Irlanda

INTRODUCCIÓN

Este viaje lo hemos realizado con nuestros hijos de 23 y 20 años en agosto de 2018. Hemos volado Alicante-Belfast y desde allí hemos continuado, con un Kia Sportage de alquiler, un recorrido de once días por las dos Irlandas.

Hemos realizado un trayecto de aproximadamente 2300 Km, priorizando la costa suroeste de Irlanda y la de Irlanda del Norte. Con una corta visita a Dublín y a Belfast.

   

AGRADECIMIENTOS

Una vez más nuestro agradecimiento a todas las personas que comparten sus experiencias a través de Internet. Para nosotros son de valor incalculable ya que su información nos resulta mucho más útil que cualquier guía de viajes. Su ejemplo nos invita a compartir también las nuestras.

Especialmente, en esta ocasión, tenemos que agradecer el relato de Koldos y Eva V. del foro de AC Pasión y Viajar en Autocaravana.

 

PROYECTANDO EL VIAJE

Se acercaba el verano y no teníamos nada planeado. El viaje a Escocia del año pasado dejó el listón muy alto, y algunas cosas en el tintero que no pudimos llegar a ver por falta de tiempo. Barajábamos regresar, pero llevábamos tiempo buscando vuelos que se ajustaran al horario de alquiler de las autocaravanas y no lo conseguíamos. Así comenzamos a pensar en la posibilidad de ir a Irlanda.

Nos gustaba porque lo veíamos un país similar a Escocia que quizá podríamos recorrer también con una autocaravana de alquiler. Pero no lo teníamos muy claro, sobre todo por desconocimiento. Pensábamos que no podríamos evitar comparar y que saldría perdiendo, que quizá ofrecería menos, que sería más agrícola y civilizado, haciéndose aburrido. Pero, mientras buscábamos autocaravanas de alquiler, comenzamos también a leer relatos sobre Irlanda, descubriendo así la existencia de lugares tan interesantes como los acantilados de Moher, el anillo de Kerry o la Calzada del Gigante. Pronto teníamos el Google Maps llenito de estrellas amarillas, que además alternaban lugares naturales con castillos, restos prehistóricos y una gran variedad de lugares históricos de interés.

El viaje comenzaba a ilusionarnos y tomar forma en nuestras mentes, por eso, quedamos un poco decepcionados al no encontrar autocaravanas de alquiler disponibles. La suerte fue descubrir que alojarse en Irlanda es bastante más fácil que en las tierras altas de Escocia, porque hay mayor abundancia de casas de alquiler. Poco a poco fuimos trazando un plan B, buscando que la ruta se pareciera lo más posible a la que haríamos en AC, avanzando mientras visitábamos los lugares de interés y retrocediendo lo mínimo. Decidimos estancias cortas, moviéndonos con frecuencia y haciendo de la etapa de traslado un día más de visita turística.

Teniendo en cuenta que nuestros hijos ya son adultos, moverse de un lado a otro, aun con el equipaje, no acarrearía dificultad alguna.

Establecer los sitios en los que nos alojaríamos dependería de las estrellas marcadas en el Google Maps como lugares de interés a partir de los relatos leídos, intentando abarcar lo más posible sin alejarnos mucho. Y el punto de partida lo determinaría el vuelo más barato, en este caso Belfast. Esto nos hizo incluir Irlanda del Norte en el itinerario que en un principio habíamos desechado por parecernos demasiado en tan pocos días. Fue un gran acierto ya que este acabó siendo uno de los puntos fuertes del viaje, acrecentado por la posibilidad de recorrer los escenarios de rodaje de Juego de Tronos.

 

PREPARATIVOS

Los vuelos los reservamos en la página de Ryanair después de una búsqueda previa en Skyscanner para tantear los más económicos. Buscamos desde todos los aeropuertos cercanos, a cualquier ciudad de Irlanda. Finalmente elegimos un Alicante-Belfast que nos permitía una estancia de once días, con buen horario de ida y vuelta.

Como siempre, nuestro único extra fue reservar asientos, dos en una fila y otros dos justo detrás. La maleta en ese momento (agosto 2018) irá directamente a la bodega, de modo gratuito, por política de la compañía (Más detalles en el blog)

Antes de comprar los vuelos miramos los coches de alquiler para asegurarnos disponibilidad a buen precio.

El coche de alquiler lo reservamos a través de la página Vehicle Rent, concretamente de la compañía Sixt, con oficina en el aeropuerto Internacional de Belfast (a una cierta distancia que hacía necesario el uso de una furgoneta de la misma empresa que se encargaba de la recogida de pasajeros en la puerta de la terminal). Al llegar nos ofrecieron información turística de la zona y pagamos a través de ellos el peaje de entrada y salida a Dublín que nos preocupaba especialmente, porque el sistema de pago telemático se realiza a partir de la matrícula y el coche no está a nuestro nombre. Ellos se encargaron. Intentaron también añadirnos más seguros y extras pero no aceptamos la oferta.

Los alojamientos, todos apartamentos o viviendas completas, los reservamos a través de Booking y de Airbnb, ambas con flexibilidad de reserva en cuanto a número de días. El criterio predominante: la ubicación y el precio más bajo posible dentro de una valoración aceptable por parte de los clientes. Además, valoramos positivamente el disponer de wifi, aparcamiento y, en la medida de lo posible, camas para todos, sin necesidad de utilizar sofá-cama que no siempre resulta cómodo.

Como el vuelo llegaba a las 9,30 decidimos desplazarnos el primer día a la zona más lejana que pensábamos visitar e ir subiendo en días sucesivos para acabar en Irlanda del Norte. En base a eso, organizamos la reserva de alojamientos.

  • Para las dos primeras noches reservamos con Airbnb la casa Cosy Clohanes, de una sola planta, independiente, con aparcamiento y jardín. Ubicada en la zona de Clare, en la costa oeste, muy cerca de los acantilados. Fue la única vivienda en el viaje sin wifi pero, al poder disponer de Internet en el móvil y ser sólo para dos noches, no resultó un problema. En cambio, disponíamos de tres dormitorios. Incluía desayuno que el propietario dejó en la nevera. Fue el único alojamiento en el que tuvimos que encender la calefacción por la noche ya que al estar cerca de la costa y aislado de vecinos, se enfriaba al caer la tarde. Pero eso permitía tener las ventanas sin cortinas. Estaban siempre abiertas y podíamos disfrutar de los atardeceres como si estuviéramos en la autocaravana. La llegada fue muy sencilla porque las llaves estaban en una caja con una clave y no vimos al propietario hasta el día de marcharnos.
  • La segunda vivienda fue un apartamento en la residencia universitaria Manor West Kings Court Apartments de Tralee que encontramos a través de Booking, en el que estuvimos tres noches. Disponía de aparcamiento y wifi. Para agilizar la llegada también disponía de una caja con clave de acceso en la que estaban las llaves. Era enorme. Disponíamos de cuatro dormitorios dobles con baño, además de la cocina-comedor. Además, estaba al lado de una zona comercial con un gran Tesco que nos venía fenomenal para comprar provisiones.

 

  • La tercera estancia fue por una sola noche en el apartamento Hotel St George by theKeyCollection en Dublín, lo suficientemente céntrico como para poder llegar a todas partes caminando. Tenía wifi, pero no parking y la recepción era en un hotel cercano. Encontramos un parking cerrado en las proximidades en el que dejamos el coche todo el día y quedó solucionado. El apartamento, aunque pequeño, estaba muy bien equipado y decorado con buen gusto. Esta vez con sofá cama para los jóvenes, pero confortable.

 

  • Por último, en Irlanda del Norte elegimos una vivienda de Airbnb en Coleraine, por su proximidad a la costa norte que era el punto fuerte de las jornadas que pasaríamos allí. Se trataba de un garaje acondicionado como vivienda en la planta baja de una casona con mucho espacio alrededor. Estaba decorado con buen gusto, aunque a veces me faltaba luz por que las ventanas eran las puertas, enormes y acristaladas y, por intimidad, había que cerrar las cortinas. Los jóvenes tuvieron que dormir en un sofá-cama, pero muy nuevo y cómodo. A la dueña casi no la vimos. En cambio, dos perros nos recibían cada día con mucha alegría. Disponía de aparcamiento y wifi.

Respecto al seguro médico solicitamos la Tarjeta Sanitaria Europea en las oficinas del INSS, antes de partir. Además, contratamos un seguro privado que incluía cancelación (¡ojo! Hay que contratarlo al alquilar el coche, las casas o comprar el vuelo porque después de varios días ya no es posible contratar este servicio). Además de los motivos habituales para contratar un seguro, sobre todo si hay pagos por adelantado como los vuelos, pensamos que era recomendable en esta ocasión porque se anunciaban huelgas y retrasos durante este verano (Aunque nos dejaron claro que las huelgas no las cubría el seguro, pero quizá sí algunas cancelaciones derivadas de este posible retraso). Además, coincidía que nuestros dos últimos vuelos en este año (Pisa y Budapest) habían sufrido retrasos importantes. Concretamente contratamos el “Totaltravel mini” de Intermundial Seguros

 

Respecto a la información turística, la mayor fuente de información fueron los relatos leídos. A partir de ellos elaboramos una especie de hoja de ruta, muy informal, en la que anotamos lugares de interés en las proximidades al sitio en el que dormiríamos cada noche o a lo largo del recorrido de desplazamiento de un alojamiento a otro (anotando siempre de más por si fuera necesario). Además, todos ellos estaban marcados con estrellas en el Google Maps que fue nuestro mayor apoyo en el viaje.

Luego, para cada día, teníamos elegido un lugar “imprescindible” en base a los comentarios leídos y a la información que íbamos ampliando de las respectivas páginas web, tomando como punto de partida siempre la página de turismo de Irlanda. De la que además nos bajamos algunos folletos en PDF y solicitamos otros que recibimos por correo postal en casa.

Esos lugares “prioritarios fueron:

  • Los acantilados de Moher: Descubrimos que si comprabas las entradas por adelantado (incluyendo parking) y con horario de visita antes de las 11 y después de las 16h, eran más baratas. Como queríamos ver atardecer (o al menos verlos iluminados por la luz de la tarde) elegimos entradas para después de las 16h. Todo salió perfecto.
  • Península de Dingle, con especial interés en el Connor Pass y la carretera panorámica R559.
  • Anillo de Kerry, con dos puntos fuertes: La N71 desde Killarney a Molls Gap y la Skelling Ring.
  • Rock of Cashel Esta visita es gratuita con la Heritage card. (Nosotros no la adquirimos).
  • Dublín. Recorrido por la ciudad que incluyera el Temple Bar, el Trinity College y las dos catedrales.
  • Calzada del Gigante. Gestionado por National Trush. Gratuito para miembros de la asociación.
  • Todos los escenarios de Juego de tronos en la costa y, más la interior, The Dark Hedges.
  • Carrick-a-rede rope bridge. Gestionado por National Trush. Gratuito para miembros de la asociación.
  • Glasgow. Especial interés en el Muro de la paz y el Museo del Titanic.

Hubo que dejar muchos sitios sin visitar, entre ellos Connemara y a la ciudad de Galway. También muchas construcciones de interés histórico que sabíamos que era imposible poder abarcar. Por ello intentamos elegir una construcción de cada tipo o periodo, por ejemplo, Rock of Cashel como castillo-abadía, el círculo de piedras de Kenmare, el dolmen de Poulnabrone, el fuerte Staige Stone Fort, el el Gallarus Oratory… intentando tener una visión variada. He de reconocer que entre los que tuvimos que dejar,  uno de los que más despertaban mi curiosidad eran las necrópolis Brú na Bóinne y Newgrange, pero habíamos leído que era necesaria cita previa y eran visitas guiadas. No nos encajaba en la jornada en la que pasaríamos por allí, durante nuestro desplazamiento hacia Irlanda del Norte desde Dublín.

Para los escenarios de Juego de Tronos bajamos una aplicación para el móvil que  ubica los escenarios en el mapa, ofreciendo información sobre la escena allí filmada (vídeo y/o fotos). La localicé en la página de turismo de Irlanda del Norte.

Consultamos la posibilidad de realizar algún Free Tour en las capitales y encontramos al menos dos empresas que los hacían, pero para Dublín lo descartamos de inmediato. Por falta de tiempo preferíamos callejear. En Belfast también los había pero para un recorrido por el centro de la ciudad. A nosotros lo que más nos interesaba era la historia relativa al Muro de la Paz y sobre ese tema únicamente encontramos tours de pago en Inglés, así que finalmente no hicimos ninguno.

Algo parecido nos sucedió con la posibilidad de adquirir algún tipo de pase para la visita a monumentos. Al repartir el viaje entre dos países, con tan poco tiempo en cada uno de ellos, no visitaríamos suficientes lugares como para que la compra del pase fuera rentable. Hicimos los cálculos para la Heritage card en Irlanda y el National Trush en Irlanda del Norte. No compramos ninguno.

En papel llevábamos la GUÍA TOTAL ANAYA de Irlanda, un plano de Dublín y otro de Belfast conseguidos a través de la web la oficina de turismo del país, y el mapa de carretera Collins Ireland, escala 1:200.000, adquirido para la ocasión.

 

GASTOS

Una vez pagados los vuelos, los alojamientos y el coche de alquiler, los dos únicos gastos allí serían el gasoil (un poco más caro que en España) y la comida, comprada en los supermercados (más o menos al mismo precio que aquí).

El único peaje fue el de la entrada a Dublín que pagamos en la empresa de alquiler del coche por adelantado. Habíamos estado mirando en la web y nos parecía muy complicado al ser un tele-peaje.

En cuanto a gastos de visitas, realmente sólo entramos al conjunto histórico de Rock of Cashel, pero tres de los parajes naturales más importantes y turísticos de la isla se visitan previo pago. Esto es algo que no sucede en Escocia y que nos resultó un poco extraño ¿Pagar por visitar un acantilado? Así fue, por tres veces, en ambos países, Acantilados de Moher, Calzada del Gigante y Carrick-a-rede rope bridge.

El cambio a libras esterlinas lo hicimos en España antes de partir. Llevábamos una pequeña cantidad en efectivo y el resto lo pagamos con tarjeta.

EL VIAJE DÍA A DÍA

 

DÍA 1- MARTES 7 AGOSTO: ALICANTE – AEROPUERTO DE BELFAST – CLOHANES (408 Km)

Conseguido el propósito de no facturar, a las 6 de la mañana llegamos al aeropuerto de Alicante  con nuestras cuatro maletas de mano y las repletas mochilas. Pasar el control policial no plantea ningún problema y pronto estamos en la sala de espera dando buena cuenta de un café y unos croissants. La salida puntual del vuelo a Belfast a las 8 de la mañana es en sí un logro para nosotros, ya que en nuestros dos últimos viajes hemos sufrido retrasos de 3 y 4 horas y con el anuncio de huelgas para este verano, veníamos un poco temerosos.

El vuelo transcurre sin incidentes, cada cual entretenido con sus lecturas, películas y/o música y, poco después de las 10 estamos en la puerta del aeropuerto de Belfast buscando los autobuses azules que nos deben llevar hasta la empresa de alquiler en la que tenemos reservado un vehículo. Se hacen un poco de rogar y acabamos teniendo que llamarles por teléfono. Ya en la oficina, Javier y Andrea entran a realizar las gestiones oportunas mientras Javi y yo esperamos en la puerta con las maletas. El primer cambio importante es que hace frío, casi lo agradecemos, pero tardan tanto que terminamos buscando algo de resguardo. Les ha tocado un eficientísimo vendedor que les ofrece de todo, hasta información turística de la zona, y consigue que, pagando un pequeño importe extra, se lleven un coche mayor al reservado inicialmente. Lo intenta también con un seguro a todo riesgo, pero ahí no consigue nada. Finalmente, después de las 11 nos ponemos en camino, no sin antes repetirnos el «mantra» que vendrá siendo habitual, en cada cruce, en los próximos días: “por la izquierda”. Mi papel de copiloto en estas primeras horas, en un país distinto y con la conducción al revés, es esencial. No me puedo distraer ni un minuto del Google Maps y de las señales y cruces para ayudar a Javier en la conducción. Esto será cada vez menos necesario.

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Apenas llevamos unos kilómetros cuando comenzamos a tener hambre, el madrugón va haciendo mella. Los pasajeros de atrás van comiéndose unos bocadillos que traemos de casa, pero hemos de detenernos brevemente en una zona de descanso de la autopista para que podamos tomarlo Javier y yo. Es una parada muy corta. Todavía no estamos cansados.

Los planes para hoy son cruzar el país hasta nuestro alojamiento en la costa oeste de Irlanda, en la región de Clare, y si la jornada lo permite, parar a hacer alguna visita que nos venga al paso para hacer ya útil este primer día. Pero la primera dificultad que encontramos es que las carreteras no cunden y en esta dirección suroeste no hay ninguna autopista ni vía principal. Vamos pasando de una a otra, a veces por carreteras regionales e incluso nos vemos en algún apuro cuando el Google Maps, por atajar un pueblo, nos mete por caminos rurales de un solo carril entre casas particulares y granjas. Desde ese momento decidimos no seguir ciegamente el navegador y elegir nosotros la carretera, a veces con algo más de rodeo, pero también con mayor calidad.

Así pues, con la sensación de estar avanzando muy poco, vemos que se acerca la hora de comer, llovizna y estamos todavía bastante alejados de nuestro destino. Decidimos buscar una gasolinera o algo similar para descansar un poco (estamos en carreteras donde un área de descanso es impensable) y tenemos la suerte de elegir una que dispone de supermercado con zona para comer, en las proximidades de Ballymahon. No tenemos que pensarlo mucho. Nos quedamos a comer aquí. Resulta una sabia decisión y elegimos una especie de fajitas que están buenísimas, terminando con un café y unos tradicionales muffins. Tras la comida, el descanso y el repostaje nos ponemos en marcha, habiendo decidido ir directos a la casa. Realmente estamos cansados y con pocas ganas de visitar nada.

El viaje continúa tranquilo, con pocas incidencias que narrar y la carretera mejora bastante a partir de Athlone. A media tarde llegamos a nuestro destino. Una casa tradicional de una sola planta con terreno alrededor y vacas a la vista, en una zona llana muy próxima a la costa. Al llamar al propietario nos indica que las llaves están en una caja de seguridad y nos proporciona el código. La casa, luminosa y con mucho espacio, dispone de dos salones y tres dormitorios por lo que nos acomodamos sin estrechez alguna. Después, tras repasar las provisiones que han dejado para nosotros en la nevera, preparamos la lista de la compra para los próximos dos días que pasaremos aquí y nos dirigimos al Tesco más cercano que ya teníamos localizado. En el camino, que va paralelo a la costa, bordeamos un campo de golf que pertenece a las empresas de Trump, todo lujo.

Disfrutamos de comprar todas las cosas novedosas que nos apetecen y nos disponemos a regresar, pero al pasar con el coche por Kilkee, la bella imagen de la tormenta aproximándose sobre la playa en la que ya está atardeciendo, nos hace detenernos a robar unas cuantas fotos. La agradable luz de los largos atardeceres de verano nos acompaña incluso en la cena a través de los grandes ventanales del comedor de nuestra casa aquí.

La verdad es que en los dos días que pasamos, no cerramos ni una sola vez las cortinas, la tranquilidad del entorno y la casi ausencia de vehículos por la carretera cercana, lo hacen innecesario. Terminada la cena, para nuestro regocijo, teniendo en cuenta que hemos salido de Alicante en días en los que la temperatura ha rozado los 40º ¡hemos de encender la calefacción! Javi se atrinchera en el sofá envuelto en una mantita mientras la habitación se caldea.

 

DÍA 2- MIÉRCOLES 8 AGOSTO: BLACK HEAD -ACANTILADOS DE MOHER – ALOJAMIENTO EN CLAIRE (149 Km)

Ayer durante la sobremesa de la cena decidimos cambiar los planes para el día de hoy y dejar para otro viaje el Parque Nacional de Connemara. El motivo es muy simple: hemos alquilado la casa un poco lejos de esa zona y, en vista de lo poco que cunden los kilómetros, tememos pasarnos el día dentro del coche, cosa que ya hicimos en la jornada de ayer. No estamos dispuestos a repetir, nos apetece más “patear” el país. Sólo una cosa tenemos clara, la tarde terminará en los Acantilados de Moher porque anoche compramos las entradas.

Con esta decisión salimos de casa. En el maletero, como cada día a partir de hoy, las zapatillas de montaña, los impermeables y diferentes provisiones que incluyen unos bocatas. Es lo más parecido a viajar en una AC que podemos conseguir con un coche. Hemos improvisado una «neverita de camping» comprando una bolsa para congelados y bolsas para hacer cubitos de hielo. Eso nos permitirá cada día llevar alguna bebida fresca y, en los días de traslado, llevar en mejores condiciones la comida que pueda quedar (casi siempre poca ya que la compramos ajustada a los días).

Salimos por la carretera de la costa que pasa por nuestra misma puerta y que no es otra que la famosa Ruta Costera del Atlántico, pero vamos en sentido contrario al que fuimos ayer. Hoy hacia el norte. La primera parada llega muy pronto y no estaba prevista en absoluto. El nombre Spanish Point nos llama la atención, así como las indicaciones de que es un lugar turístico dentro de la Wild Atlantic Way, y allí nos dirigimos. Dejamos por un momento la N67 para continuar por la R482. No tardamos mucho en sentirnos atraídos por una preciosa y enorme playa (hay marea baja) rodeada al fondo por acantilados y, al ver un parking junto a ella, nos animamos a parar (52°50’32.4″N 9°25’56.0″W). Está además equipado con aseos y duchas para bañistas, gratuitos y en muy buenas condiciones (algo que se irá repitiendo por todo el país). Tiene incluso mesitas de picnic, pero eso sí, amigos caravanistas, el acceso tiene la famosa barra limitadora de altura que también se repite con frecuencia en el país. Creo que es lo que menos nos ha gustado de Irlanda, esa manía de negar el acceso de autocaravanas a casi todos los miradores y aparcamientos. Podemos entender los famosos carteles de “No overnigh” que encontrábamos frecuentemente en Escocia el año pasado y que respetábamos al 100% pero, de haber conseguido alquilar aquí una AC, como era nuestro plan inicial, hubiéramos tenido dificultades para parar en muchos de los sitios en los que lo hemos hecho, ya no para dormir, simplemente para descansar o ver el paisaje.

Pasamos un buen rato recorriendo la playa, haciendo fotos, viendo a los surfistas… y una placa conmemorativa nos lleva a descubrir el porqué de ese nombre. Cito textualmente el párrafo que aparece en la página de turismo de Irlanda sobre el tema: “Si hay un enclave irlandés en el que se perciba la huella española a primera vista ése, sin duda, es Spanish Point, Condado de Clare, al sur de los acantilados de Moher. Aquí, donde un monolito inaugurado por Su Majestad don Juan Carlos I en 1988 recuerda el naufragio del San Esteban y el San Marcos, late la leyenda, ésa que los autóctonos recuerdan al referirse a Tuama na Spainteach (“la tumba de los españoles”). Se trata de un bello jirón de costa donde la tradición asegura están enterrados los náufragos de esos dos barcos, ajusticiados sin clemencia por Boetius Clancy, representante de la corona inglesa en Clare”. Estamos hablando de dos navíos que formaban parte de la llamada Armada Invencible que naufragaron en estas costas en el año 1588 (según reza la placa conmemorativa).

Felices con tan bella forma de comenzar la jornada y de disfrutar de este espectacular clima fresquito, seguimos nuestra ruta hacia el norte, ya por la N67. Pasamos de largo el desvío hacia los Acantilados de Moher por la carretera más cercana a la costa, la R478, ya que esa será esta tarde nuestra ruta de regreso e iniciamos lo que será un recorrido circular. Atravesamos Lisdoonvarna sin detenernos. Habíamos leído que en su establecimiento llamado: The Burren Smokehouse se podían adquirir algunas delicatessen de salmón. Pero los autobuses en la puerta y los enormes grupos de gente que descienden de ellos nos hacen desistir. Al fin y al cabo, pensamos, solo es una tienda.

Estamos adentrándonos en la zona del Burren y aunque no tenemos planeado llegar al centro de visitantes, ni hacer una ruta, si tenemos ocasión a lo largo del día de observar las curiosas formaciones rocosas que se ven tanto en las colinas de interior, como junto al mar. Es un paisaje pedregoso que ocupa una gran extensión de terreno y una pequeña parte se ha designado Parque Natural.

En esta región la presencia del hombre se remonta al Neolítico, 3.800 A.C. Los indicios de estos primeros asentamientos humanos quedan patentes en varios yacimientos arqueológicos. De estos, los más llamativos son los dólmenes y las tumbas megalíticas. Y uno de ellos es nuestro siguiente destino de hoy, el dolmen de Poulnabrone.

Poco antes de llegar a Ballyvaughan, dejamos de nuevo la N 67 y nos adentramos por la R480, cada vez más inmersos en este curioso paisaje, árido y rocoso. La carretera es de un solo carril y muy estrecha en algunas zonas. Esto es algo que nos encontramos a diario y nos llama la atención porque en Escocia las carreteras de este tipo tenían frecuentes “apartaderos” que te daban gran tranquilidad. Aquí no hay ni uno, los coches en sentido contrario (menos mal que no son frecuentes) pasan apretaditos, quizá parando o ralentizando, pero pasan poniéndome “de los nervios”. En más de una ocasión hemos de dar marcha atrás.

Finalmente llegamos al aparcamiento gratuito, habilitado muy cerca del monumento megalítico, que se ve nada más llegar porque está en lo alto de una pequeña colina. Lo primero que hacemos al bajar del coche, es entablar conversación con un chico que tiene allí montado un puesto muy sencillo en el que vende creaciones que él mismo elabora, basadas, sobre todo, en símbolos de la cultura celta. Charlamos un rato con él, sorprendentemente en español, porque al parecer ha vivido en Valencia. Está tallando en este momento un colgante con una serie de muescas lineales y, al preguntarle, nos cuenta que está escribiendo el nombre del cliente con las letras del alfabeto Ogham, empleado por los celtas de Irlanda. Investigando más sobre el tema hemos descubierto que consta de 25 letras representadas por trazos rectos o diagonales en número variable de uno a cinco, dibujados o grabados encima, debajo o transversales en una línea. Él lo está haciendo en una línea vertical, creando un colgante alargado. Antes de marcharnos nos regala su tarjeta en la que aparece este alfabeto completo. Es todo un personaje.

En el sendero que lleva hasta el menhir hay paneles explicativos tanto sobre el proceso de formación del paisaje del Burren como del periodo en el que fue construido el monumento prehistórico. Está situado en alto, rodeado por un cordón para evitar que nos acerquemos en exceso, pero se puede ver y fotografiar fácilmente. Sólo hay que esquivar a los turistas que, como nosotros deambulan por allí. Tan interesante como el propio menhir es el entorno en el que está ubicado que permite realizar fotos muy originales. Además, ha cesado la lluvia y hay una luz muy bonita.

Cuando quedamos satisfechos con la visita, regresamos al coche y poco a poco deshacemos el estrecho camino hasta tomar de nuevo la N67 justo donde la habíamos dejado. A la subida habíamos visto un pequeño mirador en el que había gente disfrutando de otra imagen del Burren y también nosotros paramos unos minutos a hacer lo propio.

De nuevo en la carretera, atravesamos Ballyvaughan, pasando de largo una gasolinera a la que acabaremos por regresar. Se acerca la hora de comer y vamos buscando un lugar adecuado para ello. En este punto no tenemos muy claro si iniciar el regreso por la costa hacia los acantilados de Moher o continuar hacia el norte en dirección a Galway, o incluso visitarla. En principio decidimos seguir ya que el tramo de carretera hasta esta ciudad va muy cerca de la accidentada costa y pensamos que puede ofrecer bonitos rincones, pero siguiendo las indicaciones a una cafetería-restaurante nos metemos por una carreterita secundaria de un solo carril, que además va justo al lado del mar y está muy transitada por peatones paseando. Rodea una pequeña península, pasando por Flaggy Shore, Furbo y Finavarra. Por un momento da bastante agobio porque comenzamos a pensar que nos hemos metido en un callejón sin salida por eso, sin haber hallado el restaurante por ninguna parte, decidimos regresar a la gasolinera (no hay otra en muchos kilómetros) para usar los baños y así ya solo buscar algún merendero para tomar nuestros bocadillos.

Así lo hacemos, cambiando el rumbo hacia el oeste. Encontramos un bonito lugar con mesitas al lado del mar, ya en la R477 (53°07’14.2″N 9°09’27.9″W). Aparcamos junto a varias autocaravanas, ya que en este parking no hay barra limitadora de altura, pero poco a poco se van marchando.

Terminada la comida, continuamos por la R477 hasta el cabo Black Head, totalmente inmersos en el paisaje del Burren Atlántico. La carretera va todo el rato bordeando el mar y varias peculiaridades nos llaman la atención. Es muy estrecha y sin arcén alguno y no hay miradores o aparcamientos ni algún lugar similar para poder parar a disfrutar del paisaje. Bueno, hay uno pequeño, pasado el faro, que incluye una parada de Bus (53°08’26.0″N 9°16’34.0″W). Pues bien, en estas condiciones, si hay que parar, se para. Así, tal cual, ocupando un carril durante tramos a veces bastante largos, en los que si los coches que están circulando se encuentran a un vehículo de cara no pueden hacer otra cosa que regresar marcha atrás. Y es un tramo muy transitado por autobuses turísticos. La verdad es que esta “despreocupación” de aparcar “donde me viene en gana” la seguiremos viendo constantemente en estos días, dentro y fuera de los pueblos.

Como “donde fueres haz lo que vieres” aparcamos entre dos de ellos metiendo el coche lo más adentro posible por posibles arañazos (hay que recordar que no hemos contratado seguro a todo riesgo) y cruzando los dedos bajamos a hacer algunas fotos en el faro y más tarde en el mirador.

Como todavía no hemos tomado el café, al llegar a Doolin paramos a dar una vuelta y hacer lo propio. Para lo pequeño que es el pueblo hay bastante animación. Descubrimos que se debe a que es lugar de partida del ferry a las islas de Arán.  Tomamos unos capuchinos en una especie de tienda tradicional, que es a la vez cafetería, así que aprovechamos para echar un primer vistazo a la artesanía y recuerdos siempre con un marcado toque irlandés y terminamos comprando una tabla de cocina con una inscripción que, por la traducción, parece ser una bendición irlandesa para el hogar. Después damos un corto paseo por el pueblo, en el que a Andrea le ofrecen la oportunidad de dar unas manzanas a un burro que pasta tranquilamente tras un muro de piedra, después regresamos al coche. Ahora si ponemos rumbo a nuestro destino estrella de hoy: Los acantilados de Moher.

Como el aparcamiento está incluido en el precio, enseñamos las entradas que adquirimos anoche por internet y accedemos al recinto. Desde allí nos dirigimos al centro de visitantes pasando por delante de una fila de tiendecillas “camufladas” originalmente en la verde colina. Hacemos una breve parada para ir al baño y, provistos del plano de la zona, nos disponemos a iniciar el recorrido por la senda que parte a la derecha.

La primera imagen que tenemos de los acantilados es justamente la más fotografiada, la que uno tiene en mente cuando alguien los nombra. Hacerles fotos es fácil, lo difícil es hacer una foto contigo delante. Un alto muro de piedra rodea toda la zona para evitar accidentes y no es posible evitarlo en la imagen. Después de unas cuantas fotos continuamos por el sendero cuyas vistas continúan siendo espectaculares a lo largo de todo el trayecto. Una vez pasado el recinto “oficial” termina el muro de protección y caminas por un sendero sin valla alguna en el que la altura a la que te encuentras se hace más patente. Nosotros continuamos un buen rato disfrutando del paisaje e intentando capturar su belleza con la cámara, antes de regresar sobre nuestros pasos y tomar ahora la ruta hacia el sur (izquierda desde la entrada del recinto). Esta vez caminamos sobre la parte más conocida, primero tras el muro y de nuevo después por el sendero abierto, eso sí, sin acercarnos en exceso al borde que impone bastante. Llegamos a un punto en el que el viento arrecia y comienza a dar algo de miedo porque parece que te va a llevar. Satisfechos con lo visto, iniciamos el regreso.

En el camino de vuelta tenemos ocasión de llevarnos un buen susto con un señor que ha tenido la feliz idea de venir a este acantilado a hacer footing. Como la senda está bastante transitada por los turistas, nos esquiva pasando más cerca del borde y mira tú, que justo a nuestra altura, da un resbalón que nos pone “los pelos de punta” y no sólo a nosotros, sino a todos los que lo ven que dejan escapar alguna exclamación y mirada de estupor.

Al regresar al punto de partida no queremos marcharnos sin dar un último vistazo desde el mirador principal, ahora hay mucha menos gente que cuando hemos llegado y el centro de visitantes está cerrando sus puertas. La imagen es si cabe más bonita pues las rocas están iluminadas ahora con el sol que ya comienza a estar bajo. Nos hubiera encantado ver atardecer aquí, pero en estas latitudes el sol se pone muy tarde y todavía nos queda un pequeño trayecto hasta nuestra casa.

Así pues, damos por terminada la jornada y regresamos, completando en Lahinch la ruta circular que hemos iniciado esta mañana, tomando una vez más la N67 que nos lleva hasta la misma puerta de casa. Poco antes de llegar el cielo va cambiando de color y comienza a caer una buena cantidad de agua. Por algo está todo tan verde.

El día termina de nuevo con la mantita y la calefacción encendida ¡Como en Alicante!!

 

DÍA 3- JUEVES 9 AGOSTO: CLOHANES-KILKEE-ADARE-TRALEE (206 Km)

Hoy toca traslado, pero tenemos claro que no deja de ser un día de hacer turismo. Nos despedimos del propietario que ha venido a recoger las llaves y nos ponemos en camino con el maletero cargado.

La primera parada será muy cerca de casa. Queremos explorar un poco la bahía que captó nuestra atención la primera tarde aquí, en Kilkee. Aparcamos justo al lado del paseo de la costa y bajamos a la playa. Es una ensenada muy bonita con una forma que recuerda a la playa de la Concha de san Sebastián. La marea, como cada mañana, está baja, dejando ver una enorme franja de arena.

La recorremos paseando, dirigiéndonos hacia la izquierda ya que a lo lejos se aprecia una especie de malecón y queremos llegar a él. Cuando la playa termina, subimos a la acera que la rodea y llegamos a unos trampolines preparados para ser usados cuando la marea está alta (ahora sería imposible con las rocas que han quedado a la vista). Pronto termina la acera y, cuando estamos pensando si regresar a por el coche para llegar al malecón ya que se nos antoja peligroso caminar por esta estrecha carretera sin arcén y con muro a un lado y casas al otro, vemos que tras nosotros llega una señora en silla de ruedas, otra con un carrito de bebé y un perro. Cuando la acera termina, se limitan a bajar a la carretera ocupando un carril entero, entre todos ellos, y seguir adelante. Atónitos ante la escena que hace detener y cambiar la ruta esquivándolas a varios coches, decidimos seguirlas. “Donde fueres, haz lo que vieres”. Finalmente llegamos a un desvío que conduce hacia la derecha a un restaurante junto a las rocas. Lo que veíamos a lo lejos eran estas rocas que han quedado descubiertas por la bajada de la marea y se adentran bastante en el agua. La gente las utiliza para el baño ya que, con el descenso del nivel del mar, se forman piscinas naturales entre las rocas. Mas allá de este restaurante un sendero asciende hacia altos acantilados. Nosotros nos decidimos a adentrarnos mejor en las rocas y ver esta vez los acantilados desde abajo (ayer ya caminamos bastante por encima). Se puede llegar tan adentro por esta formación rocosa que casi parecerá que vemos la costa desde un barco.

Pero antes, no nos resistimos a una parada en esta cafetería-restaurante, llamada Diamond Rocks Cafe, para tomar nuestro primer capuchino del día. Está “a tope de gente” pero tenemos suerte y conseguimos mesa junto a los enormes ventanales. El ambiente es muy agradable y la comida tiene muy buena pinta, pero a Javier el capuchino se le “atraganta un poco”. En estos lares suelen dejar sobre la mesa un cestito con distintos tipos de azúcar y una jarrita con leche, pero además, en este hay sal y pimienta porque también sirven comida salada. Sin fijarse mucho, coge el salero, mira la S y piensa “sugar” y allá que se la echa en el capuchino. Por más que intenta quitarse “el mal trago” bebiendo del mío o comiendo algún dulce, no se podrá olvidar del salado capuchino en toda la mañana.

Terminado el tentempié matutino nos dedicamos a caminar hasta donde las rocas nos permiten, haciendo fotos y disfrutando del entorno en lo que está siendo una soleada mañana. Soleada, que no cálida. Estremece un poco ver a la gente bañándose. En cuanto salen, se cubren de arriba abajo con un albornoz.

Cuando nos damos por satisfechos iniciamos el regreso al coche, disfrutando de nuevas vistas de esta ensenada con el pueblo al fondo. Pasamos por el Tesco a comprar lo necesario para la comida de hoy y emprendemos el camino.

Ya en ruta, la parada a comer será junto a un lago con una curiosa isla en el centro que ya vimos el día de nuestra llegada aquí (52°42’53.7″N 9°16’09.7″W). Rara porque está totalmente cubierta por la copa de un árbol hasta el punto de que no está muy claro si hay isla o sólo árbol. Pasamos un rato divertido enviando fotos a nuestros amigos para que adivinen de qué se trata. Junto al lago hay un pequeño aparcamiento y una zona verde con unas mesas de picnic. Una de ellas, como un quiosco, está techada y eso nos permite comer protegidos ya que, como viene siendo habitual, no tarda nada en ponerse a llover.

Después de la comida, continuamos ruta hasta nuestro siguiente destino: Adare, una vez más dejando de lado ciudades de mayor relevancia y tamaño como Limerick. Poco antes de llegar a la ciudad, la autopista termina para dar paso a una sencilla carretera de un solo carril en cada sentido. Esto provoca retenciones y hace que nuestra entrada en la localidad sea casi una visita panorámica de los alrededores. A nuestra izquierda hay una enorme zona verde que probablemente formara parte de los terrenos del castillo o de la hermosa mansión que podemos ver más adelante, hoy convertida en un hotel de lujo con campo de golf. Se aprecian enormes árboles que invitan a adentrarse por los senderos y la puerta y camino de acceso a la mansión son impresionantes, incluido el mayordomo a la entrada. El Castillo de Desmond, del siglo XIII, permanece en esos terrenos, ubicado junto al río. Aunque parece semiderruido hemos leído que es visitable y así nos lo confirman más tarde en la oficina de turismo. Desde allí parten tours guiados al castillo y al conjunto de la ciudad, aunque nosotros no tenemos intención de coger ninguno, ni hubiéramos llegado a tiempo ya que es media tarde.

Un poco más adelante podemos ver a nuestra derecha una iglesia que luego identificaremos como la abadía de los Agustinos y enseguida llegamos a las primeras casas con techos tradicionales de paja sobre las que tanto hemos leído y que caracterizan esta localidad.

Aparcamos en la misma calle y vamos caminando a la oficina de turismo. No hay demasiada información escrita, pero conseguimos un plano y nos decidimos a comenzar la visita con la iglesia de la Santísima Trinidad, construida sobre un monasterio trinitario. Está justo al lado y pronto cerrará sus puertas. Frente a ella hay un bonito parque lindante a la enorme zona verde que rodea el hotel y nos invita a dar un paseo.

Luego continuamos por la calle principal para recorrer los “cottages” tradicionales y buscar los rincones más bonitos, pero enseguida damos la vuelta porque de continuar nos saldríamos del pueblo, que es bastante pequeño. Nos dirigimos ahora, dando un paseo, hasta la abadía de los Agustinos que vimos al llegar desde el coche. Está en un enorme prado verde algo alejada del centro. Nos adentramos en el recinto que parece incluir también una escuela, y entramos en la pequeña y solitaria iglesia de la que nos llaman la atención unos coloridos cojines cuadrados, bordados con diferentes motivos, puestos delante de los bancos para que los feligreses se arrodillen en ellos. Al salir, en la parte de atrás, vemos un pequeño claustro que visitamos sin tener muy claro si está permitido o no, ya que en todo el recorrido no vemos a nadie en la zona. Suponemos que será por la hora. Es media tarde y en este país la jornada ya se ha dado por terminada.

Regresamos luego al coche dispuestos a continuar ruta hasta Tralee, donde tenemos nuestro siguiente alojamiento. Las retenciones, una vez pasado este pueblo, se reducen y llegamos sin dificultad a la residencia universitaria en la que tenemos reservado el apartamento. La recepción está ya cerrada, pero nos han dejado las llaves en una caja de seguridad cuya contraseña nos han facilitado por e-mail. Todo sale según lo planeado y al entrar en el apartamento descubrimos con sorpresa que disponemos de cuatro habitaciones dobles con baño, además del salón y cocina. Decidimos aprovechar esta oportunidad y elegimos una habitación para cada uno, al fin y al cabo, sólo estaremos aquí dos noches.

Cuando estamos instalados, descubrimos que el apartamento carece de algún producto básico que si había en la otra casa (como estropajo) y decidimos ir a un Tesco que hemos visto aquí mismo. Podemos llegar caminando para estirar un poco las piernas después del viaje. Los jóvenes se quedan felices con la wifi. Decidimos sorprenderles comprando pasta fresca y diversas salsas con las que preparar la cena de hoy. Un guiño recuerdo de nuestro último viaje juntos a la Toscana.

Después de la agradable cena y de repasar la ruta de mañana, damos por terminada la velada.

 

DÍA 4- VIERNES 10 AGOSTO: TRALEE-PENINSULA DE DINGLE-FENIT-TRALEE (160 Km)

Comenzamos la mañana un poco “accidentada”. Al ir a hacerme el desayuno dejo la tostadora puesta y el microondas no va (anoche iba perfectamente). Como aquí cada enchufe tiene interruptor comienzo a probar, encender apagar, ver si hay algún interruptor general… Me doy cuenta de que también la tostadora está apagada y la nevera, pero las luces se encienden. En esas estoy cuando Javier sale mojado de la ducha envuelto en una toalla. El agua caliente ha dejado de salir. Prueba en la otra ducha y tampoco. En estas casas hemos visto una especie de bomba para el agua caliente, que funciona con electricidad. Todo parece estar relacionado, pero no encontramos un cuadro eléctrico por ninguna parte y la recepción está cerrada.  Cuando ha optado por secarse y vestirse sin haber podido enjuagarse, descubro un cuadro eléctrico sobre la puerta del comedor. Efectivamente hay un interruptor bajado. Después de pruebas y pruebas, constatamos que es la tostadora de pan la que lo hace saltar. Debe estar rota. Renunciamos al pan tostado y todo en orden. Javier puede terminar su ducha y yo mi desayuno. Pronto se unen a nosotros los jóvenes que no se han enterado de nada y nos preparamos para iniciar la ruta de hoy. Hemos decidido no perder tiempo esperando a que abran la recepción para pedir un cambio de tostadora. El tiempo es oro en un viaje y la tostadora no es esencial.

Hoy nos encaminamos a la península de Dingle, comenzando por la costa norte. Tomamos la N86 pero nos desviamos más tarde a la R560 para seguir por la costa. Tenemos intención de cruzar la península por el Connor Pass, prohibido para caravanas y autocaravanas. Alguna compensación teníamos que tener por no haber podido alquilarla este año. En cuanto dejamos la costa y las enormes playas, el paisaje nos va recordando cada vez más al valle de Glencoe en Escocia. Van desapareciendo viviendas y cercados para transformarse en verdes colinas. La carretera, como era de esperar, se va estrechando mucho, y sin “apartaderos” hay que estar muy atentos a los posibles vehículos que vengan de frente. Al menos sabemos que no serán autobuses o camiones por la restricción de circulación en este puerto.

La primera parada la hacemos en una zona de aparcamiento junto a una pequeña caída de agua (52°11’12.8″N 10°11’24.7″W). Vemos que algunas personas están más arriba e imaginamos que debe haber algo interesante, ya que hay varios coches aparcados, pero nada de gente. Nuestras predicciones son acertadas, el aparcamiento está en realidad a los pies de un lago, el Lough Doon de origen glaciar, al que se llega en un momento ascendiendo por un sendero bastante pedregoso. Está en un entorno precioso donde reina la tranquilidad más absoluta. Nos hemos cruzado con varias personas que bajaban y ahora estamos solos. Además de lo bonito que es el lago, las vistas del valle desde aquí son espectaculares.

Cuando nos damos por satisfechos con las fotos regresamos al coche y continuamos el ascenso hasta el punto más alto del Connor Pass donde hay habilitada una zona de aparcamiento y mirador hacia ambos lados de la península (52°10’54.3″N 10°12’27.7″W). Hacia el norte se aprecia al fondo la costa, Dungloe y la enorme bahía hasta Ballycurrane. Al sur podemos ver también el mar tras la ciudad de Dingle, que da nombre a esta península y es hacia la que nos dirigimos ahora. Desde el aparcamiento parece ascender un sendero, pero esta vez no lo tomamos. Dándonos por satisfechos con las vistas, continuamos el camino, no menos bonito que el de subida.

Al llegar a Dingle pensamos que es demasiado pronto para comer fish and chips, como nos recomendaba Koldos en su relato, y decidimos no parar. Cruzamos la pintoresca ciudad pesquera sin detenernos e iniciamos una ruta panorámica circular por la carretera R559, llamada Slea Head Road, que nos traerá de vuelta a Dingle esta tarde. A primera vista nos parece una bonita ciudad y realmente queremos volver para explorarla a fondo.

Tras una breve parada en una gasolinera a las afueras de la localidad partimos dispuestos a detenernos en cada mirador. Nos acompaña un tiempo espléndido y magníficas vistas de la costa y, muy pronto del inconfundible perfil de las islas Skelling, que se aprecian claramente a lo lejos. Las vistas desde cada uno de los miradores resultan espectaculares. Las paradas son breves pero frecuentes. Al pasar Cross at Slea Head, nos encontramos con una bahía, aun si cabe más bonita, que nos lleva hasta la paradisiaca playa de Coumeenoole donde al parecer se rodó alguna escena de la película Star Wars. Muy cerca de la costa están las islas Blasket, extremo de esta península.

Aparcar en esta playa no es tarea fácil ya que cada rincón, tanto del aparcamiento como de los caminos de acceso, están llenos de vehículos y la playa llena de gente que ha venido a disfrutar de este soleado día de agosto. Por experiencia sabemos que no es lo más frecuente aquí. Vemos incluso a una enorme autocaravana saliendo marcha atrás por la estrecha carretera de acceso, al no haber encontrado hueco ni para aparcar, ni para dar la vuelta. Nosotros tenemos suerte y cuando estamos saliendo vemos una plaza que se vacía en el aparcamiento. Estamos en lo más alto del acantilado, por encima de la cala en la que está esta pequeña playa, y hay una zona verde con bancos y bonitas vistas. No nos lo pensamos mucho y sacamos los bocadillos para comer aquí. Muchos otros hacen lo mismo. Se entremezclan bañistas, surfistas y turistas que no paran de hacer fotos, incluso llegan autobuses turísticos. Llaman nuestra atención un perrito muy dócil, situado a los pies de su dueña en una de las mesas, al que algún que otro niño se acerca a acariciar sin que se inmute, y un par de gallegas que descienden de un bus y se dedican a hacer fotos artísticas haciéndonos reír con sus comentarios y posados.

Continuamos después nuestra ruta sin dejar en ningún momento la costa, que nos va ofreciendo imágenes preciosas que fotografiar a cada paso, aunque no siempre es posible detenerse y hay que intentarlo por la ventanilla. No tardamos mucho en parar de nuevo, a la altura de Clogher Head. Aparcamos junto a la carretera como muchos otros y emprendemos el camino hacia lo más alto del cabo. El sendero no ofrece nada especial, pero si las vistas desde el cabo. Regresando, justo al lado de donde hemos aparcado, hay un pequeño mirador desde el que se puede ver otra bonita cala, en Clogher Strand. También en los acantilados que nos separan de esta cala se han rodado escenas de Star Word, o eso indican los carteles.

Esta playa, que dispone de aparcamiento, habría sido quizá otra bonita parada, pero queremos seguir adelante pues los kilómetros no cunden demasiado aquí. Además, vamos necesitando un café. La carretera a partir de aquí se aleja un poco de la costa y ya no paramos. Al llegar al cruce que nos llevaría al Gallarus Oratory, uno de los lugares que tenía señalados como visita, decidimos por unanimidad, saltárnoslo y continuar hasta Dingle donde esperamos pasar el resto de la tarde.

Así lo hacemos, dirigiéndonos directamente al puerto donde hay una zona de aparcamiento. Damos dos vueltas antes de encontrar plaza, pero lo conseguimos finalmente. Además, el dueño del coche que se marcha nos da su ticket porque todavía le queda una hora hábil. Como vamos a estar cerca, vendremos más tarde a sacar otro.

Provistos de chaquetas que en este país nunca deben faltar, nos encaminamos a recorrer la calle principal del pueblo, llena de establecimientos turísticos, en busca de un café y/o helado (Se nos ha pasado la hora del fish and chips). El establecimiento elegido es un pub tradicional en el que nos sirven unos deliciosos capuchinos por un precio algo más bajo de lo que nos vienen costando en cafeterías. El local muy pintoresco está lleno de fotos y objetos relacionados con el fútbol.

Terminada la pausa-café salimos de nuevo a la animada calle cuyas coloridas fachadas invitan a hacer fotos de cada rincón. Al pasar por una heladería con muy buena pinta, acabo por comprarme un vasito de helado para llevar. La soleada tarde invita a ello.

Cuando quedamos satisfechos con lo que hemos visto nos vamos encaminando hacia el puerto. Vemos que uno de los atractivos turísticos de esta localidad es que de ella parten excursiones en barco para avistar delfines. Al parecer con bastante éxito.

El paseo junto al puerto es muy agradable y animado y los barcos no dejan de entrar o salir mientras las gaviotas revolotean por todas partes. La verdad es que hay un “ambientazo”.

Algo más tarde estamos de nuevo en ruta, esta vez de regreso. Ya no pasaremos por el Connor Pass, sino que tomamos la N86 que, dejando a un lado el cruce hacia la Inch Beach, nos llevará directos a Tralee. Eso si, como llegamos a media tarde y todavía no es hora de dar por terminada la jornada, pasamos de largo y nos dirigimos a Fenit. Hemos leído que este pueblo es peculiar porque su puerto está en una especie de isla a la que se accede por un puente.

La verdad es que es curioso, pero nada memorable. Aun así, ya que estamos aquí y estas últimas horas de la tarde son tan gratas para dar un paseo, decidimos hacerlo, recorriendo un sendero junto a la playa que llega hasta un pequeño parque frente al faro, que está en una pequeña isla al frente. Con este paseo damos por terminada la jornada y regresamos a nuestro apartamento, ya muy cercano, para cenar y prepararnos la ruta de mañana, el famoso Anillo de Kerry.

 

DÍA 5 – SÁBADO 11 AGOSTO: TRALEE- ANILLO DE KERRY-TRALEE (242 Km)

Ya desayunando vemos nubes bajas que cubren las montañas circundantes. Hoy ya no será el día soleado que tuvimos ayer, pero igualmente partimos ilusionados, los días nublados y las nubes bajas dan encanto al paisaje. Sólo esperamos que no llegue a ser un gran aguacero o niebla. Eso si suele resultar un fastidio viajando.

Optimistas salimos de casa por la N22 directos a Killarney, donde tenemos pensado iniciar la famosa ruta turística, tomando la N71. El trayecto se hace corto y pronto estamos cruzando esta conocida ciudad turística en la que vemos carros tirados por caballos, autobuses y gran afluencia de turistas. Aunque no nos detenemos en ella, vemos que está en un entorno muy bonito, verde y arbolado. Nosotros continuamos rodeando el lago hasta la primera parada prevista la Torc Watewfall. Aparcamos en una zona habilitada para ello, junto a la carretera (52°00’22.2″N 9°30’21.3″W) y provistos de impermeables, porque está “chispeando”, nos adentramos en un precioso bosque de árboles altísimos, caminando junto al riachuelo. El trayecto es muy cortito y enseguida llegamos a la cascada. Vemos que han habilitado un camino para ascender hasta arriba del salto de agua y quizá recorrer algún sendero interesante, ya que esta cascada forma parte del Killarney National Park. La verdad es que resulta tentador explorar un poco más, pero hemos calculado y tenemos el tiempo muy justo para terminar la vuelta completa del Anillo de Kerry y varios puntos de parada previstos. No podemos recrearnos aquí.

Regresamos al coche y continuamos pues la ruta. A partir de aquí y hasta llegar a Kenmare los paisajes son muy bonitos y los miradores frecuentes. La carretera bastante más estrechita que la que nos ha traído hasta Killarney. Comienza bordeando el Muckross lake, rodeada de árboles y va ascendiendo hasta Molls gap, pasando junto a otros lagos y verdes paisajes.

Al poco de tomar la carretera alcanzamos un convoy de tractores que nos hacen circular todavía más lento, ya que no es fácil adelantar. Nos lo tomamos con humor retransmitiendo cada adelantamiento como si de una carrera de Fórmula 1 se tratase. Además, entre risas y risas lo grabamos en vídeo para la posteridad. Poco a poco conseguimos «la pole» que es aclamada por todos nosotros como si de una carrera de verdad se tratase.

Lo malo es que para cuando acabamos de adelantarlos a todos estamos llegando a la siguiente parada prevista, el mirador Ladies view (51°58’01.8″N 9°35’34.4″W). Tal como nos temíamos, en cuanto aparcamos y salimos del coche comienzan a pasar uno a uno todos los tractores a los que acabamos de adelantar. Pero nos lo tomamos con humor, saludándoles y animándolos, ya que parece algún tipo de rally agrícola. Hacemos unas cuantas fotos y, todavía entre risas, subimos al coche y continuamos la ruta. Tan solo unos kilómetros más adelante (51°57’45.2″N 9°36’31.2″W) vemos coches parados y, actuando como turistas típicos, volvemos a detenernos para hacer fotos desde esta nueva perspectiva. Quizá así consigamos perder de vista a los tractores.

A la altura del Looscaunagh Lough paramos muy brevemente para fotografiar un cartel que nos hace mucha gracia. Ofrece adoptar a una oveja local. Opinamos que se han montado muy buen negocio, pero por supuesto no aceptamos el ofrecimiento y continuamos ruta.

La siguiente parada es en el Molls Gap. Y justamente allí, en el aparcamiento nos reencontramos con los tractores que también han parado a descansar. Será la última vez que les veamos ya que desde aquí parten por otra carretera. Contrariamente a lo que pensábamos y, aunque el lugar en el que está ubicado es precioso, no hay ningún mirador, solo una tienda-restaurante en el cruce de carreteras (51°56’17.9″N 9°39’27.1″W). Nos animamos a tomar nuestro café matutino en este lugar y no nos decepciona en absoluto. Creo que ha sido el mejor del viaje. El lugar es muy agradable, con enormes ventanales al verde valle hoy más verde todavía por la lluvia y el cielo nublado. Y nosotros allí dentro resguardaditos disfrutando de unos capuchinos que saben mejor acompañados de los tradicionales “scones”, panecillos irlandeses a los que acabaré aficionándome, que aquí están como recién hechos y los sirven acompañados de mantequilla y una deliciosa mermelada de frambuesa. Un verdadero lujo.

A partir de este punto la carretera va descendiendo hacia la costa hasta llegar a Kenmare, nuestra siguiente parada. Paramos en el centro que está bastante animado, pero no vemos ni rastro de señalización del “Stone Circle” que es lo que hemos venido a visitar. Menos mal que lo tenemos localizado en Google maps. Como parece estar en un callejón, dejamos el coche en la plaza principal y vamos caminando hasta el lugar, a escasos minutos. Lo encontramos sin dificultad, pero, la verdad es que parece que no se le dé demasiada importancia al lugar. Tras una puerta de jardín con un cartel muy sencillito con el nombre, hay una especie de cabina (tipo las de comprar los tickets en la feria) con una hucha y un cartel que invita a contribuir con un donativo para la conservación. A partir de ahí un senderito te lleva hasta el círculo que está completamente rodeado de un alto seto que casi no te permite alejarte y tener una buena perspectiva para hacer fotos. Cuando llegamos no hay nadie, únicamente una señora vestida toda de rosa que está sentada en una de las piedras con los ojos cerrados como meditando. Al lado hay un árbol lleno de papelitos que expresan deseos, algunos muy poéticos y otros bastante absurdos. Mientras Javier, Andrea y Javi se acercan a leerlos, yo intento hacer una foto sin sacar a la señora de rosa, pero es bastante difícil con el poco espacio de movimiento y decido esperar a ver si se marcha. No tengo mucha suerte y de esa piedra pasa a la siguiente (después nos daremos cuenta de que va a ir pasando por todas, suponemos que practica alguna especie de rito). El caso es que allí estoy yo prudentemente esperando, cuando aparecen otras dos o tres turistas y tan tranquilas le piden a la señora de rosa que por favor se aparte un momento para hacer una foto. Yo misma aprovecho para sacar alguna, aunque ahora las que están en medio son las recién llegadas que están posando para su propio reportaje. Lo peor es que cuando estas se marchan y la señora de rosa continua con su ritual, aparece un nuevo grupo y vuelven a pedirle a la señora de rosa que se aparte, cosa que hace educadamente. Creo que yo estaba más molesta que ella. Comenzaba a incomodarme que todo el mundo se creyera con derecho a interrumpirla, cuanto era evidente que estaba ensimismada en su reflexión. En fin, cada uno es como es.

Sobre el “Stone Circle” hemos leído que es uno de los círculos de piedra más grandes en el sudoeste de Irlanda. Data de la edad de bronce (como casi todos) y su función no está clara, probablemente se usó para algún tipo de ritual, ceremonial o entierro, ya que muchas de las piedras están orientadas a eventos solares o lunares. Es un círculo de 15 piedras con un gran dolmen central que normalmente indicaba el lugar de enterramiento de alguien importante.

Nosotros regresamos por donde hemos venido para coger el coche y continuar por la N70 hacia nuestro siguiente destino: el Staigue Stone Fort.

 En cuanto salimos a la carretera vemos como la niebla se va haciendo más densa y en los lugares en los que debería verse el mar, que vamos bordeando, solo se ve una masa de nubes. En Castlecove dejamos la N70 para adentrarnos hacia el fuerte y comienza a llover. La carretera es un sencillo camino en el que casi no cabemos. En ocasiones la vegetación nos toca por ambos lados del coche. No queremos ni imaginar que venga otro coche de cara, porque supuestamente es de doble sentido. El trayecto se nos hace eterno.

Al llegar hay un pequeño aparcamiento con dos o tres vehículos y está lloviendo ya bastante. Andrea decide quedarse en el coche, pero el resto de nosotros no queremos perdernos la visita a esta edificación que para nosotros es desconocida. Construido completamente sin mortero, el fort de Staigue encierra un área de 27,4 m de diámetro, con paredes de hasta 5,5 m de altura y un resistente espesor de 4 m. Se cree que se construyó aproximadamente entre el 300 y 400 dC como un bastión defensivo para un señor o rey local y sirvió como una fortaleza para monitorear el área circundante y advertir de posibles atacantes.

Ataviados con impermeables y calzado de montaña, tomamos los paraguas y nos decidimos a salir. La verdad es que estamos solos, bajo la lluvia y rodeados por la densa niebla y esto hace mucho más interesante la visita porque parece que nos hayamos trasladado en el tiempo. Pero en los escasos 10-15 min que tardamos nos empapamos de arriba abajo, sobre todo los vaqueros. Como este año no llevamos AC, no tenemos posibilidad de cambiarnos y, la verdad, es un poco molesto llevar el pantalón adherido a la pierna y húmedo. En fin, el oficio de turista es duro. El recuerdo queda en nuestras retinas porque fotos sí que no hemos hecho ni una.

Iniciamos el camino de regreso esperando no encontrar a nadie y llegar cuanto antes a la N70. Una vez allí, continuamos circundando el Anillo de Kerry, bajo la lluvia y la niebla.

Llegando a Waterville, ha despejado un poco. El pueblo parece muy bonito y aparcamos en una zona habilitada para ello, junto a un paseo marítimo, que dispone de mesitas y aseos públicos. Es la hora de comer y quizá tengamos suerte y podamos encontrar algún sitio a cubierto para hacerlo. Lo cierto es que no la tenemos. Nos dirigimos primero a los aseos y al salir está diluviando de nuevo. No nos animamos a caminar hasta el pueblo para buscar algún bar-restaurante y, como llevamos bocatas y provisiones, decidimos quedarnos aquí mismo, dentro del coche (ya estamos de nuevo echando de menos la autocaravana). Lo cierto es que, aunque no resulta demasiado cómodo, si acaba siendo divertido. Justo ante nosotros hay una zona de playa de piedras y algunas personas deambulando que no paran de ofrecernos un espectáculo tras otro.

Primero una chica de rasgos orientales, que posa con un paraguas rojo para su pareja, pero que a partir de los primeros 2 min lo lleva vuelto del revés y no le tapa nada, ofreciendo una ridícula imagen que fotografiar. Para colmo, cuando va a marcharse, sube al coche (igualito al nuestro) y hace sonar el claxon para llamar a su pareja, que acude corriendo bajo la lluvia, abre la puerta de nuestro coche y casi se sienta sobre Javier, confundiendo los coches. Cuando finalmente se marchan, llega una chica que lleva a un perrito sujeto a una correa en una mano, un paraguas abierto en la otra y va haciendo fotos con el móvil. Con las piedras resbaladizas y las dos manos ocupadas acaba pasando lo que todos nos temíamos desde el principio, que termina de bruces en el suelo sobre las piedras. Menos mal que se levanta y continúa caminando aparentemente sin consecuencias.

Terminados los bocatas y en vista de que la lluvia no cesa, decidimos continuar a ver si tenemos suerte y encontramos un lugar donde tomar un café caliente y estirar un poco las piernas. Antes de marcharnos bajo rápidamente, cámara en mano, a hacer al menos un par de fotos de este lugar que está realmente bonito bajo la lluvia.

A la altura de Kenneigh, dejamos la carretera que nos ha traído hasta aquí y nos adentramos por la ruta panorámica costera tomando la R567 y más tarde la R566 en dirección a Ballinskelligs. Damos un vistazo desde el coche, pero no nos detenemos, la playa no es opción y el pueblo esta como algo disperso. No vemos un lugar donde merezca la pena detenerse. Resignados a continuar y conscientes de que el mal tiempo nos está impidiendo disfrutar interesantes paisajes, continuamos. Al llegar a St. Finian’s Bay, la imagen de un grupo de surfistas enfrentándose a un embravecido mar en la bonita ensenada, nos anima a detenernos de nuevo, pero solo para hacer alguna foto.

Llegados a este punto y en vista que no encontramos cafeterías o bares de carretera que nos inviten a parar, decidimos regresar sobre nuestros pasos porque unos km atrás hemos visto un cartel que indica una fábrica de chocolate con el nombre de las preciosas islas que deberíamos estar viendo desde aquí si el tiempo estuviera despejado: Chocolates Skelligs.

Aparcamos y en una pequeña carrera bajo la lluvia entramos en las instalaciones que, por cierto, están “a tope” de gente. Deben estar aquí todos los turistas que no pueden ir a otra parte. Es un lugar muy agradable y cuidado con una zona de tienda y degustación de los distintos tipos de chocolate y otra ocupada por una cafetería-chocolatería.  

Nada más entrar, una de las chicas del mostrador nos llama para degustar y comienza a explicarnos variedad por variedad mientras va cortando sobre una tabla un pedazo para cada uno de nosotros, de cada variedad que nombra. Lo hace tan rápido que no damos abasto a “engullir” y acabamos diciéndole que es suficiente. Nunca pensé que llegara un momento en el que me ofrecieran chocolate y yo lo rechazara, pero hoy ha sido el día.

De la parada agradecemos sobre todo el poder caminar, bajar del coche, ir al baño y tomar un café. Realmente empieza a cansar estar confinados en el coche tantas horas. 

De nuevo en la carretera, recorriendo la Skellig ring, en la que teníamos prevista una parada en los acantilados, decidimos continuar hasta Portmagee. Las vistas hoy no alcanzan más allá de unos metros alrededor.

La ciudad de Portmagree, en especial el puerto, ofrece una imagen muy pintoresca con las nubes bajas y la lluvia, nos recuerda a algunas ciudades del norte de Noruega, pero está prácticamente desierto. Aparcamos y damos un breve paseo haciendo alguna foto con dificultad, la que siempre causan los paraguas. Esta ciudad es puerta de entrada a la isla de Valentia y puerto de partida de los barcos que visitan las islas Skelligs, pero hoy no son opción. Ya tenemos un motivo para regresar.

Con esta visita desistimos por hoy y decidimos regresar a casa, el clima no tiene pinta de cambiar. Desde aquí las pocas vistas que conseguimos obtener serán a través de las ventanillas. Y así recorremos la costa norte del Anillo de Kerry hasta la ciudad de Killorglin. La ciudad, animada y llena de gente parece estar celebrando alguna fiesta. La zona del río tiene una pinta estupenda y casi nos animamos a parar porque ahora no está lloviendo, pero justamente por la gran afluencia de público, no encontramos sitio, así que decidimos sumarlo a esos lugares que regresaremos a visitar. Desde el coche atinamos a ver el Puck Fair Monument, estatua de una cabra coronada situada junto al río. Hasta nuestro regreso a casa no averiguamos que es este monumento el que da nombre al festival que se está celebrando y que se repite cada año los días 10, 11 y 12 de agosto ¡Una pena no habernos detenido!

Llegamos a Tralee algo más pronto que en días anteriores y. aunque Andrea y Javi prefieren quedarse tranquilos en el apartamento, Javier y yo salimos a dar una vuelta y estirar las piernas. Curiosamente ahora hace un tiempo estupendo. Nuestro paseo incluye la visita al Tesco que tenemos aquí al lado para reponer algunas carencias. Mañana nos marchamos a Dublín y es domingo. Mejor llevar lo necesario.

 

DÍA 6 – DOMINGO 12 AGOSTO: TRALEE- ROCK OF CASTLE-DUBLÍN (316 Km)

Salimos de nuestro apartamento en Tralee con todo el equipaje y los bocatas para la comida del día que, como viene siendo habitual, incluye bebida fresca, fruta y aperitivos. 

Vamos hacia el este, siguiendo la ruta que nos indica el Google maps, que de nuevo nos envía alternativamente por carreteras de dudosa categoría. Predominan las que llamamos toboganes porque son increíblemente rectas pero el trazado sube y baja como superando una secuencia de colinas. El límite de velocidad, como viene siendo habitual en cuanto sales de las autopistas es siempre de 100Km/h. nosotros seguimos pensando que la gente aquí debe estar entrenada en Rallys porque es imposible circular a esa velocidad por estas carreteras, estrechas y bacheadas, en las que lo mismo te aparca un coche que te sale a pasear una señora con su perrito.

Cuando finalmente alcanzamos la autopista que va desde Cork a Dublín no nos los podemos creer. Ahora ya no abandonaremos estas grandes vías hasta llegar mañana a Irlanda del Norte.

No tardamos ya mucho en desviarnos por la salida a Cashel, nuestro destino turístico de hoy, parada intermedia hacia Dublín. Queremos visitar Rock of Cashel, un espectacular grupo de edificios medievales ubicados en un afloramiento de piedra caliza en el Valle Dorado, que incluye la torre redonda del siglo XII, la Capilla románica de Cormac, la catedral gótica del siglo XIII y el castillo residencial del siglo XV con el Salón de los Vicarios. 

No tardamos mucho en divisar su perfil en lo alto, destacando sobre los edificios de poca altura de la ciudad, pero siguiendo las indicaciones para el aparcamiento, nos confundimos en una rotonda y nos vemos obligados a darle una vuelta completa antes de aparcar, en un parking de pago justo a los pies de la colina (52°31’13.6″N 7°53’18.3″W). Dispone de aseos y hay puestecillos de bebidas y recuerdos turísticos.

Subimos caminando hacia las taquillas que dan acceso al recinto, todo el tiempo con muy bonita perspectiva de las edificaciones recortadas sobre el cielo azul que hoy luce espectacular. En la taquilla nos encontramos con que la reducción de la entrada es sólo para estudiantes (profesores no) y que la visita a la capilla de Cormac se paga aparte (salvo que tengas la Heritage Card, que no es nuestro caso) y se realiza con guía. Después de una rápida deliberación nos inclinamos por la entrada general, dos normales y dos de estudiantes, dejando la capilla, queremos ir a nuestro aire. Lo que si nos entregan es un folleto explicativo, con un plano y una pequeña reseña histórica de cada edificio.

Realmente para nosotros la visita merece la pena solo caminando entre las cruces del cementerio, adentrándose en las ruinas de la catedral, buscando rincones que fotografíar… o simplemente disfrutando del entorno tranquilo y de los verdes campos que nos rodean. Es un lugar muy agradable y, aunque hay gente, no da la sensación de estar masificado.

Visitamos todas las estancias, nos recreamos en los alrededores, y, cuando nos damos por satisfechos con la visita decidimos salir y rodear el edificio para encaminarnos por un agradable sendero arbolado hacia las ruinas de una abadía cisterciense del siglo XIII, la Hore Abbey que se divisa claramente en medio del prado a los pies de la colina. Alejarnos por el sendero nos ofrece además la posibilidad de obtener una mejor imagen de Rock of Cashel, bueno y de las múltiples ovejas que deambulan por los alrededores pastando tranquilamente.

Ya de regreso al coche, buscamos una zona arbolada en la que sentarnos a comer. El café lo conseguimos en uno de los puestecillos instalados junto al parking y los acompañamos de alguna de nuestras provisiones de chocolate.

Después damos por terminada la visita y ponemos rumbo a Dublín, donde esperamos pasar la tarde.

Llegar hasta la capital resulta rápido y sencillo circulando por autopista. Hay un “tele peaje” en la circunvalación de Dublín pero nosotros lo dejamos ya pagado en la empresa de alquiler del coche para evitarnos complicaciones. El Google maps nos lleva hasta nuestro hotel sin problemas e incluso conseguimos aparcar muy cerca, junto a la fachada de un hospital, para bajar a por las llaves de nuestro apartamento. Es un aparcamiento por tiempo limitado, pero es suficiente para nosotros. Sabemos desde antes de llegar que el apartamento que hemos alquilado no está en el mismo edificio que la recepción y tendremos que desplazarnos.

Una vez con las indicaciones y las llaves, optamos por trasladar el equipaje caminando (está cerca) y después buscar un parking para dejar el coche hasta que nos marchemos mañana.

El barrio en el que está el apartamento no es muy distinguido (o no lo parece) y el portal y acceso tampoco, pero el interior está muy bien, moderno y funcional, muy bien equipado. Aunque pequeño, resulta muy agradable y sólo vamos a estar una noche aquí.

Después de un ratito de deliberación optamos por merendar-cenar antes de irnos, para aprovechar mejor las horas que podemos disfrutar en el centro de la ciudad y ya tomaremos algo por ahí o a nuestro regreso, antes de irnos a dormir. Así lo hacemos, después nos vestimos y salimos dispuestos a descubrir lo que nos ofrece Dublín. Esta vez me dejo aquí la cámara de fotos porque queda muy poca luz, así llevaremos menos peso.

Tomando la Frederick St, llegamos enseguida a la O’Connell St, amplia avenida de cuatro carriles, muy animada por la presencia constante de tiendas, locales y restaurantes. Destaca en el cruce con la Henry St, The Spire, una especie de monolito metálico muy alto, que a modo de antena sube y sube hasta perderse en las nubes. La verdad es que mirar hacia arriba impresiona. Resulta un buen punto de encuentro en esta ciudad ya que es fácil de localizar a lo lejos. Nosotros nos desviamos ahora por esta avenida, que surge a nuestra derecha. Una gran avenida peatonal llena de tiendas de moda de conocidas marcas, muchas de ellas ya cerradas.

No tardamos mucho en dejar la avenida y continuar hacia nuestra izquierda en dirección al río que cruzamos por el puente del Milenio desde el que podemos contemplar el emblemático puente de hierro fundido del s. XIX, llamado Ha’penny Bridge, uno de los lugares más conocidos de esta ciudad.

Llegamos al Temple Bar cuando prácticamente ha anochecido y las luces de este animado barrio de copas comienzan a lucir al ritmo de la música que sale de todos los locales. Hay un ambientazo increíble que además resulta agradable porque lo mismo hay gente joven que familias completas, incluidos niños. El barrio es tan conocido que entre un pub y otro hay tiendas de recuerdos típicos irlandeses. Nosotros damos una vuelta callejeando, disfrutando del ambiente de uno y otro local, pero no entramos a ninguno. Están a tope y, la verdad, a casi ninguno de nosotros nos gusta la cerveza, que sería lo propio.

Poco a poco vamos dando por terminada la velada. Hemos comprado algún pequeño recuerdo y todavía visitamos alguna tienda más en nuestro recorrido de regreso por la calle O’Connell. Allí mismo compramos unos batidos que completen nuestra temprana cena de hoy.

En el apartamento, solo dispone de aire acondicionado el dormitorio, pero en el salón hay un ventilador y, como el tamaño total de la vivienda es pequeño, nos apañamos perfectamente. Se ha notado menos frío aquí en la ciudad que en días pasados.

 

DÍA7 – LUNES 13 AGOSTO: DUBLÍN-IRLANDA DEL NORTE (211 Km)

Lo primero que tenemos que hacer esta mañana, tras el desayuno, es llevar todo el equipaje al parking y dejarlo en el maletero del coche mientras visitamos la ciudad. La recepción del hotel nos coge de paso y hacemos una parada para devolver las llaves.

Realizado el trámite, comenzamos la visita turística. Estamos de nuevo en la O’Connell Street y ponemos rumbo al sur, hacia el río. Nuestra primera parada será en el Trinity College, la famosa Universidad de esta ciudad.

Somos conscientes de que nuestra corta estancia en Dublín no nos permite dedicar mucho tiempo a cada lugar y por lo tanto nuestros planes son los de recorrer toda la ciudad para empaparnos de su esencia y lugares emblemáticos, sin dedicar tiempo a los interiores y/o visitas guiadas. Aún así, el iniciar el recorrido por la Universidad obedece a un intento de poder entrar al menos a la Biblioteca y/o poder ver el Libro de Kells. Resulta un intento infructuoso ya que para acceder al libro hay colas enormes y la visita guiada en español saldrá a las 13h. Todavía es muy temprano. Tendríamos que regresar más tarde y, a la salida, prácticamente marcharnos de la ciudad. Preferimos dejarlo y continuar con nuestro plan inicial. Lo que si hacemos es recorrer los patios y rincones del campus.

Desde aquí nos dirigimos hacia el parque Saint Stephen’s Green, recorriendo la animada Grafton Str, la calle comercial más famosa de la ciudad, llena de edificios históricos y todo tipo de establecimientos comerciales. Ya en la esquina que da acceso al parque, destaca la fachada de los grandes almacenes Stephen’s Green, una espectacular construcción de vidrio y acero.

Nos adentramos en el parque, bastante concurrido, y lo primero que atrae nuestra atención es la enorme cantidad de palomas que van de un lado a otro, sobre todo porque cuando un niño les echa comida salen como locas tras él en vuelo rasante a baja altura y hay que esquivarlas para poder andar. Es una escena bastante cómica ya que hace huir despavorida a la gente (incluyendo a alguno de nosotros). Intentamos grabarla en vídeo cuando pasan veloces junto a nosotros en lo que parece un feroz ataque al estilo Hitchcock.

Después de un breve pero agradable recorrido por los senderos del parque disfrutando de las sombreadas zonas ajardinadas a las que los lagos dan mayor encanto, decidimos regresar a la civilización dejando atrás este remanso de paz, para tomar nuestro café de media mañana. No necesitamos ir muy lejos, ya que justo en la acera de enfrente encontramos una cafetería con muy buen aspecto en la que descansar y reponer fuerzas antes de continuar nuestra jornada en esta ciudad.

Deshacemos parte del camino por la Grafton Str hasta llegar al Powescourt centre, un centro comercial especializado, ubicado en una elegante casa georgiana, al que entramos para dar un vistazo, principalmente al edificio.

El siguiente lugar significativo de nuestro recorrido será la George’s Street Arcade, el primer centro comercial de Irlanda y uno de los más antiguos de Europa. En este mercado victoriano cerrado se puede disfrutar de tiendas de todo tipo y restaurantes variados. Pero además hay puestos de artículos de colección, antigüedades y recuerdos a lo largo del pasaje. Nosotros lo recorremos de punta a punta, para salir a la Great George’s Street y, tras una breve parada fotográfica en la pintoresca Dame Lane, continuar hasta la Dame Street, que tomaremos en dirección al Castillo de Dublín.

He de decir que el castillo (visto desde fuera) no ofrece una imagen muy atractiva, al menos no la que uno se imagina cuando escucha la palabra castillo, plenamente justificada, por ejemplo, en el castillo de Edimburgo que visitamos el año pasado. Su aspecto actual, a mi modo de ver, es más de palacio, exceptuando el edificio anexo: La Capilla Real.

Desde el castillo nos dirigimos al ayuntamiento ubicado en el antiguo edificio de la bolsa, cuya fachada principal está presidida por doce columnas corintias. Entramos hasta el hall para ver la espectacular cúpula central que domina esta sala circular.

De nuevo en Dame Street, continuamos en dirección a la Catedral de la Santísima Trinidad, la catedral más antigua de las dos que tiene la ciudad, unida al edificio que alberga el museo de historia Dublinia por un puente cubierto, formando un complejo estéticamente muy atractivo, que hoy es difícil de fotografiar al estar rodeado de altas vallas.

Como entrar a ver la iglesia no es posible si no sacas entrada para visitar todas las dependencias, tesoro, etc… desistimos y nos marchamos hacia la segunda de las catedrales, la de San Patricio. Es la iglesia más grande de Dublín, dedicada al santo patrón de Irlanda, construida junto al pozo que se dice fue el lugar donde el santo bautizaba a los paganos para convertirles al cristianismo. A diferencia de la otra catedral está es muy fácil de fotografiar ya que está ubicada junto a unos terrenos ajardinados que ofrecen espacio suficiente para obtener una buena perspectiva del edificio. Hoy están llenos de turistas y otros transeúntes que disfrutan de la sombra que ofrecen los árboles o simplemente descansan en alguno de sus bancos.

En este punto decidimos dar por terminada la visita turística y regresar hacia Dame Street en busca de algún lugar donde comer. Nos decidimos por un gran Spar que es mitad tienda 24h, mitad restaurante autoservicio (similar a aquel en el que comimos el primer día junto a una gasolinera). Al estar ubicado en un lugar tan concurrido de la ciudad, encontrar una mesa es complicado, pero tenemos suerte y pronto estamos acomodados junto al gran ventanal que da a la avenida. Después de la comida nos trasladamos a un local justo al lado para tomar un café, el Gino’s gelato.

Y con la comida damos por finalizada nuestra estancia en Dublín iniciando el camino de regreso al coche. Eso sí, no sin antes dar una vuelta por el Temple Bar que a la luz del día presenta un aspecto diferente y nos permite hacer alguna foto. Desde allí al Ha’penny Bridge para cruzarlo como corresponde a la tradición turística de esta ciudad para tomar ya desde allí la O’Connell Str. que nos llevará hasta el parking.

Pronto estamos rumbo a Belfast, por una espaciosa autopista que nada tiene que ver con las carreteras que venimos transitando en días pasados. Los kilómetros cunden por primera vez desde que llegamos a este país y a media tarde llegamos a nuestro nuevo alojamiento en la costa de Irlanda del Norte. Se trata de una vivienda construida en lo que debían ser los garajes de una casona rural en los alrededores de Garvagh. Los propietarios viven allí, pero casi no los vemos en toda la estancia, ya que nos han dejado las llaves en la puerta y lo mismo hacemos nosotros al marcharnos. Los que si vienen a recibirnos cada día mientras dura nuestra estancia aquí son dos perros labradores muy cariñosos y sociables.

Es un lugar muy tranquilo y solitario con terreno alrededor y zona de juegos que a nosotros nos es de poca utilidad, pero que está muy bien para peques.

Nos instalamos y pronto estamos cenando y preparando la ruta de mañana, una jornada que esperamos con ilusión ya que visitaremos la Calzada de los Gigantes.

 

DÍA 8 – MARTES 14 AGOSTO: CALZADA DE LOS GIGANTES-DUNLUCE CASTLE-BENONE BEACH (109 Km)

La ubicación de nuestro alojamiento es perfecta para visitar nuestro destino principal de hoy y llegamos muy pronto, cuando los grupos de turistas no han hecho todavía aparición. Pero algo no sale bien del todo: el cielo amenaza lluvia y esta vez parece bien “agarrado”.

Aparcamos en un gran parking ubicado junto al centro de visitantes y, provistos de paraguas e impermeables nos dirigimos a las taquillas donde obtenemos nuestras entradas sin hacer nada de cola. Van acompañadas de una audioguía para cada uno y el plano de la zona que va indicando los números del audio correspondiente.

Decidimos partir hacia la derecha por la senda que lleva directamente a las columnas de basalto que hacen famosa esta Calzada del Gigante. Declarada patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, consiste en unas 40.000 columnas de basalto hexagonales, formadas por una intensa actividad geológica y volcánica. Un legado que debemos al enfriamiento de sucesivos flujos de lava hace 60 millones de años. Eso sí, lo hacemos cubiertos por un impermeable, con el emisor de audio colgado al cuello por dentro de la capa y los auriculares puestos de aquella manera, la cámara de fotos también bajo el plástico, y la mochila. Además, un paraguas a mano por si hay que hacer fotos. Con una gran dosis de optimismo comenzamos el recorrido sin dejar de escuchar fielmente cada punto marcado en el camino. Pero no tardamos en “pasar” del audio y concentrarnos en no empaparnos y conseguir sacar alguna foto en el proceso. De esta “guisa” llegamos a las primeras columnas de basalto. La imagen brillante y húmeda que ofrecen, con el cielo nublado de fondo, es muy digna de ser fotografiada y así lo hacemos, no sin dificultad. Pero lo verdaderamente complicado es posar ante ellas.

En esas estamos cuando van apareciendo los primeros buses de turistas que paran aquí mismo, ahorrándose la senda que hemos recorrido. Pronto la quietud y la paz de la que estábamos disfrutando desaparece y nosotros decidimos continuar la senda e intentar las fotos más tarde a ver si al menos el tiempo mejora (la afluencia de gente, evidentemente no). Lo que si vivimos allí mismo es ver a una pareja cambiando a su bebé, plantándolo descalzo en el suelo bajo la lluvia, mientras lloraba amargamente. Al parecer se había ensuciado entero y debían cambiarle la ropa. No pudimos evitar acercarnos con nuestros paraguas a cubrir al niño durante el proceso, aunque los padres nos miraron con extrañeza. Me pareció cuanto menos curioso que no se encaminarán de nuevo al centro de visitantes para cambiarlo (tampoco estaba tan lejos).

Así seguimos recorriendo la senda y poco a poco la lluvia desaparece, aunque no el barro del camino que, según ascendemos se va volviendo rojo. Esto nos hace complicado deshacernos de los pantalones impermeables sin mancharlos, cuando al fin podemos hacerlo. Al menos ya podemos hacer fotos cómodamente. De los audios ya sólo escuchamos aquellos que nos explican la formación geológica de la zona, dejando un poco de lado la historieta conductora que, aunque entretenida, nos obligaría a pararnos a cada rato. El recorrido merece la pena y, al llegar al final del mismo, aunque en principio pensábamos regresar al centro de visitantes por otra ruta que va por encima de los acantilados, decidimos regresar por donde hemos venido y hacer fotos en el lugar de más abundancia de columnas. Ahora lleno de gente, pero sin la molesta lluvia.

De nuevo en el centro de visitantes, nos dedicamos a recorrer la exposición. Podemos encontrar información tanto científica como todo tipo de leyendas sobre la formación geológica de esta costa. La más famosa y conocida, la del gigante, se reproduce mediante animación en una gran pantalla. Esta leyenda viene a unir nuestro viaje del verano pasado con este (aunque no llegamos a visitar la isla de Staffa)

Más tarde, viendo que se acerca la hora de la comida y que en el mapa hay señaladas un par de zonas de picnic, decidimos ir al coche a por la comida y encaminarnos a una de ellas. Elegimos la que está sobre los acantilados en la ruta señalizada hacia la derecha que también queremos recorrer. Efectivamente poco después aparecen un grupo de mesas de picnic, algunas de ellas ya ocupadas. Nosotros nos unimos y mientras comemos nos entretenemos viendo al perrito de nuestros vecinos que tirita de frío literalmente el pobrecillo.

Después de comer continuamos un rato más hasta darnos por satisfechos con lo visto. Entonces regresamos al centro de visitante para tomar el café antes de marcharnos. No nos resistimos a acompañarlo de algún dulce local.

Ya en el coche, iniciamos un recorrido costero hacia el oeste que nos llevará a alguno de los escenarios de Juego de Tronos, siguiendo la guía que traía preparada de casa y que esta mañana hemos sacado de la maleta.

La primera parada: Dunluce Castle. Este castillo hoy convertido en unas ruinas sobre las rocas del escarpado acantilado aparece en la serie, bastante transformado por ordenador, como el castillo de los Greyjoy en Pyke, en las Islas del Hierro.

Nosotros pasamos junto al castillo sin conseguir aparcar, pero lo hacemos en un área de descanso justo después y regresamos caminando en un agradable recorrido.

Independientemente de la serie, este castillo es una parada obligatoria ya que el perfil de sus torres sobre las rocas que emergen sobre el mar rodeadas del verdor de los prados sobre el acantilado es digno al menos de una fotografía. Las ovejas y vacas que pastan tranquilamente por los alrededores añaden la nota pintoresca.

En realidad, este castillo fue construido en el siglo XII y se cuenta que en el siglo XVI un barco de la armada española se hundió en las rocas de sus alrededores durante una tormenta, dañando los cimientos del edificio. Parte de la cocina del castillo se derrumbó y cayó al mar y desde entonces se ha ido deteriorando.

De nuevo en el coche continuamos nuestra ruta costera hacia el oeste. Esta vez hacia Benone Beach. Una enorme playa de arena a la que, para nuestro regocijo, se puede entrar en coche. No podemos resistirnos a circular un tramo sobre ella antes de dar la vuelta y aparcar. Nos parece estar dentro de un anuncio de coches.

La enorme playa desde la que se divisa hacia el este el Mussenden Temple, construido al borde del acantilado imitando el Templo de Vesta de Roma, en los jardines de Downhill Castle, fue escenario de la serie Juego de tronos, concretamente para grabar cómo Melisandre y sus acompañantes prendían fuego a las estatuas de los siete dioses para honrar al Señor del Luz. Además, las paredes de los acantilados aparecen en la serie como Rocadragón.

Pero, una vez más, el lugar posee suficiente belleza por si mismo aun si la serie nunca hubiera sido rodada. Paseamos un rato sobre la arena, acercándonos a los acantilados y ya a los pies del Mussenden Temple que no visitaremos por falta de tiempo, regresamos hacia el coche para poner rumbo a casa y dar por terminada la jornada.

 

DÍA 9 – MIERCOLES 15 AGOSTO: CARRICK-A-REDE – PUERTO DE BALLINTOY-BALLYCASTLE- CUSHENDUN- DARK HEDGES (136 Km)

Nuestro día comienza hoy muy cerca de donde lo hizo ayer. Nuestra ruta costera partirá de la Calzada del Gigante, pero esta vez hacia el este. Al pasar sobre a la bahía Whitepark las vistas son impresionantes y vemos la posibilidad de parar. Encontramos un pequeño aparcamiento-mirador sobre la bahía (55°13’48.7″N 6°23’32.7″W) pero decidimos regresar después de visitar Carrick-a-Rede. Queremos llegar pronto porque sabemos que se hacen largas colas para cruzar el puente colgante.

Entramos en el aparcamiento y nos desvían al de abajo. Una suerte porque justo este lugar, una antigua cantera (55°14’27.5″N 6°21’03.2″W), es también uno de los escenarios de rodaje de Juego de Tronos y así lo indica el panel informativo que aparece fielmente en cada uno de los lugares de rodaje, ya convertidos en ruta turística. Este lugar es utilizado como campamento de Renly Baratheon en el tercer episodio de la 2ª temporada.

Dejamos el coche, nos calzamos de montaña y vamos a las taquillas. Estamos satisfechos porque todavía no se ve demasiada gente. Nuestra desilusión es máxima cuando al comprar los tickets nos dicen que debemos esperar 45 min para poder pasar. No nos queda más remedio que regresar al coche dando un paseo. Este lugar no tiene como otros más famosos que hemos visitado un centro de visitantes con tiendas, cafetería, etc… simplemente hay baños públicos y una especie de tiendecilla-bar muy sencilla.

Cuando se acerca la hora regresamos a la entrada y pasamos sin colas, iniciando la senda costera de 1 km que nos llevará hasta este famoso puente colgante. El recorrido ofrece magníficas vistas de la costa y de la Isla de Rathlin a lo lejos. A diferencia de ayer hoy hace un buen día y el paseo resulta muy agradable.

Pero, como era de esperar, al llegar al puente hay cola, ya que alternan a pasar los que entramos y los que salen. No es una cola excesiva, pero si la suficiente para pasar allí un buen rato. Según nos vamos acercando la espera se hace más amena, viendo a la gente que lo cruza. La idea es no detenerse para no aumentar las colas, pero la tentación de hacer una foto es muy grande y hay de todo: los que lo hacen discretamente casi sin parar (como nosotros) y los que posan tranquilamente reteniendo el paso de los demás.

Finalmente nos llega el turno y con paso incierto y tambaleante llegamos a la pequeña isla en la que hay bastante gente. Nos sentamos a tomar un tentempié que llevamos en la mochila a sabiendas de que salir también llevará su tiempo. La recorremos buscando rincones dignos de fotografiar y de nuevo nos ponemos en la cola de salida. Una vez cruzamos el puente, nos dirigimos a la derecha dando un rodeo para pasar por un pequeño mirador sobre el puente y tomar nuevas fotos. Tan entusiasmada estoy en la tarea que doy un resbalón sobre la hierba húmeda y voy al suelo manchando mis pantalones de barro en el proceso. Nada grave, pero suficiente para que mis acompañantes se echen unas risas.

Poco a poco vamos ya deshaciendo la senda hasta el coche que tomamos para dirigirnos al mirador que hemos visto esta mañana y que está muy cerquita. Hacemos unas fotos, curiosas porque vemos como las vacas pasean por la playa, algo bastante inusual para nosotros que nos hace mucha gracia.

Desde este punto nos dirigimos al puerto de Ballintoy cuyo acceso acabamos de pasar. No está demasiado señalizado y hay que estar atentos al desvío (55°14’12.9″N 6°21’55.0″W). la carreterita de acceso es estrecha y en el tramo final tiene curvas bastante cerradas y en pendiente. Una ocasión en la que agradecemos no haber podido alquilar la AC, aunque aun con coche hay que estar muy atentos a los que salen. Como era de esperar la carretera termina en un aparcamiento que solo permite dar la vuelta y regresar por el mismo sitio en caso de no encontrar plaza. Nosotros encontramos una y podemos bajar a echar un vistazo. El sito es encantador y lamentamos mucho haber llegado a la hora de comer porque ya que no hay espacio para hacerlo aquí tendremos que marcharnos pronto sin explorar todo lo que nos hubiese gustado. Así pues nos conformamos con echar un vistazo al curioso paisaje costero, lleno de rocas con aspecto de islas flotantes, sin adentrarnos por la senda costera. Luego nos acercamos al pequeño puerto en el que, como era de esperar aparece el panel informativo sobre la escena de juego de Tronos rodada aquí. Estamos en las Islas del Hierro de la famosa serie. La verdad es que es de los escenarios menos cambiados.

Cuando nos encaminamos de nuevo al coche, vemos llegar un minibús cargado de turista en cuyos laterales está pintado el logo de la serie. Suponemos que se trata de alguna de las excursiones organizadas que parten de Belfast para ir recorriendo todos los escenarios.

Nosotros nos dirigimos ya a Ballycastle, donde esperamos encontrar un buen lugar para comer. Nuestros días aquí están terminando y todavía no hemos encontrado la oportunidad. Hoy tenemos más suerte y, justo en el puerto de la ciudad un pequeño restaurante que anuncia Fish and chips llama nuestra atención. Además, dispone de mesas en el exterior y hoy es un día en el que podemos hacer uso de ellas. Resulta una decisión muy acertada y una comida estupenda.

Después de comer nos dirigimos a la costa oeste que comenzamos a recorrer transitando por las carreteras más costeras (no las mejores). Queremos recrearnos en las vistas. Por eso al llegar a Ballyboy dejamos la A2 y nos metemos por la Torr road, una vía muy estrecha en la que es complicado cruzarse con otro coche, sobre todo cuando pasamos junto a una casa o pequeña aldea. Pero las vistas merecen la pena. Poco a poco se va nublando y en algunos tramos llueve ligeramente, pero estamos rodeados de verdes laderas que terminan en el mar y mojadas están todavía más brillantes. Eso sí, las fotos son por la ventanilla porque no hay espacio donde parar.

Así llegamos hasta Cushendun y aparcamos junto a la playa (55°07’32.2″N 6°02’29.3″W). Nuestra intención es visitar las cuevas que aparecen en Juego de Tronos, pero no las habríamos encontrado si no llega a ser por la detallada descripción de la entrada en alguno de los relatos que leímos antes de partir. Por si os pasa lo mismo: desde el parking indicado hay que volver a la carretera, cruzar el puente sobre el río y bordearlo por el otro lado en dirección a la costa, al pasar los edificios de Fishermans cottage y llegar al mar, girar a la derecha. Están allí mismo, pasando entre dos casetas (55°07’30.3″N 6°02’17.4″W). Una vez más, es un rincón encantador, independientemente de la serie. Rocas verdes que emergen entre las aguas espumeantes que llegan a una pequeña playa de piedras, escoltan la entrada a la cueva. Tampoco falta el correspondiente panel informativo sobre el rodaje.

La cueva tiene dos entradas y dedicamos un rato a recorrer e investigar. Finalmente emprendemos la vuelta al coche. Un establecimiento llama especialmente nuestra atención, un hotel en una casa blanca tradicional de una planta que parece cerrado y solitario, en cuya puerta hay cuatro mesitas alineadas y en cada una de ellas una sola silla. Bromeamos sobre la idea de sentarnos cada uno en una mesa ya que nos vienen justas. 

El día está llegando a su fin y sólo nos queda un lugar que visitar ya en el camino de regreso, The Dark Hedges, un largo camino bordeado de hayas cuyas ramas se abrazan formando un túnel de cuento. Este curioso sendero de árboles entrelazados nació por la intención de la familia Stuart en el siglo XVIII de impresionar a los visitantes que se dirigieran a su mansión georgiana de Gracehill.  Ahora, su fama más reciente, proviene una vez más de la serie Juego de Tronos, en la que apareció como el Camino Real.

Llegamos hasta aquí por carreteras secundarias que nos marca Google Maps y tardamos tanto que al llegar la luz comienza a escasear. La ventaja es que hay menos gente y, aun así es complicado hacer una foto en la que no aparezca alguien (no quiero imaginar como estará a media mañana) Es un sitio precioso y el paseo de extremo a extremo merece la pena. Teóricamente no se puede transitar, pero en el rato que pasamos allí pudimos ver a dos o tres coches recorriéndolo. Para nosotros habría sido más cómodo cruzarlo para regresar a casa, ahorrándonos una buena vuelta, pero no nos gusta saltarnos las normas y dimos la vuelta correspondiente llegando bastante tarde a casa. Eso sí, cansados, pero satisfechos. Ha sido una jornada muy completa e interesante.

En el camino de regreso a casa pasamos por Ballymoney, concretamente por la puerta de un parque en la que hay una gran estatua de bronce de un piloto con una moto. Esto llama profundamente nuestra atención por nuestra afición al motoclismo y, aunque no paramos por lo tarde que es, me dedico a buscar información en Internet. Así descubro que es parque está enteramente dedicado a Robert Dunlop, piloto nacido en esta localidad. Anotamos el lugar para visitarlo en otra ocasión.

 

DÍA 10 – JUEVES 16 AGOSTO: GLENS DE ANTRIM- BALLYCASTLE (215 Km)

Antes de partir de casa, nuestros planes para esta última jornada de viaje consistían en pasar la mañana recorriendo los Glens de Antrim y la tarde en Belfast. Pero a estas alturas del viaje y con el buen recuerdo que nos han dejado estos dos últimos días recorriendo la costa de Irlanda del Norte, pensamos en hacer un cambio de planes prescindiendo de Belfast ya que las ciudades en general nos atraen menos y, esta en particular, tiene fama de no ser nada especial. Así lo decidimos, dejando Belfast para una visita corta en el día de mañana hasta la hora de ir al aeropuerto. Será una jornada de costear, parando en los miradores, pueblos o lugares de interés que vayan apareciendo.

Nos dirigimos pues al punto de la costa en el que terminamos ayer tarde para partir de ahí , concretamente a Cushendall, y buscamos un lugar para aparcar cerca de la costa. Lo encontramos junto a un campo de golf (55°05’04.9″N 6°03’23.1″W).

Iniciamos el recorrido paseando junto a la playa y llegamos a una especie de riachuelo que desemboca en el mar que se puede cruzar gracias a un puentecillo construido sobre él. En este punto un grupo de personas se hayan paradas contemplando a un señor y un chaval que están retirando los sedimentos del riachuelo a base de pala, para evitar que impidan que el agua llegue al mar, ya que está comenzando a encharcarse. Cuando por fin hacen un canal y el agua vuelve a fluir a su destino, la gente comienza a aplaudir. Ellos cogen su pala, se montan en las bicis y se marchan. ¡Curiosa tarea!

Continuamos paseando hacia lo que pensamos debe ser el centro, esperando encontrar algún paseo marítimo o similar, pero realmente no existe algo así. Da la impresión de que el centro de la ciudad esté “de espadas” al mar, dos o tres calles más arriba.

Por eso, cuando nos damos por satisfechos con el paseo, iniciamos el regreso. Nos hemos cruzado poco antes con una familia que lleva un perrito. Pronto nos llama la atención como lanzan una pelota al agua, haciendo que el perro salte desde el malecón al mar, volviendo a salir con ella y así sucesivamente.

Antes de llegar al coche comienza a llover, primero levemente, pero, poco a poco, va apretando y terminamos corriendo.   Entre risas, llegamos hasta él y nos trasladamos hasta a una de las calles del pueblo donde podemos encontrar una cafetería para nuestro segundo desayuno de hoy.

De nuevo en carretera, poco después de Glenariff nos detenemos en un mirador junto al mar en el que ya hay otros coches (55°03’19.7″N 6°01’58.2″W). Es una parada breve para hacer fotos y disfrutar de las vistas. El cielo durante todo el día hoy estará muy bonito por los constantes cambios de luz: unas veces por los nubarrones o la niebla hacia el interior contrastando con un soleado mar, otras porque ves como llegan y lo cubren todo para desaparecer igual de rápidamente que han venido. En general será un día muy inestable y cambiante.

La siguiente parada también en un pequeño aparcamiento con mesitas de picnic en Garron Point (55°02’39.4″N 5°57’52.0″W). No necesitamos hacer uso de ellas todavía y nos limitamos a acercarnos a las rocas y hacer algunas fotos, antes de continuar nuestro camino.

Al cruzar Carnlough llama nuestra atención el pequeño puerto, pero no nos detenemos, lo mismo nos sucede al cruzar Glenarm con su castillo. Seguimos costeando sin que nada más llame nuestra atención, hasta que vamos divisado al fondo la ciudad de Larne, desde la que parten los barcos a la cercana Gran Bretaña. Se acerca la hora de comer y esta ciudad se ve demasiado industrializada. El paisaje hace unos km que ha dejado de ser interesante. Asi que decidimos deshacer el camino andado y buscar un lugar adecuado para comer en alguno de los merenderos que hemos visto a lo largo de la costa. Lo intentamos en dos de ellos pero el tiempo está cambiando y hace un viento muy fuerte que hace imposible comer desprotegidos junto al agua. Así terminamos de nuevo en Glenarm y, como nos había gustado al pasar decidimos quedarnos y echar un vistazo.

Aparcamos junto al puerto (54°58’06.9″N 5°57’10.4″W) y bajo a hacer unas fotos hacia la iglesia que detrás del canal adornado con flores, destaca sobre un fondo plomizo y tormentoso que se acerca. Apenas termino de hacer la foto tengo que volver corriendo al coche porque la tormenta nos alcanza. Un poquito frustrados por el día tan tonto que se nos está quedando, decidimos comer nuestros bocadillos allí mismo, amenizados por la tormenta, las gaviotas y los barquitos sobre el agua.

Al terminar de comer la lluvia ha parado de nuevo y nos vamos dando un paseo hacia la población, pero hay muy poca vida y no encontramos ningún lugar en el que sentarnos a tomar café. De nuevo nos ponemos en marcha hacia el cercano Carnlough, aparcamos y esta vez tenemos algo más de suerte y encontramos un pub en el que poder disfrutar de nuestra sobremesa con un buen café caliente. Fuera continúa lloviznando a ratos.

Tras el descanso caminamos hasta el pequeño puerto, subimos a lo alto del malecón y casi no nos da tiempo ni a hacer una foto antes de que el viento arrecie y comience a llover de nuevo. Pensamos que ya no nos queda nada por hacer en la costa y decidimos adentrarnos por el valle montaña arriba hacia el Glenariff Forest Park. Quizá desde allí podamos tener bellas vistas.

Lo cierto es que el trayecto comienza bien y, efectivamente el paisaje es muy bonito, pero llega un momento en el que las nubes van cubriendo todo y las vistas desaparecen. Así llegamos al aparcamiento del parque, de pago. Y tal cual llegamos damos la vuelta. Imposible ver nada, además está lloviendo bastante.

Tras un ratito de debate familiar y por no regresar tan pronto a casa, decidimos repetir Ballycastle, al menos es una ciudad mucho más animada que todos los pueblecillos que hemos recorrido hoy y casi no tienen vida.

Aparcamos en el puerto, que dispone de aseos públicos y nos encaminamos dando un paseo por los jardines de paseo marítimo, hasta la enorme playa de arena que recorremos de punta a punta aprovechando que aquí no llueve, aunque en el cielo, en dirección al horizonte, sobre el mar, luce un nítido arco iris. Terminado el paseo se aproxima el atardecer y decidimos regresar. Llegando al coche, vemos ahí mismo en el puerto un chiringuito que vende Fish and Chips y tiene una enorme cola. No nos extraña si es el mismo que comimos ayer ya que estaba buenísimo. Estamos tentados de comprar, pero hay mucha cola y decidimos marcharnos. Aunque las ganas de repetir han hecho mella en nosotros y hoy es nuestra última cena aquí.

No nos hemos alejado mas que unos kilómetros y ya nos estamos arrepintiendo así que, al llegar a nuestro pueblo y ver un establecimiento que anuncia Fish and chips para llevar no nos lo pensamos. En realidad, después en casa descubrimos que no tenía nada que ver con el que comimos ayer. Definitivamente hoy no ha sido nuestro mejor día. Pero nos lo tomamos con humor. Lo único malo es que es el último. Mañana nos vamos. Así que, tras la cena, toca hacer maletas.

DÍA 11 – VIERNES 17 AGOSTO: BELFAST – REGRESO A CASA (111 Km)

Después de recoger y cargar el coche, enviamos un mensaje a nuestra casera que nos dice que nos podemos ir y dejar la llave puesta. Así lo hacemos, encaminándonos a Belfast. Nuestro vuelo no saldrá hasta las 16:40 y queremos aprovechar para dar un vistazo a la ciudad.

Vamos directos al muro de la paz que rodea el barrio. Antes de venir buscamos información para hacer una visita guiada a esta ciudad, pero no conseguimos localizar ninguno en español sobre la problemática del muro. Así pues, nos limitamos a leer lo que indican las guías turísticas de la ciudad y visitar la zona.  Desde allí nos dirigimos al centro y, para no perder tiempo buscando aparcamiento, nos vamos directamente al centro comercial Victoria Square. Nos parece un edificio increíble. Lo primero que hacemos es subir hasta la cúpula superior desde la que alcanzamos a ver el museo del Titanic.

Disfrutamos cada momento en Belfast, sobre todo cuando, a pesar de la lluvia nos adentramos por las calles peatonales del centro de la ciudad en las que hay un ambiente increíble, hasta llegar al conocido edificio del ayuntamiento cuya cúpula es el emblema de la ciudad.

Pronto hemos de regresar para asegurarnos que llegaremos al aeropuerto con tiempo suficiente de devolver el coche y pasar el control policial.

Y nos marchamos con ganas de más. Como suele pasar, cuanto menos esperas, mas te gustan las cosas. Cansados de leer que Belfast es una ciudad que no merece la pena, la impresión que nos ha causado ha sido muy, muy buena y nos hemos arrepentido de haber desechado ayer visitar la ciudad. Pero nos animamos pensando que los vuelos a Belfast suelen estar de oferta y podemos regresar en cualquier puente.

Pronto llegamos al aeropuerto y nos vemos inmersos en la vorágine de trámites que siempre nos generan algo de tensión, especialmente la devolución del coche de alquiler y pasar el control policial. Pero todo sucede sin problemas y pronto estamos en la puerta de embarque. Mientras esperamos la apertura, vemos que se acerca un grupo de hombres que estaban en el pub de Guiness del aeropuerto haciendo bastante ruido. Algunos de ellos van con la cerveza en la mano todavía y siguen riendo y vociferando. Da la impresión de que comienzan a estar borrachos y lo peor es que van directos a nuestra puerta de embarque. Pronto se unen a ellos algunas chicas con ganas de fiesta que se presentan, se hacen fotos con ellos… en fin, un año más parece que los vuelos hacia Alicante desde Reino Unido e Irlanda están condenados a traer a alguna panda de borrachos/as con ganas de liarla. En la cola un señor les pide que cuiden su lenguaje que hay menores y en el avión las chicas ponen música a todo volumen que hemos de aguantar todo el trayecto. Lo peor es que son los pasajeros los que a veces se atreven a decirles algo, el personal de Ryanair no les hace ni caso, dejándoles hacer.

Menos mal que llevo los auriculares con los que escuchar una película o algo de música para poder ignorarles. Otros no tienen tanta suerte.

CONCLUSIÓN:

Ha sido un viaje mucho mejor de lo esperábamos. Irlanda ha dejado en nosotros un maravilloso recuerdo, tan bueno como el que dejó Escocia.

Aunque al principio nuestra ilusión era hacerlo en autocaravana, terminamos por alegrarnos de haberlo tenido que hacer en coche, porque las carreteras son mucho más complicadas que en Escocia al no existir «apartaderos» (passing places) y los miradores o pequeñas áreas de descanso suelen llevar la barra de limitación de altura que nos hubiera hecho perdernos sitios muy bonitos al no poder parar.

La gente es muy abierta y alegre y nos ha sorprendido la cantidad de carteles con doble sentido y mucha gracia que hemos encontrado en todas partes. Esa es la mayor diferencia que se nota al pasar de Irlanda a Irlanda del norte. La vida en las calles se reduce y los pueblos son menos coloridos.

Ahora bien, la conducción es un caos absoluto, un sálvese quien pueda. Todas las carreteras fuera de la autopista tienen límite de 80/100 aunque tengan un ancho del tamaño de un coche baches o curvas. La gente aparca en cualquier lugar, aunque impida el tráfico e incluso caminando pueden ir por en medio de la carretera. Muchas veces no dábamos crédito a lo que veíamos, pero nos lo tomamos con humor.

Por lo demás, el clima cambiante y los supermercados para abastecerse…, todo muy similar a Escocia.

Una curiosidad ha sido ver como conviven en la isla dos monedas distintas y dos maneras distintas de medir las distancias. El velocímetro del coche marcaba en las dos unidades: km y millas. Y menos mal que se pusieron de acuerdo en algo porque ¡¡podría ser peor si en uno de ellos se condujese por la izquierda y en el otro por la derecha!!

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