Viajar con los recuerdos.

Y el dicho popular «se viaja tres veces» se convierte en cuatro.

Siempre me he sentido identificada con ese dicho popular que nos recuerda que un viaje se disfruta tres veces: al planificarlo, al realizarlo y después, al mirar atrás.

He de reconocer que soy de las que saborean a tope cada una de esas fases.

De la planificación me suelo encargar siempre yo y voy degustando cada detalle desde antes de partir. No soy de las que prefieren no ver o no saber hasta estar allí. A mí, por el contrario, me gusta investigar, descubrir y acumular información de muchas más cosas de las que tendré tiempo a visitar. Algunas veces incluso planifico viajes que quizá nunca llegaré a realizar, pero eso no me quita la ilusión de aprender y descubrir. Esos aprendizajes van quedando en el archivo y van ampliando posibilidades para otra ocasión. Y además, disfruto enormemente del proceso que me hace “vivir” un viaje virtual anticipado, que cada vez se hace más real con herramientas como Google Maps.

Del viaje… ¿Qué decir que no sepáis? Poner forma, visualizar en 3D todo lo que había visto “en plano” antes de partir, no tiene precio. De algún modo, el viaje, además de facilitarme el vivir mil experiencias y compartir momentos preciosos, es para mi un ir completando piezas del puzzle mental que he estado tejiendo en los meses previos. Y esa faceta me gusta tanto como las otras.

 Y luego está el regreso, el ver las fotos o los objetos que hayamos podido adquirir allí, hacer el fotolibro del viaje o, antiguamente, el álbum de fotos… Y si el viaje es compartido, las posibilidades se multiplican: una cena en la que volver a reunirnos para recordar, quizá temática o degustando productos de aquel lugar; una velada en la que saborear y comentar las fotos juntos… Incluso meses después, podemos seguir compartiendo anécdotas que nos vienen a la mente cuando menos lo esperamos. Bueno ¿Meses?… quizá años… ¡o quizá una vida!  Terminando siempre con el consabido…”¡Qué bien lo pasamos!”

Entre mis más habituales compañeros de viaje, además de mis hijos, han estado durante muchos años mis padres y, es tanto lo que se puede llegar a disfrutar de esos recuerdos que cuando mi padre, ya afectado por una enfermedad degenerativa, veía los vídeos que yo le ponía de esos viajes, cambiaba la expresión de la cara por otra de felicidad absoluta, y comenzaba a compartir recuerdos y anécdotas que permanecían escondidas en algún lugar de su mente y afloraban de modo espontaneo. E incluso más que recuerdos, sentimientos… También en este caso terminábamos ambos con el…”¡Qué bien lo pasamos!”

Y es que los recuerdos que atesoramos son una riqueza que aparece cuando menos lo esperas y es esa idea la que me lleva a escribir hoy estas líneas. La situación actual de  pandemia me ha hecho sentir que los viajes te pueden llevar a disfrutarlos una cuarta vez, una que hasta ahora no habíamos tenido necesidad de explorar, al menos yo, que nunca he vivido una guerra o una situación tan atípica como esta.

Alguna vez, a través de libros como La Bibliotecaria de Auschwitz, La Ladrona de Libros… y otros de ese estilo, había reflexionado que un libro puede ser las alas que te lleven, al menos mentalmente, a la libertad de la que te ves privado físicamente. Estas historias consiguen poner en valor la imaginación, la capacidad de soñar y de vivir de modo virtual a través de los libros. Incluso, visitando el gueto de Terezín y viendo los dibujos que hacían los niños allí o las representaciones teatrales, actuaciones musicales, etc…, muchas veces pensé que a la mente no hay modo de encerrarla, por suerte.

La semana pasada, un año tarde, me animé a escribir por fin el relato de nuestro último viaje hasta el momento, casualmente a Viena, destino de mi primer viaje allá por el 90. Fue una pequeña escapada en los días previos a la Navidad para visitar los mercados navideños de la ciudad. Y quedó relegado con la llegada del confinamiento, el teletrabajo y los nuevos ritmos de vida a los que nos vemos todos sometidos.

Comencé a tirar de memoria, fotos y documentos para ir reviviendo mientras escribía, primero perezosamente casi sin tener mucho que contar… pero, poco a poco, metiéndome en el viaje, sintiendo el frío, escuchando los sonidos o recordando los olores…, trasladándome de nuevo a Viena por unas horas.

Terminé el relato, terminé con él un fotolibro, pero, sobre todo…  ¡volví a viajar! Un año después.

Fue un gran regalo.

Espero que pronto podamos hacerlo de verdad pero, entre tanto, seguiré atesorando y trayendo a estas páginas cada recuerdo.

Ojalá a algun@ de los que me leéis os lleven también de viaje.

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