que pronto lo han de entregar a otros clientes y van corriendo a lavarlo. Todo es muy rápido y enseguida estamos ante el control policial, que cruzamos sin dificultad, pasando a las salas de embarque del aeropuerto.

Nos instalamos en un rinconcito que tiene mesas con enchufes para conectar el móvil y, mientras unos permanecen allí, otros vamos a comprar agua, al baño, a estirar las piernas… siempre por turnos. Regresando de uno de esos paseos, concretamente para buscar galletas de mantequilla que llevar a casa, Javi, Bego y yo vemos que han cubierto con un biombo el rincón en el que hemos dejado al resto. El equipo médico está alrededor. Menos mal que antes de que llegáramos a alarmarnos del todo, aparece Javier desde atrás, contándonos que un señor se ha desvanecido justo delante de ellos y ha tenido que ir a buscar ayuda. Ahora están atendiéndolo y no queremos pasar a por nuestro equipaje, que está detrás, para no molestar.

Poco a poco parece que se va recuperando y recogen el montaje alrededor. Nosotros también debemos ir a la puerta de embarque porque ya aparece en la pantalla. Por lo que vemos en la cola, este año vamos a tener suerte y por primera vez, regresaremos desde Reino Unido sin borracheras o despedidas de soltero/a en el vuelo.

Al llegar a Málaga, debemos esperar a un segundo viaje del minibús que nos llevará al aparcamiento de larga estancia en el que tenemos el coche. Son casi las 11 de la noche. Por suerte, días antes de partir, cambiamos de idea respecto a regresar de “un tirón” hasta Alicante y tenemos reservadas habitaciones en un hotel de carretera cerca de aquí, en las proximidades de Antequera. El lugar no es “para echar cohetes” pero está limpio y tiene aire acondicionado. Después de una buena ducha, la cama se acoge con muchas ganas, agradeciendo la oportunidad de descansar.

 

DÍA 13- MIÉRCOLES 14 AGOSTO:  ANTEQUERA – ALICANTE (442 Km)

Nos levantamos sin prisa, recogemos y bajamos a desayunar. Habíamos leído que el desayuno aquí era muy bueno. Pero lo que no esperábamos es que todos los autobuses turísticos de la zona pararan aquí a sus clientes a desayunar. Está a tope. Decidimos cargar el equipaje y continuar hasta la siguiente área de servicio.

La encontramos unos kilómetros más adelante (37°01’21.1″N 4°23’28.1″W) y ahí si tenemos una mesa en la sombreada terraza junto al jardín, para nosotros solos. Las tostadas y el café con leche nos saben a gloria y el regreso a partir de aquí se torna festivo, con canciones y ambiente muy animado en el coche.

La siguiente parada la hacemos en el centro comercial Nueva Condomina de Murcia para visitar la tienda Xiaomi, tenemos un móvil por reponer. Aprovechamos para comer allí y es inevitable comentar todo lo vivido y recordar anécdotas que nos hacen volver a disfrutar, está vez con los recuerdos.